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Alfonso Vidal y Planas y el crimen en el Teatro Eslava

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Alfonso Vidal y Planas

Pocos escritores y literatos podrán presumir de vivir una vida tan al borde del abismo, de forma continuada, como este pequeño hombrecillo a quien la vida le reservó la realidad de ser indeseado protagonista de una novela folletinesca por entregas. Porque la propia existencia de Alfonso Vidal y Planas fue, quizás, el novelón por entregas más apasionante (o triste, esperpéntico) de aquellos años 20 del siglo pasado. Y viviendo –y aceptando– epítetos repetidos siempre que su nombre salía a relucir como el de loco, esquizofrénico o neurótico. Y mil sinónimos más que insinuaban siempre un evidente desequilibrio mental en el popular escritor y dramaturgo.

Pues bien, a pesar de esos sambenitos logró pasar –y sobrevivir– por encima de una primera dictadura, una revolución devenida en república y en posterior guerra civil, y, después, otra vez otra dictadura. Incluso, como tantos compatriotas cogidos en aquella convulsa década, también probaría el amargo pan del exilio.

Alfonso Vidal y Planas y las mujeres

Este ‘loco’ tenía y compartía con muchos de los cuerdos una fijación y una obsesión: las mujeres. Pero, eso sí, las mujeres entonces descritas como perdidas (prostitutas, madres solteras, abandonadas o presas). Ellas eran su material sensible y digno de ser salvado. Y, para ellas, Alfonso Vidal era, sin duda, un hombre que, siempre, estaba de su parte.

La mayoría de sus colegas, y el resto de los hombres de su entorno, no disimulaban sus chanzas frente a este buen samaritano, para ellos, un iluso “redentor” de putas al que afeaban esa empatía para con las más débiles de entre las mujeres de su entorno, y lo hacían despellejándolo, aunque disimulando esas burlas como fijadas en la crítica de su obra literaria, que, reflejo del propio carácter del autor, tenían un mismo decorado hiperrealista: las mancebías, las cárceles de mujeres, los barrios bajos donde se movía el lumpen, o la guerra, e incluso el terrorismo, plagas todas que le tocó vivir en el transcurso de su vida.

Alfonso Vidal y Planas nació en 1891 en Gerona. Combatió en Marruecos –no voluntariamente, sino castigado y condenado por feroz antimilitarista– y a su regreso, ajeno a cualquier arrepentimiento, reemprendió sus críticas demoledoras contra los uniformes militares, lo que le llevó, de nuevo, otra vez a la cárcel por poco tiempo.

En los años de la Gran Guerra sacó un periódico absolutamente demencial y subversivo, ya desde su título: El Loco, del que se publicaron muy pocos números. Luego, en plena resaca por la revolución en Rusia, se adelantó a muchos de los despistados periodistas españoles y fundó otro periódico: El Soviet, donde anunciaba -¿amenazaba?- que en España, muy pronto, “correrán ríos de sangre… ¡y la beberemos!”. Naturalmente, de El Soviet no llegó a salir un segundo número. De regreso a la literatura y tras algunos relatos sobre sus experiencias vividas en Marruecos y en la cárcel, daría la campanada con su obra dramática Santa Isabel de Ceres, la vida en una mancebía, y en especial la narración del calvario de una de sus pupilas.

A partir de aquí, el marginal incide y se lanza a una más profunda marginalidad, gracias, paradójicamente, a que una varita mágica había posibilitado el éxito fuera de serie de su drama prostibulario, muy representado, llevado poco después al cine, y pasados los años, aún presente en el recuerdo colectivo sobre aquella insólita “santa” –espejo y sombra de María de Magdala del siglo XX–, y de una calle madrileña llena de prostíbulos: la de Ceres.

