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El PSOE triunfa en las elecciones; Ciudadanos y Vox devoran al PP de Casado

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El PSOE triunfa en las elecciones

Nunca había estado tan fragmentado el voto después de promulgarse la Constitución de 1978. No tanto por el número de partidos estatales presentes —cinco ahora cuando tuvimos cuatro mientras tuvo representación el CDS— cuanto por la mitigación de la hegemonía de los dos principales, que siguen siendo PP y PSOE pero sensiblemente debilitados. Hemos pasado del bipartidismo imperfecto —que con frecuencia arrojaba mayorías absolutas— a un pluripartidismo a la italiana, que obliga a arduos pactos para estabilizar a un gobierno capaz de hacerse cargo del Estado.

Además, el nacimiento de VOX y su aceptación acrítica por parte de las formaciones de derechas, de tal modo que PP y C’s ha formado gobierno en Andalucía con la aprobación parlamentaria de VOX, ha puesto en guarda a toda la opinión pública del centro y de la izquierda, temerosa con fundamento de que se repitiera el experimento a escala estatal. Ello ha movilizado al electorado moderado y de izquierdas, hasta el extremo de que a las 14 horas de  la jornada electoral la participación electoral había subido cinco puntos en todo el Estado, y hasta el 11% en Cataluña; a las seis de la tarde, la participación en el Estado era 9,5 puntos superior y en Cataluña se había disparado hasta superar la de 2016 en 17,8 puntos. Se salvaba así el bache de  las elecciones de 2016, en que se produjo, por desencanto de la ciudadanía, una gran caída de la representación.

Vencedores y vencidos

La izquierda encabezada por el Partido Socialista de Pedro Sánchez ha conseguido claramente la victoria, que le permitirá formar gobierno. Sus 123 escaños y los 42 de Unidas Podemos suman 165, con lo que no será complicado conseguir la investidura para Sánchez, incluso sin apelar a los 15 diputados de Esquerra Republicana, que se pone al frente del soberanismo catalán (Puigdemont sólo ha obtenido 7).

El gran derrotado ha sido el PP, que ni siquiera alcanza el 17% de los votos emitidos y con sus 65 escaños desaparece de Cataluña (apenas mantiene el escapo de Cayetana Álvarez de Toledo) y de Euskadi. Anoche, en Génova se manejaba ya la hipótesis de formar una comisión gestora para evitar la desaparición de un partido necesario, que ha cometido la torpeza de legitimar a la extrema derecha de VOX en lugar de alzar la bandera constitucional.

También Ciudadanos ha quedado en posición de derrota, pese a sus 57 inútiles escaños, que no le servirán para formar gobierno con Sánchez, como hubiera sido lo natural en otras circunstancias. A Ciudadanos le aguarda una larga travesía del desierto, marcado a fuego por la impropia relación con Vox, que le ha restado toda credibilidad en Europa.  De algún modo, C’s debería empeñarse ahora en la reconstrucción del centro-derecha liberal, pero es probable que los sectores del PP que reconstruyan el partido prefieran hacerlo sin la compañía de un socio tan voluble y aficionado al marketing.

La remontada de Unidas Podemos

La formación de Pablo Iglesias parecía condenada a un declive imparable, que  la hubiera reducido a las dimensiones testimoniales que correspondieron a Izquierda Unida durante los últimos lustros. La polémica coalición con IU que Iglesias decidió entre las elecciones generales de 2015 y de 2016 y que entraba en contradicción con la transversalidad originaria propugnada por el sector de Errejón, así como ciertos determinados errores abultados del líder —la compra de un casa burguesa, que entraba en contradicción con la austeridad predicada— lanzaban presagios muy negros sobre el futuro de la organización, que había cobrado encarnadura con la grave crisis económica padecida y que precisamente adquirió por primera vez dimensión relevante en las últimas anteriores elecciones europeas de 2014, al inicio de la legislatura de la Eurocámara que ahora concluye.

Sin embargo, tras la defección de Errejón, que se ha ido con Carmena en una operación que hoy aparece menos productiva que cuando se produjo, y otras rupturas internas en Cataluña, Galicia, etc., Iglesias ha conseguido levantar cabeza en los debates televisados. Investido de constitucionalista sensato, ha estado en un nivel superior al de los otros comparecientes. El New York Times en español, que ha publicado un durísimo artículo de opinión —“España: estás en problemas”, firmado por Diego Fonseca— en el que ha criticado con fuerza a Pedro Sánchez (PSOE), Pablo Casado (PP) y Albert Rivera (Ciudadanos) por su actuación durante los debates electorales,  únicamente ha salvado de la quema a Pablo Iglesias (Unidas Podemos), al que ha calificado de “antiguo bolivariano”, y del que dice que fue el único que “salió indemne del barro”.

