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Eutanasia, suicidio y ley

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Eutanasia

Actualmente se debate en nuestro país el estatuto legal de la eutanasia. La palabra eutanasia tiene dos significados bien distintos. El primero se refiere a que no exista sufrimiento físico en el momento de la muerte. Sobre este tipo de eutanasia no hay necesidad de debate: el sufrimiento debe evitarse en todo momento. Por suerte la medicina actual dispone de medios suficientes para eliminar cualquier dolor terminal, no hacerlo es simplemente una mala práctica clínica.

El segundo significado es muy diferente, ya que también llamamos eutanasia a provocar la muerte de una persona enferma a petición suya para evitar el sufrimiento. Cuando usamos la palabra eutanasia de esa manera en realidad nos estamos refiriendo a un tipo de suicidio. Es de este segundo significado sobre el que queremos hablar aquí.

El suicidio como fenómeno natural

Dejar de vivir puede parecer una decisión totalmente ajena a nuestra naturaleza. Es una conducta que nos produce un rechazo innato. Así, la noticia de un suicidio suele ser más perturbadora que la de una muerte convencional. Desarrollamos tabúes a su alrededor o incluso usamos eufemismos para no tener que abordar el tema abiertamente.

Desde el punto de vista científico también cuesta encajarlo. Si hemos evolucionado durante cuatro mil millones de años con el único motivo de persistir ¿cómo se puede explicar que en el supuesto cénit de la evolución biológica y cultural seamos capaces de quitarnos la vida conscientemente? Es desconcertante.

Pero en realidad sí hay suicidios que todo el mundo entiende. Por ejemplo: el sacrificio de un padre en un accidente de coche, cuando da un volantazo en el último segundo para que el choque se produzca por su lado y salvar a su hijo. O el suicidio heroico del soldado en el campo de batalla, arriesgándose y muriendo por sus compañeros. Estas formas de renunciar a la vida no nos suelen parecer tan antinaturales. Al contrario, conectan con lo más íntimo de nuestra humanidad, en esa identidad profunda que tenemos con nuestra familia, nuestros semejantes y con la vida. A más distancia cultural nos encontramos con la historia de los Inuit ancianos dejándose morir congelados para no ser una boca más que alimentar en las duras condiciones árticas o los kamikazes japoneses estrellando sus aviones contra los barcos enemigos. Es un fenómeno universal.

La preeminencia del interés del grupo sobre el individuo sería la base de este tipo de comportamientos. Como homo sapiens, formamos parte de un selecto grupo de seres vivos que han alcanzado una organización social superior, lo que los biólogos llaman especies ‘eusociales‘. Esto nos daría la capacidad de de sacrificarnos (incluso hasta la muerte) para proteger algo superior al individuo. Junto a nosotros compartirían club otros animales como las abejas, hormigas o la rata topo desnuda.

Suicidio altruista y eutanasia

El llamado suicidio altruista, entendido como el sacrificio de la propia vida por los demás, formaría parte de nuestra esencia y estaría escrito en lo más profundo de nuestro código genético. Elegir la muerte estaría sólo al alcance de las especies que han alcanzado la eusocialidad. Así, cuando, en los últimos días de un cáncer terminal, uno ve a las personas que le quieren sufriendo alrededor y sabe que nada va cambiar, puede tomar la decisión de quitarse la vida. A ese suicidio lo llamamos eutanasia y quizás no es algo tan diferente al volantazo del padre para salvar a su hijo.

Entender el suicidio para entender la eutanasia

La eutanasia es un tipo de suicidio y para entender la eutanasia, hay que entender por lo tanto el suicidio. La psicología aporta ideas interesantes acerca del tema y de su relación con la llamada ‘autoestima’: la teoría dice que nuestra mente estaría monitorizando de forma automática el valor que los demás nos dan. Si este saldo es negativo nos sentiremos mal e intentaremos cambiar nuestra conducta. Cuando creemos que nuestra existencia no está aportando nada, que no tiene ningún sentido para los demás y que nuestra muerte sería beneficiosa para los otros es probable que aparezcan ideas de suicidio. En nuestro entorno ocurre sólo en situaciones extremas y muy poco frecuentes. Pero también pueden aparecer ideas de suicidio cuando este mecanismo cerebral funciona de forma errónea. Esto sucede en algunas enfermedades mentales.

Sociedades sin sitio para todos

La sociedad ha evolucionado para que el sacrificio de una vida humana no sea la mejor opción. Esto no es así siempre. En otros animales, como por ejemplo las hormigas, cualquier individuo herido (sin valor) es rápidamente ‘reciclado’ convirtiéndose en comida para la colonia. La solución de las hormigas nunca valdría para los humanos, ya que al contrario que ellas, no somos clones y es nuestra diversidad individual lo que nos da valor. Para nosotros la pérdida de un solo individuo supone siempre un coste muy alto. En los humanos lo deseable y provechoso es que en el grupo exista un lugar para cada persona, salvaguardando nuestra diversidad. Una sociedad construida de esta forma hace más difícil que una persona se sienta una carga.

Esta protección de la individualidad es una tarea complicada que cada comunidad resuelve con mejor o peor fortuna. Sociedades más inflexibles, con menos respeto a la diversidad humana, serán menos eficientes, una rigidez que podría explicar parcialmente las diferencias en las tasas de suicidio entre países. En las primeras posiciones encontramos a estados como Rusia, Corea del Sur o China (con tasas entre 35 y 25 suicidios por 100.000 habitantes), mientras que las cifras más bajas (por debajo de 5) las tienen países como Colombia, México o Grecia. España ocupa un lugar medio, aunque escalando posiciones.