El suceso del Teatro Eslava

Luego vendrían nuevos dramones lacrimógenos como Los gorriones del Prado, cuyo estreno coincidió con el crimen del Teatro Eslava, en el que Vidal y Planas, una vez más pero ahora como multiplicado protagonista del trágico suceso. Primero como víctima (su amigo, el también escritor Luis Antón del Olmet, se acostaba con Elena Manzanares, su enamorada, a la que había rescatado de una casa de mala nota) y, después, como matador a tiros de ese mismo Olmet en los pasillos del teatro de la calle del Arenal. Era el primer día de marzo de 1923. Tan sólo veinte días después, y en la cárcel Modelo de Madrid donde cumplía arresto, se casaban Elena Manzanares y Alfonso Vidal y Planas. Reacio, en principio, a solicitar el indulto, sin embargo, al fin accedería que lo hicieran por él y saliendo libre en 1926.

Atrás quedaba el recuerdo lacerante de todo lo anterior, con aquella puesta en escena del juicio contra el asesino celebrado en mayo de 1924, considerado por la prensa como uno de los procesos más escandalosos de muchos años, que entendía en la causa por la muerte del escritor Luis Antón del Olmet, a manos de su colega de las letras y la bohemia, el también autor Alfonso Vidal y Planas, hecho sangriento que había tenido lugar en los camerinos del Teatro Eslava.

El morbo estaba servido y la expectación era máxima, ya que se contaba con todos los ingredientes necesarios para ser degustados por recios paladares que, desde luego, no quedaron defraudados con la sentencia: doce años de reclusión, más una indemnización a los familiares de 100.000 pesetas.

La mantenida de la víctima

Durante todo el proceso revoloteó por la sala la sombra de Elena Manzanares, convertida en presencia real cuando le tocó declarar, afirmando que había sido la “mantenida” de la víctima, que no había tenido reparo en “cederla” a sus amigos, incluido el ‘loco’ Vidal y Planas.

Durante la vista se escucharía que Elena había sido rescatada de un prostíbulo a los catorce años, mandando a un segundo plano con este protagonismo femenino, otra causa algo más vulgar, como eran otros celos entre los dos colegas: los profesionales. Enfrentados por quién estrenaría antes su obra, Vidal acusaría a Olmet de poner frente a él al empresario del Eslava, Gregorio Martínez Sierra, que cedería ante el primero. (Al final, el asesino justificaría también el crimen como resultado de esas mismas diferencias literarias y, sobre todo, por la influencia, por la tiranía despótica -insistía en ello- que Luis Antón del Olmet había ejercido sobre él).

Pero esto último se diluyó como un azucarillo, destacando sobre todo el affaire sentimental. Porque lo que ya nadie dudaba era que el escritor se había enamorado de Elena Manzanares de forma enfermiza –y ella le correspondió–, flirt inesperado con el que no contaba su “dueño” –la futura víctima–, provocando su ira y anulando totalmente la pasada amistad entre ambos.

Todo eso se revivió en la vista, que finalizaría con la condena a Vidal y Planas de doce años de prisión, una pena que no llegaría a cumplir en su totalidad. Cuando salió libre del penal del Dueso, el loco enamorado pudo ver cómo, a la puerta, le esperaba la fiel compañera, una Elena Manzanares que, agradecida y admiradora de su hombre, ya siempre le acompañaría, incluso en el exilio del escritor tras la guerra civil.

El final de su vida

Durante la República, al menos dos libros volvieron a presentarnos al Vidal y Planas de siempre, ya desde sus llamativos títulos ineludibles: Expendeduría de carne humana y Mujeres malas. En el transcurso de la guerra civil, llegó a dirigir el periódico de Ángel Pestaña, El Sindicalista, y también escribió un nuevo volumen testimonial: Bombardeo sobre Madrid. Poco antes del fin de la República y de la guerra, se fue a París, siempre con su fiel enamorada, para, desde allí, saltar ambos primero a Nueva York y después a Los Ángeles.

Su siguiente destino sería México, y allí echaría raíces dedicado a la enseñanza, dando clases de literatura en la ciudad de Tijuana. La misma en la que moriría en 1965 este hombre extraño y apasionado al que, seguro, sus tiernos alumnos aztecas jamás ubicarían en un Infierno como el que, durante gran parte de su vida, fue el “hábitat” habitual y natural de su maestro.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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