La crítica a los otros tres desatientes da que pensar: el autor dice que en los debates se vio “un a conjunto de partidos políticos dirigido por un trío de jovenzuelos inmaduros incapaces de demostrar que pueden discutir sobre el futuro de 47 millones de personas sin embarcarse en una pelea de patio escolar”. El trabajo destaca que los tres candidatos “pierden fácilmente los estribos a la menor provocación y viven más predispuestos a la discusión absurda —ataques de cizaña menor, agravios, insultos de baja estofa, interrupciones de maleducados— que a demostrar que son políticos maduros capaces de hacerse cargo de la nación”.

UP ha adquirido, en fin, respetabilidad, pero ni sus propios votantes creen que Iglesias podría ser a corto/medio plazo presidente del Gobierno. La formación morada es estructuralmente subsidiaria en el territorio de la izquirda, y su objetivo es formar con el PSOE un gobierno de coalición.

Los extremismos que enmarcan la escena

El escenario político español está enmarcado por VOX —el nacionalismo españolista exacerbado— y por los soberanistas catalanes —no muy distinto del anterior pero con el objetivo opuesto: la ruptura del Estado y la independencia de Cataluña—.

Es evidente que la actitud de VOX caracterizará el tono (al menos) de la coalición de derechas (débil y fracturada) en los grandes debates nacionales, en tanto el soberanismo será determinante de la solución o el enquistamiento del conflicto catalán.

Vox no se ha mostrado apenas, no ha desvelado sus verdaderas características, salvo algunos rasgos más anecdóticos que sustantivos. La energuménica intervención de Ortega Smith anoche, tras conocerse los resultados, ya nos coloca en guardia de lo que se puede esperar de este neofranquismo folklórico y faltón.  Para evitar hacer definiciones, Vox ni siquiera ha permitido que comience el debate andaluz sobre los Presupuestos, que las fuerzas de derechas están aplazando para evitar las consecuencias negativas del endurecimiento en otros territorios. Cayetana Álvarez de Toledo ha llegado a decir que Vox se parece a un partido de izquierdas… Afirmación probablemente compatible con la que suele utilizar el neofascismo en el sentido de que los conceptos “derecha” e “izquierda” están agonizando.

En cambio, en Cataluña hay ciertos elementos que impulsan el optimismo, además del magnífico resultado obtenido por el PSC-PSOE (con un mensaje, el de Meritxell Batet, en el que ha mantenido el ‘no es no’ de Sánchez pero también ha abogado por la ‘convivencia’). ERC ha ganado claramente la partida a Junts per Catalunya —el encarcelado Junqueras ha ganado al prófugo Puigdemont—, y lo ha hecho con un discurso que se aleja del unilateralismo que desembocó en el referéndum y que dio lugar a la aplicación del 155 y a la apertura del ‘procés’. Pese a que Junqueras está en prisión preventiva, su tono y el de sus más directos portavoces —Rufián es quizá el que más evidentemente ha virado— se ha moderado sensiblemente: “vienen tiempos en que tenemos que dejar de negar al adversario, una etapa de diálogo y de bajar un poco el tono: dejar que haga Vox según que cosas”, ha declarado Rufián a un periódico de Madrid. Tampoco puede desconocerse que los presos que encabezan las listas de JxCat tampoco son los seguidores más radicales y beligerantes de Puigdemont sino al contrario; Jordi Sánchez, Josep Rull y Jordi Turull no han perdido cierto posibilismo que deja abiertas puertas al futuro.

Es obvio que el conflicto catalán no ha cesado (entre otras razones, porque Puigdemont y Torra desean que se perpetúe) pero también que no se ha estancado en absoluto, y que muy probablemente la iniciativa política ya no descansará en el tándem Puigdemont-Torra sino en una dialéctica más constructiva entre ERC y el PSC. Porque como dijo Pablo Iglesias en los dos debates preelectorales, nadie puede pensar que el conflicto catalán no tenga que resolverse mediante la negociación y el diálogo.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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