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Sánchez ante el 28-A: optimismo cauto para no repetir el resultado del PSOE en Andalucía

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Pedro Sánchez

La campaña de Pedro Sánchez es una balsa de aceite. Nadie se sobresalta ante las desquiciantes –y desquiciadas– palabras de Pablo Casado. Si desde el PSOE o Podemos se dijesen barbaridades de tamaño calibre, las tres derechas llevarían el caso ante la Junta Electoral Central, la Corte Penal Internacional y el Alto Consejo Jedi. Cualquier excusa es buena para activar a un electorado atiborrado de estimulantes testopatrióticos, como dice Elvira Lindo. La derecha, coinciden los analistas, está muy movilizada; parte de la izquierda, los socialistas en concreto, se deja llevar por la brisa triunfalista que sopla en casi todos los sondeos electorales. El exceso de confianza ya sabemos en qué lugar dejó a Susana Díaz en Andalucía.

Antes del 2 de diciembre, fecha en la que se celebraron los comicios andaluces, prácticamente todas las encuestas coincidían, grosso modo, en lo siguiente: el PSOE ganaría, Ciudadanos multiplicaría casi por 3 sus escaños, PP y Adelante Andalucía perderían un buen puñado de votos, y, por último, Vox llegaría a la Cámara andaluza. En cualquier caso, las sumas y los pactos conservadores no eran suficientes para que Susana Díaz cerrase las puertas del Palacio de San Telmo por fuera.

Desde 1978, Andalucía había sido feudo socialista. Casi cuarenta años gobernando la misma comunidad autónoma; ese poder divino otorgado a los de la rosa no iba a saltar por los aires, pensaban. Díaz pergeñó una «campaña de la alegría» para enfrentarse a «los tíos cenizos que vienen de Madrid a proclamar el apocalipsis». La candidata pretendía que el contraste entre la felicidad y la crispación movilizase al electorado porque «los ciudadanos están hartos de la pelea política y el barrizal».

Fue a finales de noviembre cuando la candidata socialista dio un giro a su discurso. Alguna encuesta interna les debió de advertir del tsunami ultraderechista y de la posibilidad de que gobernasen las tres derechas. En Marbella, Díaz, acompañada de Pedro Sánchez, llamó a la movilización de su electorado: «Que nadie se confíe, que nadie se quede en casa. No nos resignemos a que esté ganado. Hay que ganar bien, muy bien».

Pedro Sánchez y la tranquilidad

Tanto Ciudadanos como PP han centrado sus estrategias en cortar la fuga de votos hacia Vox. Albert Rivera, dado el rechazo que suscita entre sus filas Sánchez, ya ha asegurado que no llegará a ningún acuerdo con el PSOE tras las elecciones. Pablo Casado, por su parte, resucita el fantasma del terrorismo (“Sánchez prefiere las manos manchadas de sangre que las manos pintadas de blanco”) para arañar los votos de los electores más ultras… que no se hayan mudado a Vox ya.

Mientras todo a la derecha arde, Sánchez se aferra a las encuestas. La campaña sigue con un perfil bajo, evitando la confrontación e incluso el debate. El comité de campaña ha descartado la celebración de un cara a cara entre el candidato socialista y el popular. Por muy criticables que sean las palabras de Casado, por muchos insultos que vaya a recibir en directo, los debates no se deben esquivar. Por salud democrática. Los ciudadanos tienen derecho a conocer los programas electorales de cada partido; y para ese sector de la población que no tiene tiempo más que para leer un tuit o un titular, un debate televisado es una buena opción para saber qué dicen los candidatos sobre impuestos, salario mínimo, dependencia, etc. Según el macrobarómetro del CIS de marzo, los ciudadanos se informan sobre los asuntos políticos y de campaña electoral en primer lugar a través de la televisión (62,3 %), seguido, a mucha distancia, de las redes sociales (13,6 %).

La misma macroencuesta del CIS, en la que se han realizado 16.800 entrevistas, otorga una cómoda victoria al PSOE, que casi dobla en escaños al PP. Los sondeos son peligrosamente tranquilizadores y un exceso de optimismo puede ser un lastre. A favor de Sánchez juegan dos elementos: por un lado, haber aprendido la lección tras los comicios andaluces; por otro, tener a un electorado más movilizado que el andaluz y más consciente de la probable llegada de un gobierno retrógrado y antiprogresista. Optimismo, sí, pero con cautela.

 

Sergio García Moñivas
Periodista. Redactor jefe de Analytiks.

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