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Preparados para la legalización del cannabis

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Cannabis y derivados
Foto: AdobeStock

Es evidente que se está produciendo un cambio de actitud ante el consumo de cannabis. Si esta tendencia continúa al mismo ritmo, pronto veremos cómo la marihuana, el hachís y otros derivados de la planta cannabis sativa serán legalizados en nuestro país y en todo el mundo. Unos años más tarde (calculen entre 10 y 15) se volverá a restringir su uso. Es simplemente lo que ha ocurrido en otras ocasiones. La historia, como saben, se repite.

Sucedió ya en el siglo XIX, cuando un nuevo tratamiento con cualidades milagrosas llegó a Europa. Este curalotodo aliviaba el dolor y mejoraba infinidad de síntomas. Su uso enseguida se extendió a múltiples campos, no sólo como analgésico. También era un componente de famosas bebidas energéticas e incluso se utilizó para tratar la dependencia a drogas. Publicitado como  producto totalmente natural y sano, con el tiempo cada vez fue más evidente que se trataba de una sustancia muy adictiva y peligrosa para la salud. Años más tarde se prohibió finalmente la comercialización de cocaína.

En 1898 volvió a ocurrir: la farmacéutica Bayer sacó al mercado un nuevo medicamento para tratar la tuberculosis, el dolor y hasta la tos. Aunque era un derivado de la morfina, tenía una gran ventaja sobre esta: no producía adicción. Así fue anunciado y vendido durante años. Se bautizó como Heroína, porque hacía volver a los soldados de la guerra curados y como héroes. De nuevo, las terribles consecuencias del consumo dieron la cara y en 1913 Bayer se vio obligada a retirar la heroína del mercado.

Jarabe de Bayer heroína

Sin ir tan lejos, en estos mismos momentos el savoir faire de algunas multinacionales farmacéuticas en Estados Unidos ha promovido el consumo de fentanilo y opiáceos como tratamiento habitual de cualquier tipo de dolor. Esto ha producido ingentes beneficios y, además, ha convertido a la adicción a opiáceos en la primera causa de muerte entre la población activa de este país. Las adicciones son una fuente de ganancias interesante, más allá de sus posibles efectos secundarios sobre la población.

Durante los años sesenta, el cannabis, una sustancia natural derivada de una planta común, comenzó a ponerse de moda. Tenía un efecto mixto, entre tranquilizante y euforizante, mejoraba la sociabilidad y se decía que no era especialmente adictivo. En 1961, la Convención única sobre estupefacciones de la ONU lo incluyó en la lista de sustancia adictivas con riesgo grave de abusos y también en el grupo de las sustancias especialmente nocivas y con muy limitado valor médico o terapéutico. Desde entonces es una sustancia controlada en todo el mundo.

Corrientes a favor de retirar las restricciones sobre el cannabis

Pero últimamente ha surgido poco a poco una corriente a favor de retirar las restricciones sobre el cannabis. Esta nueva inquietud coincide con el florecimiento de una industria paralela de cultivo casero que mueve mucho dinero y que sin duda ha servido para cebar la maquinaria financiera de los lobbies. También coincide con la disminución progresiva del negocio de las tabacaleras, que ven mermar sus cuotas, acosadas por la presión sanitaria sobre el consumo de cigarrillos.

Y es así cuando, de pronto, se alaba en múltiples foros el potencial curativo del cannabis y supuestos estudios científicos afirman que mejora la esclerosis múltiple, los dolores crónicos o el cáncer. También se destaca por todas partes su cualidad de producto natural y «bio». Poco a poco estamos viendo cómo se blanquea la condena social y su consumo se normaliza: si fumas porros “no pasa nada”. Esta evolución no parece fortuita y coincide con los intereses de una incipiente industria que ve en el cannabis al nuevo tabaquismo. Parece que estamos abocados a que lo sea.

La expresión “legalizar el cannabis” no es la adecuada para titular esta estrategia. Lo que en realidad se va a producir es su desregulación, la apertura del mercado, es decir, la posibilidad de hacer negocio a gran escala con su venta. El estatus actual de sustancia controlada y su negro historial sanitario hacen que no se pueda invertir en su consumo: ni publicidad ni comercio. Son las medidas de salud pública que evitan su expansión, aunque hoy, libremente, cualquiera puede cultivar esta planta en nuestro país para consumo propio siempre que no tenga afán de lucro.

