Crónica negra

Cecilia Aznar y el crimen de la plancha

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Cecilia Aznar

Muy lejos en genialidad y en gloria artística de muchas de sus compatriotas de aquel inicio del siglo XX, esta mujer fue la comidilla de las gentes al comenzar el año 1903. La razón: en febrero de aquel año se iniciaba la vista por el crimen cometi­do por Cecilia Aznar en la persona de Manuel Pas­tor el año anterior.

La víctima era el patrón de la asesina y, según la mayoría de los testigos, se trataba de un cuarentón libertino y explotador (en todos los sentidos) de su joven criada, una viuda que el señor Pastor se había traído con él desde Pasajes -donde Cecilia había dejado un niño de corta edad y alguna fama de ladrona en alguna casa en la que había servido-. Ya antes de llegar ambos juntos a Madrid, la joven se había ganado la confianza de aquel sinvergüenza, según quienes lo trataron, bastante desahogado económicamente pero que vivía de forma miserable y ruin.

Al parecer, cuando Manuel Pastor recibió los golpes mortales de Cecilia Aznar propinados con una plancha, su patrón se fue al otro mundo sin enterarse de que, junto a él, había vivido una enemiga muy peligrosa, sin haberse percatado en ningún momento de esa peligrosidad. Aquellos planchazos mortales de necesidad (una plancha de la época -recuérdese- de hierro fundido) asestados en la cabeza de su patrón mientras el señor Pastor dormía, lo mandarían a prolongar hasta la eternidad un sueño del que no se despierta.

Con gran aplomo, y una vez cometido el crimen, Cecilia Aznar cogió lo más imprescindible, lo metió en una caja y salió del piso y del edificio de la calle de Fuencarral (el número 45), apenas balbuciendo un saludo a la portera de la finca, una Francisca Sánchez a la que le extrañó la precipitada salida de la criada, además, cargada con aquellos bultos. Extrañeza que se sumaba a la percepción de la misma portera de que no había visto salir a Manuel durante demasiado tiempo, cuando aquel vecino salía a diario. Para cuando la mujer decidió avisar y dar la alarma, la asesina ya había logrado montar en un tren que le trasladaría hasta Barcelona, en una primera etapa de su huida.

El crimen de Cecilia Aznar, carnaza para la prensa

Manjar “exquisi­to” para las multitudes, los crímenes siem­pre han alimentado lo más oscuro que esconde el ser huma­no. Si, además -como sucedió en este caso- el asesino era una mujer, el escán­dalo, multiplicado, estaba servido. Y así fue: duran­te días y días la prensa no dejó de hablar del tema desde todos los ángulos, “fabricando” una criminal a medida del lector de periódicos amarillos.

Claro que algún reportero, como un redac­tor de El Imparcial, creyó desmontar parte de ese tingla­do edulcorado y tópico des­cribiendo crudamente a la matadora con acentos un tanto denigrantes, como si de esta forma -no ajustándose al falso cliché de una belleza diabólica, o algo por el estilo- la simpatía (?) o la piedad para con ella se alejaran veloz­mente, tanto del ánimo de la gente como de los jueces: “Cecilia Aznar -afirmaba el periodista de El Imparcial– no corresponde con la realidad al concepto de hermosura que algunos cronistas benévolos le han atribuido”.

Otro colega de un ABC recién salido a la calle fue más allá, logrando entrevistarla en la prisión madrileña donde compareció con su hijito en brazos (al parecer, había conseguido que se lo trajeran desde el norte). Incluso otro “magazine” muy popular entonces, Por esos mundos, fue el primero en publicar fotografías de la asesina, informando a sus lectores de que las mismas se las habían enviado de forma anónima (en alguna de ellas, puntualizaba el redactor, “con menos ropa que la Venus de Milo”).

Poner en negativo el concepto de las ‘pobres chicas del servir’

Con toda esta publicidad en los periódicos, lo que se venía a decir era que, si por fin la condenaban a la última pena -y así sería-, la cosa no debía aparecer tan suavizada como si la asesina se tratara de una beldad enriquecida con alguna brizna de inteligencia (un cliché habitual en casos similares). Ya puestos a desmontar el mito, otros periodistas insistían -y sumaban a la falta de belleza- cualquier resquicio de nobleza presente en la excriada ya que, añadían, “Cecilia Aznar no es ni artista del crimen, ni malvada por herencia, ni una mártir”.

En realidad, se trataba de poner en negativo el por entonces admitido concepto de las “pobres chicas de servir”, que habían venido a rescatar los letristas que se inventaron a la popularísima “Menegilda” de La Gran Vía, oponiéndole a esta fámula de ficción, otra real ayuna de empatía y consiguiendo por unanimidad la repulsa y el despego de la opinión pública respecto a Cecilia Aznar, la misma que, en otras ocasiones, “salvaba” a un criminal con su idealización.

14 años después del crimen de la calle Fuencarral

Cecilia Aznar hacía de “chica para todo” del que sería su último patrón en un piso de la ya citada finca de la calle de Fuencarral. En la misma calle en la que, catorce años atrás, en 1888, había tenido lugar otro horroroso asesinato que había pasado a los anales de la crónica negra como “El crimen de la calle de Fuencarral”, que ahora tenía su segunda versión con el caso de que nos ocupa y, coincidencia, también aquel tuvo protagonista femenina y del mismo oficio: otra criada llamada Higinia Balaguer, aunque en este primer crimen, el patrón era patrona, aunque Luciana Borcino fuese igual de “malvada” que el señor Pastor, según su matadora.

