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Podemos en crisis. El modelo Carmena

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Iglesias, Errejón y Carmena, delante de una bandera de la Comunidad de Madrid

Podemos fue, todo el mundo lo sabe, una consecuencia directa de la crisis 2008-2014, cuando la sociedad española, a la que se le dijo en la euforia del cambio de milenio que se habían terminado los ciclos económicos por lo que sólo cabía esperar una prosperidad perpetua (hasta se teorizó con los ciclos largos de Kondratiev), vio que no sólo aquella promesa era falsa sino que tendría que padecer la peor contrariedad económica de la historia reciente, que arrasaría por añadidura el modelo de bienestar de que disfrutábamos a manos de una hipócrita austeridad que se practicaba con las personas pero no con las entidades financieras, verdaderas causantes del cataclismo.

Entonces apareció Podemos, de la mano de unos jóvenes profesores universitarios perfectamente desconocidos, que se adueñaron del escenario tras desplazar a la clase política tradicional, a los poderes económicos y sociales (la casta), y dispuestos a tocar el cielo con las manos. Eran, aparentemente, personas incontaminadas, que sobrevolaban claramente el clima viciado de corrupción que ya se había vuelto por aquel entonces irrespirable.

Quien conozca los fundamentos ideológicos de Podemos, no se habrá extrañado de la defección de Errejón, quien probablemente no haya acertado en las formas pero sí en el fondo de su decisión previsible, corroborada por los resultados electorales de Andalucía, que no sólo han demostrado que Podemos ha perdido fuelle sino también que la ciudadanía ya no canaliza su irritación a través de Podemos (convertido en casta) sino de Vox, que representa no sólo la pulsión antisistema de extrema derecha sino también un aldabonazo subversivo y rompedor.

El populismo originario de Podemos, sobre el que Errejón ha teorizado con frecuencia, ha sido descrito por Carlos Fernández Liria en En defensa del populismo (Catarata, 2016), obra que empieza por reivindicar el vocabulario político y el orden institucional de la Ilustración.

Pactos sociales rotos

Dicho ensayo lleva un clarificador prólogo de Luis Alegre, una de las mentes más inteligibles y bien amuebladas del grupo fundacional de Podemos, y en él se explica cómo “con la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial surgieron en Europa ciertos pactos sociales en los que la ciudadanía depositó su confianza”. Sin embargo, “desde final de los años setenta, y de un modo acelerado tras la desaparición de la amenaza soviética, las cosas han ido a peor: hemos visto cómo las elites iban rompiendo poco a poco esos pactos surgidos de la derrota del fascismo. Desde entonces, se ha ido de derrota en derrota: los ciudadanos, que depositaron su confianza en esos pactos y los respetaron con lealtad, han ido viendo cómo se recortaban derechos y garantías sin que ocurriera entre medias ninguna catástrofe natural o alguna guerra devastadora que lo explicase. Las elites habían dejado de sentirse amenazadas y no querían seguir cumpliendo un pacto que habían aceptado a regañadientes”.

Esta interpretación de la realidad, que justificó el lema de “no nos representan” y que muchos podemos suscribir desde prácticamente todas las opciones constitucionales —también, por supuesto, desde la socialdemócrata—, no implica sin embargo necesariamente un cambio de régimen. Alegre escribe que durante los últimos años “Liria no sólo se ha dedicado a enseñarnos que hacemos un negocio ruinoso si renunciamos al cuerpo central de ideas de la Ilustración y tratamos de sustituirlo por “algo mejor” (defendiendo la dictadura del proletariado frente al “Estado de Derecho” o al “hombre nuevo” frente al “ciudadano”).

A lo largo de todos estos años, ha ido profundizando en la investigación sistemática de las dificultades con que se topa eso de la Ilustración entre nosotros los hombres, seres racionales pero finitos ‘que nacemos del sexo y sin saber hablar’”. A resolver estas dificultades para perfeccionar la representación, reivindicar el cumplimiento de aquel gran pacto social (dificultades enunciadas por Marx, Freud y Lacan, entre otros), tiende la elaboración intelectual del populismo que propugna Fernández Liria, que perseguía como es evidente construir una formación transversal al sistema de partidos.

Cuando se escribió el referido libro (2016), todavía tenía prestigio la figura de Pablo Iglesias —“una iniciativa de este tipo habría resultado imposible (total y absolutamente imposible) sin el liderazgo carismático de una figura como Pablo Iglesias”, escribía Alegre—, pero pronto ese sector dinámico y pensante se horrorizaría al advertir que el inesperado pacto de Iglesias con Garzón que, al amparo nada menos que de Julio Anguita, daba lugar a Unidos Podemos, desnaturalizaba la idea original y hacía de Podemos un partido clásico de izquierda radical, con el viejo PC en su interior. Desde aquella alianza, y como pronosticamos algunos sin demasiado esfuerzo, Unidos Podemos se ha limitado a recluirse en el pequeño nicho que el modelo reservó a la izquierda posmarxista que quedaba a la izquierda del PSOE.

