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El coronavirus, la enfermedad de la globalización

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El Coronavirus pandemia

La globalización, que fue interpretada por Fukuyama como el fin de la historia, fue primero denostada por la progresía mundial, ya que representaba en aquellas teorizaciones el triunfo del neoliberalismo rampante que había ganado definitivamente la guerra al colectivismo en 1989. Los movimientos antiglobalización, el altermundismo, ejercieron una valiosa crítica social en las postrimerías del siglo pasado, y los Foros Sociales dispersos se contrapusieron a los Foros Económicos de Davos, en que el establishment meditaba sobre su hegemonía.

Más tarde, cuando se vio que la globalización era compatible con una extrema diversidad y con innumerables conflictos regionales, que ya no habían de sujetarse a los corsés impuestos por la bipolarización y la guerra fría, el concepto primero vilipendiado pasó a cargarse de valor: la multiplicación del comercio sin límites a caballo de las nuevas tecnologías que redujeron prodigiosamente las dimensiones virtuales del planeta se convirtió en una inagotable fuente de riqueza. Y la globalización comenzó a cabalgar a lomos de la digitalización y del cambio climático, como una posibilidad incomparable de salvar el mundo de la degradación ambiental, de integrar a los excluidos, de profundizar en los grandes descubrimientos que alargarían la vida y nos librarían de las enfermedades. El infame Trump irrumpió a destiempo para interrumpir en parte estos grandes proyectos, pero todos sabíamos que era una pausa coyuntural: los presidentes de Estados Unidos no duran más de dos mandatos, y aun hay esperanzas de que el multimillonario ruin no gane otra vez en noviembre las elecciones.

En estas estábamos cuando irrumpió de improviso el coronavirus. El 1 de diciembre de 2019 se detectó a un grupo de personas con una neumonía extraña debida a un agente desconocido, vinculado al mercado de mariscos del sur de China de la localidad de Wuhan, una medieval feria sin control sanitario que vendía alimentos diversos para el consumo y animales exóticos vivos. Pronto los chinos detectaron el agente causante, el SARS-CoV-2 —bautizado después por la OMS como Covid-19—, con una secuencia genética semejante en un 70 % al SARS-CoV que causó el síndrome respiratorio grave de 2002-2003. El 30 de enero, la OMS declaró la existencia de un riesgo de salud pública de interés internacional.

El mundo ha regresado súbitamente al día de ayer: los grandes flujos de viajeros que lo vitalizaban a todas horas y que viajaban de un extremo al otro del planeta en todas direcciones se han detenido porque al otro lado puede estar nuestra perdición

El virus se ha extendido en pocas semanas a prácticamente todo el mundo, y también a España. Aunque con una morbilidad relativamente baja, es altamente contagioso de persona a persona, y la distancia de seguridad es de unos dos metros. Eso significa que la única garantía de no sufrir contagio es el aislamiento. Dramáticamente, vuelve a darse el caso de que el infierno son los otros, como certeramente presintió Jean Paul Sartre en “A puerta cerrada”. Todos residimos en el inmenso hotel en que el verdadero suplicio es la compañía, que es en sí misma una condena y que puede resultarnos mortal.

El mundo ha regresado súbitamente al día de ayer: los grandes flujos de viajeros que lo vitalizaban a todas horas y que viajaban de un extremo al otro del planeta en todas direcciones se han detenido porque al otro lado puede estar nuestra perdición. Los sospechosos son confinados en su propia casa, sin pararse a pensar el destino si este hogar es o no verdaderamente habitable. Y es perceptible cómo, ante la eventualidad de cualquier encuentro entre conocidos, unos y otros se miran entre sí con desconfianza y evitan darse la mano. El gesto es irrelevante… a menos que el otro requiera ese asidero para sobrevivir.

El mundo vuelve a ser un inactivo ensamblaje de soledades, un paralizado receptáculo del miedo sobrecogedor a la muerte, un coro de lamentos que se ahoga en el pánico general. Nos creíamos libres en la cima de una gran epopeya, a punto de controlar la vida y la muerte, pensando en descubrir nuevos mundos para cuando este resulte inhabitable… y en cuestión de días hemos visto que somos incapaces de vencer a un enemigo microscópico, subproducto de nuestras paradojas vitales. No sabemos cuántos sobreviviremos, ni durante cuánto tiempo. La globalización, que fue nuestra aliada, ahora nos mata: sobre ella viaja el coronavirus dispuesto al exterminio.