Enfermedad mental y suicidio

Pero las divergencias entre diferentes culturas y sociedades no terminan de explicar el suicidio. Hay un dato muy significativo: la inmensa mayoría de los estudios científicos coinciden en que, en occidente, más del 90% de los suicidios se producen en personas con una enfermedad mental. Dicho de otra manera: en nuestro entorno el tener una enfermedad mental es prácticamente condición sine qua non para el suicidio.

La depresión, el trastorno bipolar y las adicciones son las patologías que se encuentran con más frecuencia detrás del suicidio. Son trastornos que limitan claramente la libertad del individuo. No es casualidad además que sean enfermedades que suelen producir errores en los mecanismos de percepción de nuestro valor para los otros. Además las tres cargan con un alto estigma social, otro factor de riesgo para no sentirse útil.

Eutanasia y legislación

Podríamos pensar que la eutanasia no tiene nada que ver con estos ‘otros’ suicidios. Es una decisión tomada por una persona libre. La ley debería por lo tanto respetar la esencia íntima de nuestro ser, lo que algunos llaman libertad. Si una persona decide no persistir en un sufrimiento vacío, su voluntad de morir debería ser respetada. Además, como hemos visto antes, la eutanasia y el concepto de suicidio altruista suelen estar muy relacionados. Sería un fenómeno humano por excelencia.

Visto así, la solución parece sencilla: libertad de suicidio (eutanasia) para quien lo solicite. En realidad el suicidio ya está despenalizado en nuestro país, lo que se propone despenalizar es la ayuda al suicidio y que el sistema pueda facilitar la muerte a la gente cuando lo desee. Déjenme explicar el peligro que esto conllevaría:

En primer lugar hay que tener en cuenta que una ley de eutanasia estará por definición pensada para una minoría: la de aquellos que estén en una situación terminal y extrema. Sin embargo su efecto se va a extender de forma directa e indirecta sobre un gran número de personas: todos los que tengan en algún momento ideación suicida (en España el 4% de la población). Uno de los riesgos es que se produzca un trasvase de casos desde el suicidio convencional a la eutanasia.

Los primeros resultados que produce el legislar sin tener en cuenta el lienzo completo ya se están produciendo. En países como Holanda o Bélgica se observa año tras año un aumento de los casos de eutanasia desde la aprobación de las leyes que la facilitan, con una creciente presencia de las enfermedades mentales como motivo principal para la solicitud. Otras legislaciones más garantistas, como la canadiense, intentan evitar este efecto no considerando los trastornos psiquiátricos o la ‘voluntad personal’ como una razón para la ayuda al suicidio.

Lea también: ‘Datos sanitarios y Big Data, la protección del bien común’

Debería ser impensable el admitir como ‘eutanasia’ las peticiones de suicidio en personas con enfermedades mentales graves. Son situaciones en las que la enfermedad decide por uno. No hay libertad. Pero limitar la eutanasia a los casos sin enfermedad psiquiátrica sería insuficiente. Más allá de las personas con enfermedades mentales, la sintomatología psiquiátrica se extiende con altísima frecuencia a otras enfermedades teóricamente ‘no psiquiátricas’. La esclerosis múltiple ha sido la razón esgrimida por varios casos muy mediáticos para solicitar el suicidio es un buen ejemplo. Sabemos que el 80% de los pacientes con esta enfermedad tienen un síndrome depresivo asociado. Y no nos referimos con esto a ‘tristeza’ por tener la enfermedad y sus consecuencias, sino a un cuadro depresivo grave, producido directamente por el daño neuronal. De hecho, en un tercio de estos pacientes las alteraciones emocionales aparecen antes que cualquier otro síntoma, antes de que la esclerosis sea diagnosticada o sospechada.

Otras muchas enfermedades causan depresión, cualquier patología que produzca dolor crónico suele hacerlo. La depresión, más allá de su causa, es por suerte una enfermedad con tratamiento efectivo y no debería ser nunca una razón para el suicidio, aunque una de sus efectos sea justamente tener deseos de morir.

Una legislación poco meditada tendría una segunda consecuencia más sutil. En su evolución, las diferentes sociedades a lo largo de la historia han levantado barreras para protegernos del suicidio: normas, tabúes o usos culturales que ponen límites a la posibilidad de quitarse la vida. La aceptación y regulación de la eutanasia puede suponer el desmantelamiento de esta protección cultural, de la que no sabemos cuán dependientes somos. Un plácet legal a la eutanasia supondrá el aumento de la aceptabilidad del acto de quitarse la vida. Esto nos llevaría a tasas más altas de suicidio, que es hoy en día el problema de salud pública más importante en nuestro entorno: es la primera causa de muerte en jóvenes en nuestro país y el primer motivo de muerte evitable en población general. Diez muertos cada día. En España podría darse la paradoja de que tengamos antes una ley para la eutanasia que un plan nacional contra el suicidio, somos uno de los dos únicos países de Europa que aún no lo tiene).

Legislar sobre producir la muerte activa de un ser humano es muy delicado y sus consecuencias pueden ser perversas. La repercusión de este tipo de ingeniería social puede tener efectos impredecibles, modificando las bases sobre las que se asienta nuestra sociedad y agravando problemas tan serios como el suicidio. Sólo podemos esperar que la prudencia prevalezca.

Diego Urgelés
Psiquiatra que cree en la neurociencia (y en más cosas). Colaborador de Analytiks

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