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Más impuestos y más estado de bienestar: Stiglitz contra Laffer

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desigualdad: más impuestos para sostener el estado de bienestar

En 1974 se reunieron en el restaurante Two Continents de Washington quienes serían, tiempo después, el vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney, y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld. Compartieron mesa con un periodista del Wall Street Journal, Jude Wanniski, y un profesor de Economía de la Universidad de Chicago, Artur Laffer. Por aquel entonces, EE. UU. se encontraba decaído política y económicamente. Nixon se vio obligado a dimitir tras el caso Watergate y el país no crecía; además, subían el paro y los precios. El gobierno de Gerald Ford sufría.

El joven Laffer habló de su teoría revolucionaria y, para hacerse entender mejor, la plasmó en una servilleta, que a día de hoy se encuentra en el museo de historia de EE. UU., el Smithsonian. En aquel papel, con lo que hoy se conoce como curva de Laffer, el economista defendía que bajar los impuestos aumentaba la recaudación fiscal, ya que, a partir de cierto punto de subida de impuestos, el efecto era negativo en la recaudación porque desmotivaba el ahorro y la inversión.

Artur Laffer

Laffer

La teoría encandiló al partido republicano. Si bien Ford no llegó a aplicarla, Ronald Reagan, guiado por Laffer, llegó con ella al Despacho Oval seis años después y realizó un drástico recorte a los impuestos que pagaban los más ricos del país. Ellos, con su dinero en el bolsillo, crearían más puestos de trabajo e invertirían más. Pero la agenda neoliberal, impulsada también por  Margaret Thatcher se ha demostrado errónea con el paso de los años. Aun así, los defensores del minimalismo impositivo siguen proclamando las bondades de su teoría.

El liberalismo ha fracasado, dice Stiglitz

Joseph Stigliz, Nobel de Economía, en un célebre artículo señala que «el experimento neoliberal –impuestos más bajos para los ricos, desregulación de los mercados– ha fracasado. El crecimiento es más bajo de lo que fue en los 25 años posteriores a la II Guerra Mundial, y en su mayoría se acumuló en la cima de la escala de ingresos». «El neoliberalismo debe decretarse muerto y enterrado», sostiene.

Este sistema, implantado exitosamente en la década de los ochenta por Estados Unidos y Gran Bretaña, condujo a una mayor desigualdad y dio la sensación de que el resultado no solo era inevitable, también positivo, como denuncia Jonathan Aldred en su libro Licence to be bad. How economics corrupted us, del que pueden leer un extracto en The Guardian.

Aldred, director de estudios de Economía en la Universidad de Cambridge, señala que, tanto en Estados Unidos como en Reino Unido, el 1 % de la población que más tiene se ha duplicado; mientras tanto, las ganancias del 90 % a penas han aumentado durante los últimos 25 años. Y añade: «Hace 50 años, el presidente de una compañía estadounidense ganaba de media unas 20 veces más que el salario medio de la empresa; hoy, el presidente gana hasta 354 veces más».

Desidia ante la desigualdad

El economista señala que, en la mayoría de los países ricos, la desigualdad cotiza al alza. La sociedad, una vez que interioriza estas doctrinas, considera que esto es un problema, pero, a la vez, duda de que se pueda hacer algo al respecto. «Sus argumentos son que la globalización y las nuevas tecnologías han creado un ecosistema económico en el que solo aquellos con habilidades o talentos altamente valorados pueden ganar grandes recompensas, por lo que la desigualdad aumenta inevitablemente».  Además, es inútil gravar a los ricos porque «la elite puede ocultar con facilidad su dinero en paraísos fiscales» y porque ello «frenará la creación de riqueza, por lo que todos terminaremos siendo más pobres».

Cruzarse de brazos ante la desigualdad solo provocará más desigualdad y malestar entre la ciudadanía. Luego, ya sabemos lo que viene: la llegada al poder de aquellos que culpan de nuestros males a las minorías más desfavorecidas y escupen sobre el gasto social… mientras abogan por reducir gravámenes a los que más tienen. Ya lo hemos visto en Andalucía, donde el tripartito andaluz ha eliminado el impuesto de sucesiones y donaciones, bajado el tramo autonómico del impuesto sobre la renta de las personas físicas (IRPF) y del tramo autonómico del impuesto sobre el patrimonio.

El PP y Ciudadanos quieren llevar este modelo allá donde sea posible. Como recuerda Milagros Pérez Oliva en El País, el objetivo de ambas formaciones es aplicar en la Comunidad de Madrid una revolución fiscal –léase “bajada de impuestos para estimular la economía”– que sea un modelo para toda España.

Otras prioridades: poner coto a los mercados

Stiglitz, defensor del capitalismo progresista, sostiene que los gobiernos tienen la obligación de limitar y delinear los mercados a través de regulaciones ambientales, de salud, de seguridad ocupacional y de otros tipos, así como invertir en investigación básica, tecnológica, educación y salud.

Asimismo, incide sobre la necesidad de abordar el «creciente problema del poder de mercado concentrado; pues, junto con la caída del poder de negociación de los trabajadores, ayuda a explicar por qué la desigualdad es tan alta y el crecimiento tan débil. A menos que el gobierno asuma un papel más activo de lo que prescribe el neoliberalismo, estos problemas probablemente se vuelvan mucho peores, debido a los avances en el campo de la robótica y la inteligencia artificial».

El laureado economista, que considera que capitalismo progresista no es un oxímoron, sostiene que la agenda que propone es sumamente alcanzable, y que las alternativas que ofrecen tanto nacionalistas como neoliberales solo traerán más estancamiento, desigualdad, degradación ambiental y acrimonia política. Es hora de priorizar el bienestar de una ciudadanía que ya ha sufrido lo suficiente.

Sergio García M.
Periodista. Redactor jefe de Analytiks.

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