Europa en cuestión

No nos habíamos repuesto aún de la crisis económica 2008-2014, cuya gestión comunitaria —el austericidio— generó tasas de desigualdad que a punto estuvieron de acabar con el sistema democrático por la irrupción de los populistas indignados que estuvieron cerca de alcanzar el poder, cuando Europa vuelve a fallar a la hora de afrontar comunitariamente el gran reto del coronavirus.

Como ya ocurriera en la gran crisis económica, la adversidad ha recibido dos respuestas diametralmente opuestas. Para Alemania y sus socios habituales, cada país debe enfrentarse al virus asiático con sus propios medios y según su leal saber y entender; otros, como Francia e Italia, piensan que habría que establecer una intensa coordinación entre todos los países para adoptar estrategias comunes, dotar de recursos comunitarios al sistema de respuesta, investigar conjuntamente, intercambiar conocimientos y experiencias, etc.

España ha tomado sus propias iniciativas, y aunque ha estado en contacto con otros países —se pactó con Italia la interrupción de los vuelos entre los dos estados— la cumbre informal que se celebró telefónicamente el martes a instancias de Macron no dio la sensación de que se había logrado una gran sincronía. “Para hacer frente al Covid-19 —dijo el presidente francés en la convocatoria de la reunión—, la unión hace la fuerza. Pido a nuestros socios europeos que tomen medidas urgentes para coordinar las medidas sanitarias, los esfuerzos de investigación y nuestra respuesta económica. Actuemos juntos ahora”.

Previamente a la cumbre, Stella Kyriakides, comisaria de Salud, compareció en el Parlamento Europeo para marcar una pauta genérica de puro sentido común: hay que tomar medidas de contención “agresivas” para ganar tiempo, para minorar la velocidad de propagación del virus de forma que no colapsen los servicios sanitarios, que serían incapaces de atender una epidemia creciente en progresión geométrica. Esa sí sería una consigna que seguirían todos, por puro sentido común.

Lo que había que haber hecho, en fin, es lo que Macron expuso por escrito: en primer lugar, coordinar las medidas en toda la UE; quizá hubiera sido pertinente un paro estudiantil en toda la Unión, o reducir drásticamente el tráfico aéreo en todo el espacio europeo.

En segundo lugar, toda la industria farmacéutica y el aparato de investigación europeos deberían estar sumando esfuerzos para encontrar antivirales eficaces y, en el extremo, una vacuna tranquilizadora; y todo ello tendría que estar dirigido por Bruselas para no dispersar esfuerzos.

Y en tercer lugar, es evidente que ha de darse una respuesta económica, comunitaria, al gran desastre material provocado por la defección de la mano de obra paralizada por la epidemia, la falta de componentes de las cadenas de montaje, la disrupción de la demanda… Es necesario que las empresas afectadas no vayan irremisiblemente a la quiebra a consecuencia de esta sacudida mundial. Hay que proporcionar un colchón económico para que se puedan salvar con dignidad estas semanas/meses de parálisis y angustia.

La UE aplicará –faltaría más— la cláusula de flexibilidad para que lo invertido por los países en la crisis no compute como déficit, pero la cantidad aplicada al problema —7.500 millones de euros, ampliables a 25.000— es sencillamente irrisoria: Italia ha presupuestado ya 25.000 millones para afrontar su emergencia sanitaria, el Reino Unido ha aprobado medidas por 34.000 millones, España —según explicó el jueves Pedro Sánchez al término de un consejo de ministros extraordinario— ha inyectado 14.000 millones de liquidez, ha habilitado 3.800 millones para reforzar la sanidad y ha concedido a las comunidades autónomas 2.800 millones en anticipos para reforzar sus sistemas sanitarios.

El coronavirus español se cuece, en fin, en su propia salsa, y aunque hay que confiar en la pericia de nuestros expertos, todos estaríamos más tranquilos si viéramos a la gran potencia europea movilizándose como tal. Pero no: Europa sigue siendo apenas una idea a prueba, con muy escasa capacidad de tomar encarnadura y decisiones.

