Concierto en el Auditorio de Madrid de los dos compositores más brutales de la historia de la música, Beethoven y Chaikovski. Dos figuras de una misma fuerza insuperable, cuyas composiciones permiten que desde la armonía se escale al placer de los sentidos. Dos músicos bestias, depredadores y creadores de la felicidad de los melómanos o simplemente de los seres humanos dispuestos a comerse la vida a tragos de acordes que penetran sin dejar nada a su paso.

No es lo mismo decir Beethoven que Chaikovski. Es cierto, pero ambos son definitivos, excelsos, seguramente irrepetibles. No son los únicos compositores extraordinarios. Hay otros como Mozart, que alcanzó el cielo, pero estos dos son la pasión misma. Su salvajada nos iguala con lo mejor del ser humano capaz de no dejar de interpretar la vida con pasión. Sí, siempre la pasión.

En la noche madrileña del Auditorio, en esta ocasión con la orquesta de Luxemburgo y la batuta del valenciano Gustavo Gimeno, el concierto para violín y orquesta, en re mayor, op. 61 se convierte, como siempre, en una maravilla de sensibilidad que sabe trasladar Vilde Frang y su violín Jean-Baptiste Vuillaume de 1864: Pero es tras el descanso, la sinfonía número 5, en mi menos, op. 64, te sitúa en otro estadio, te traslada a encontrarte contigo mismo.

Como dicen en Ibermúsica, el lapso de 82 años que media entre las composiciones del Concierto de Violín de Beethoven y la Quinta de Chaikovski es el tiempo en el que los nuevos planteamientos propuestos precisamente por Beethoven en el paso de los siglos XVIII y XIX cuajaron con fuerza. Y sí, vaya fuerza. Y se desarrollaron con intensidad. En efecto, vaya intensidad. Intensidad en una nueva estética, la romántica.

La pasión por la vida a través de un ritmo trepidante que parece un caos y, en realidad, es ordenado y recurrente a lo largo de todo el concierto. Para que pensar en otras emociones si con estos dos salvajes, el sueño mejor es perfectamente posible. Y no solo eso, se hace realidad ante nuestros ojos y, sobre todo, ante nuestros oídos.

No hay palabras para explicar lo que vemos y, mucho menos aún, lo que sentimos. Hay que estar allí para que todos los poros se abran en canal. Si alguien dijo que homo sapiens encierra lo peor de la especie, tal vez la armonía del desorden de estos conciertos no fue tenida en cuenta para tal aseveración.

 

analytiks

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