Lo primero que hizo Cecilia tras acabar a planchazos con él fue sustraerle al muerto 11.000 pesetas y 4.000 francos franceses

La víctima de Cecilia era el prototipo de señorito golfo, algo maduro (42 años), viviendo un buen momento económico por acopio de sustanciosas rentas, y, en consecuencia, ejerciendo de solterón juerguista. Aunque solo de puertas afuera ya que, en su precario piso, el nivel de vida de puertas para dentro -también el de él, pero lógicamente, padeciéndolo más la cocinera y la criada- era el de un auténtico paria. Comía frugalmente, vestía prendas de segunda mano… Pero, sin embargo, manejaba mucho dinero cuando salía a correrla. El clásico avaro que guarda el dinero bajo el colchón, y puede que ahí o en algún otro escondrijo, lo descubriera Cecilia, ya que lo primero que hizo tras acabar a planchazos con él fue sustraerle al muerto 11.000 pesetas y 4.000 francos franceses.

Un tiempo precioso transcurrió entre la sorpresa de la portera por la precipitada huida de Cecilia con sus bultos, y decidirse al final, a denunciar aquella sospechosa salida de la casa, a sumar otra duda por la no visibilidad de Manuel Pastor en los últimos días y horas. De manera que cuando la policía llegó al piso y descubrió el cadáver, allí no estaban ya ni la cocinera -ésta se había despedido unos días antes y nunca tuvo nada que ver con los proyectos de su compañera- ni la propia criada.

Condenada a muerte

Porque, en efecto, Cecilia Aznar había puesto ya tierra y kilómetros por medio, viajando a Barcelona en una primera etapa, e intentando desde allí coger un barco en el que abandonar el país. En ese, al final, frustrado intento, le ayudarían dos golfos, mozos de un hotel que la recibieron en la estación y que, al final, la engañaron y la robaron, huyendo a Francia con el dinero de la ingenua asesina, aunque serían detenidos en El Havre, después, a punto de zarpar para América, después de la propia detención de su víctima desplumada. Desde el día de crimen y esta detención, apenas transcurrirían dos semanas de precaria “libertad” para la “asesina de la plancha”.

La vista por este suceso reunió a todos los desocupados y curiosos de Madrid un día de enero de 1903. La condena fue a muerte, aunque ésta no llegaría a hacerse efectiva. Desde la sala del juicio se le trasladó, en un primer momento, a la cárcel de mujeres de Quiñones, donde aguardaban para verla de cerca una gran cantidad de curiosos. Después, cumpliría el resto de la condena en la prisión de mujeres de Alcalá de Henares de la que saldría veintitrés años después, en el mes de octubre de 1926.

Una fuga fallida

No había sido una estancia la suya plácida en todo este tiempo ya que, un día del verano de 1916, aprovechándose, sin duda, de la siesta nacional -tan cara a todos, incluidos los funcionarios de la cárcel-, de nuevo aquel nombre femenino ya olvidado saltó, otra vez, a la actualidad. Porque la asesina del segundo “Crimen de la calle de Fuencarral”, que aún purgaba su delito en la cárcel complutense, un buen día, cediendo al mandamiento único de todo preso: el de intentar escaparse, Cecilia, junto a otra presa, emprendió una pintoresca y efímera fuga que, por desgracia para ella y su compinche, no le llevó muy lejos: sólo hasta el próximo pueblo de Loeches, donde ambas fueron detenidas de nuevo y, de nuevo, encerradas, se supone que ahora bajo siete llaves.

Pero lo cierto fue que, por unos días, Cecilia Aznar “gozó” de una segunda edición de una fama ya olvidada, reviviendo muy brevemente la conseguida en los días de su crimen y del posterior juicio.

Cecilia Aznar Celamendi había nacido en Cervera (Lérida), trasladándose, tras casarse, al País Vasco. Allí, en Irún, conocería, después, a Manuel Pastor y Pastor que, encaprichado de la joven viuda, le ofreció irse con él a Madrid. Atrás dejaba, además de un niño de corta edad, unos padres confusos con su hija -el padre era un honrado ferroviario- y un flamante novio que, después, cambiaría a la hermana de Cecilia por ella misma, y se casaría con aquella). Curiosamente, Cecilia Aznar escribió muchas cartas desde la cárcel, a sus padres y a su novio, donde se sincera con ellos sin demasiado “mea culpa”.

Lo siguiente está narrado ya, y solo queda por añadir que, según parece, tras su salida en libertad en 1926, se reuniría de nuevo con su hijo, y ambos habrían marchado a vivir a Ceuta. Sin embargo, otros rumores hablaban de que su salida en libertad definitiva se habría producido años después, de forma inesperada y colectiva ya que esas noticias decían que, junto a otras presas de la cárcel de Alcalá, Cecilia Aznar habría salido a la calle en los meses convulsos y anárquicos del inicio de la guerra civil, cuando los milicianos abrieron todas las prisiones y liberaron a los presos. A partir de ahí, todo es un misterio sobre el resto de la biografía de Cecilia Aznar.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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