España contra el coronavirus

Pese a los disparates que dice Vox y alguna salida de tono de Ciudadanos, existe un clima de cierto (e inconfesado, como siempre) consenso sobre la conveniencia de aplicar una respuesta profesional, técnica, a la epidemia, basada en dos criterios esenciales: minimizar el alcance de la afección y conseguir una cierta gradualidad de forma que no se colapsen los servicios de asistencia.

La evolución del contagio ha sido mucho más rápida de lo previsto, por lo que las medidas se han ido acumulando sobre la marcha en cuestión de días. De centrarse la atención sobre Madrid y Rioja, se ha pasado rápidamente a un tratamiento global de la pandemia, que requerirá como es lógico la contribución de la sanidad privada. En los primeros momentos, las medidas sociales de cautela para evitar contagios se han movido en el terreno de las recomendaciones, pero la declaración del estado de alarma por el Gobienro no permitirá que el aislamiento social se imponga más rígidamente a partir de cierto punto de agravamiento del problema. De un problema que, según un sector de expertos invocado por Merkel, contagiará irremisiblemente al 70 % de la población (tesis negada sin embargo por la evidencia china: la epidemia puede atajarse bastante antes de que alcance tales proporciones).

Los efectos económicos de la pandemia están siendo devastadores para España, ya que paraliza sectores vitales —el turismo— y afecta seriamente a la producción y al sector exterior. El objetivo material principal que debería perseguirse, y que todavía no se ha asegurado, es que el sistema productivo sea capaz de hibernar sin destruirse de forma que cuando pase la epidemia puedan recuperarse el tono y la potencia anteriores. Es importante que el gobierno y los agentes sociales planifiquen juntos esta travesía del desierto, para la que deberían poder contar con recursos comunitarios.

En cuanto a la estrategia de lucha contra la enfermedad, este gobierno está haciendo lo mismo que haría cualquier otro: atender las opiniones de los expertos, de los epidemiólogos, que lógicamente también tienen que improvisar porque no hay precedentes: como se ha dicho, el más cercano es la ‘gripe española’ de hace más de un siglo, que jugó un papel en el desenlace de la primera guerra mundial. Pese a ello, la oposición no pierde comba y aprovecha la contrariedad para hacer electoralismo. Es muy dudoso que una posición tan inoportuna y oportunista reporte beneficios a organizaciones políticas que, ante todo, tienen que luchar sobre su profundo desprestigio.

A fin de cuentas, es una pandemia de ricos 

Con puntualidad, se publican los resúmenes de situación del coronavirus en el mundo: infectados, muertos, curados… en los principales países que sufren la epidemia: China, Irán, Corea del Sur, los países europeos más grandes… Se ve con claridad la progresión terrorífica de la enfermedad y el éxito de China, que engendró al monstruo y que ha sabido ponerle coto en primer lugar.

Pero ¿qué debe estar pasando, por ejemplo, en África, donde no existe infraestructura sanitaria alguna, donde la mayoría de sus habitantes ni siquiera han oído hablar de una enfermedad nueva que se confunde con muchas otras y donde la propia vida humana tiene un valor muy relativo?

El hecho de que se realice tal contabilidad revela una capacidad de organización impresionante, centralizada en unos órganos que controlan la extensión de la pandemia y tratan de ponerle coto. Pero ¿qué debe estar pasando, por ejemplo, en África, donde no existe infraestructura sanitaria alguna, donde la mayoría de sus habitantes ni siquiera han oído hablar de una enfermedad nueva que se confunde con muchas otras y donde la propia vida humana tiene un valor muy relativo?

¿Y qué debe estar ocurriendo en ese millón de emigrados de Idlib que están siendo expulsados de Turquía e inadmitidos en Grecia, que duermen a la intemperie, que no tienen ni tiempo de preocuparse de nimiedades como es para ellos esa extraña gripe? El sida nació el siglo pasado de la indigencia africana. Ahora, el coronavirus ha nacido en China, en un reducto todavía tercermundista de la potencia emergente y a causa de la inexistencia de una política sanitaria adecuada; y mientras perduren los indecentes desequilibrios actuales, la globalización gestionada por los ricos tendrá que afrontar siempre el peligro de que eclosionen nuevas amenazas de esta índole.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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