Coca Incas

Cuestión de tiempo

Y aquí nos encontramos, justo en este punto de la historia. Al borde de ver cómo se allana el acceso al cannabis, país tras país. Solo es cuestión de tiempo que las presiones de los inversores, entre los que ya se encuentran grandes bancos, corporaciones transnacionales de la alimentación o la industria tabaquera, den sus frutos y todas las democracias de occidente abran entusiasmadas los brazos ante este nuevo paso hacia la libertad del ser humano: la legalización del cannabis.

Naturalmente, exprimir económicamente una adicción a costa de la salud de las personas es algo bastante escandaloso, por lo que se han montado dos grandes narrativas alternativas para desviar la atención. La primera de ellas es la merma en la libertad que supone no dejar a las personas decidir sobre el consumo de cannabis; la segunda, los supuestos beneficios para la salud que puede aportar.

La narrativa de la libertad es una falacia simple de demostrar. Los abogados de la «libertad» juegan a confundir libertad de mercado con libertad individual, algo muy común en estos tiempos. El consumo de cannabis no está prohibido en nuestro país, sólo se impide el negocio. Desborda ironía el esgrimir la libertad para defender una sustancia adictiva. El adicto (de latín addictus, que significa esclavo) es aquel que no es capaz de elegir libremente, alguien que, aunque racionalmente no quiera consumir, es incapaz de evitarlo. Usar la libertad como excusa para generar esclavos es un perverso ejercicio de retórica.

Revisando la narrativa basada en los beneficios sanitarios, es también fácil comprobar cómo estos beneficios simplemente no existen. No hay estudios sensatos que prueben que el cannabis o sus derivados tengan un potencial terapéutico real, más allá de leves efectos sobre el apetito o la percepción del dolor, acciones que en ningún caso compensan los graves problemas que produce el consumo. Hace años que se han intentado utilizar los cannabinoides como tratamientos de múltiples problemas sin éxito, al final las farmacéuticas han desistido. Un fármaco de este tipo, el rimonabant,  tuvo que ser retirado del mercado al verificarse los problemas de salud mental que causaba (entre ellos el suicidio). El cannabis se conoce desde hace siglos y no existe ninguna evidencia de un potencial terapéutico significativo. En cualquier caso, si se demostrasen beneficios que superasen los problemas que provoca, las farmacias podrían expedir el cannabis (mejor en comprimidos porque fumado produce cáncer) con la correspondiente receta, al igual que se hace con otros narcóticos como la morfina.

Apertura del mercado

¿Qué va a ocurrir? Por desgracia la suerte está echada: se va a abrir el mercado del cannabis y las multinacionales serán libres de venderlo y hacer negocio con él. Ya se diseñan nuevas bebidas energéticas con cannabis y gadgets para inhalarlo, aunque probablemente seguirá reinando la presentación fumada clásica en forma de hojas secas o resina. En muchos despachos se están frotando las manos en este momento al calcular las potenciales ganancias de este nuevo ocio.

Prepárense para la legalización del cannabis, una sustancia de uso creciente que disminuye la capacidad cognitiva y la motivación. Nunca se ha demostrado que su consumo tenga beneficios claros, lo que sí sabemos con seguridad es que, en cualquiera de sus formas (marihuana, hachís o incluso por vía oral) altera el funcionamiento del cerebro de forma crónica. Los menores de 25 años son especialmente susceptibles: su capacidad intelectual disminuye si lo consumen reiteradamente y no se recupera al dejarlo. El cannabis es además uno de los factores más claros de fracaso escolar y aumenta la probabilidad de padecer enfermedades muy graves como la psicosis o el trastorno bipolar. También aumenta significativamente el riesgo de suicidio.

La historia se repite y, como siempre ha ocurrido, en unos años tendremos que dar marcha atrás y volver a controlar su distribución. Por desgracia, todo esto dejará un reguero de sufrimiento personal y colectivo, muchas vidas destruidas y penalizaciones importantes al progreso de la sociedad. Para aquel entonces los accionistas ya habrán retirado sus beneficios hacia otras latitudes y los políticos que en su día firmaron alborozados su legalización echarán cabezadas en algún consejo de administración.

Diego Urgelés
Psiquiatra que cree en la neurociencia (y en más cosas). Colaborador de Analytiks

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