Desde aquella alianza, Unidos Podemos se ha limitado a recluirse en el pequeño nicho que el modelo reservó a la izquierda posmarxista que quedaba a la izquierda del PSOE.

Ese garrafal error de Iglesias no sólo ha acabado con su crédito político sino que ha hecho saltar Podemos en pedazos. La falta de un proyecto unitario y su sustitución por una referencia posicional han debilitado las confluencias hasta destruirlas. Y explican la salida de Errejón por la puerta de atrás hacia el regeneracionismo progresista que representa Carmena, que ha optado por trascender el estadio de los partidos. La marcha de Errejón confina definitivamente a UP en su nicho, en los arrabales secundarios e irrelevantes del sistema parlamentario. Y es claro que, de salir bien la operación, Errejón tendrá camino expedito para intentar una reconstrucción de Podemos al margen de IU y sobre los presupuestos transversales originarios.

El modelo Carmena

Manuela Carmena, aupada a la alcaldía de Madrid por el ímpetu emergente de los movimientos populares que también dieron lugar al nacimiento de Podemos, representa hoy la cara más amable del nuevo populismo urbano que, en colaboración con le PSOE, ha tomado el testigo de la renovación y el cambio tras una larga etapa de gobiernos conservadores tanto en el ayuntamiento como en la comunidad de Madrid

Manuela Carmena fue una abogada laboralista (cofundadora del despacho donde se perpetró la matanza de Atocha) y hoy es una exjueza emérita septuagenaria que fue llevada en volandas a la alcaldía de Madrid en 2015 al frente del movimiento ‘Ahora Madrid’, un partido instrumental que era confluencia de Podemos con partidos y movimientos ciudadanos, y que celebró un proceso de primarias para legitimar el liderazgo. Ahora Madrid quedó en segundo lugar, tras el PP, y Carmena, apoyada en el PSOE, alcanzó la alcaldía, en la que ha conseguido notable popularidad y ha impulsado reformas urbanas de gran calado que, aunque controvertidas, parecen marchar al ritmo de los tiempos.

A lo largo del cuatrienio, Carmena ha adquirido una solidez un tanto carismática que es difícil no comparar con la del socialista Enrique Tierno Galván, el ‘Viejo Profesor’ (fundador del Partido Socialista Popular, y sólo tardíamente miembro del PSOE) que estrenó la alcaldía democrática de Madrid en la Transición y la ocupó entre 1979 y 1986; en ese año falleció de cáncer y recibió el homenaje popular en el entierro más fastuoso y multitudinario que ha recibido cualquier personaje en la etapa democrática. El magisterio patriarcal de Tierno se parece mucho al ascendiente matriarcal de Carmena, lo que, en primera instancia, conduce a ratificar la evidencia de que la política municipal es mucho menos ideológica que la de niveles superiores, por lo que la envergadura personal de quien la encarna es mucho más relevante que las siglas partidarias que la caracterizan.

Errejón abraza el modelo de Carmena

Eso explica, entre otras razones, que Carmena haya decidido desligarse de los partidos políticos, cuyas cuitas internas no son precisamente ejemplarizantes ni en Madrid ni en ninguna otro parte, de forma que ella ha decidido formar su equipo a su imagen y semejanza, sin aceptar imposiciones ni cuotas. En definitiva, lo que resalta es la brillantez del personaje, su empatía con la gente, su habilidad para hacerse reconocer como una parte de la comunidad, su implicación en los asuntos públicos que preocupan a la generalidad…

El modelo Carmena se quiere extender ahora a la Comunidad de Madrid, y pretende hacerlo de la mano de Errejón, un personaje simpático para la mayoría, que lo ve como víctima del hosco y excéntrico Pablo Iglesias. Puede que el experimento funcione pero puede también que no. Porque no es lo mismo la política municipal, muy física y cercana al tacto, que la autonómica, mucho más abstracta y alejada. Y desde luego, el ensayo no valdría para la política estatal, donde la cerebralidad racionalista es una garantía de neutralidad que la política no puede permitirse perder.

En el Estado, la recuperación de Podemos pasaría por la reintroducción de la idea primigenia de una fuerza transversal, en absoluto vinculada a la extrema izquierda de IU, dirigida a todo el espectro con recetas de regeneración, eficiencia, integridad personal y renovación de los métodos y los procedimientos de gestión política. Iglesias, quemado en su experimento ‘anguitista’ y muy desgastado personalmente —se ve en las encuestas—, ya no tiene la oportunidad de cambiar las cosas poniéndose al frente de la rectificación.

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Antonio Papell
Director de Analytiks

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