Crónica negra

El crimen del ‘capitán Sánchez’

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El Capitán Sánchez

Un caso con todos los ingredientes para el asco y la rabia, pero que no son exclusivos de una época sino fotografía de una sociedad, ayer como hoy, injusta, ignorante y egoísta. El caso se convirtió en un cóctel explosivo: un militar de vida impredecible, un jugador sin remisión, y una mujer, vehículo de incesto con el primero y posterior cómplice en la muerte del segundo. La mezcla resultó excitante -y explosiva-, y el caso de “la hija del capitán” daría, y dio, para mil y un relatos, obras varias, y películas y series de televisión hasta casi hoy mismo. El hecho tuvo tanto eco que hasta un avispado editor-empresario sacó, en Bilbao, un semanario amarillo titulado Sánchez, y todavía en los primeros años 40, el periodista Francisco Serrano Anguita recordó en un libro su presencia como reportero en todo aquello, titulado Yo descubrí el crimen del capitán Sánchez.

Pero en la recta final de aquel año de 1913, a la hora de los resúmenes habituales de los doce meses transcurridos, todos se pondrían de acuerdo en que, en cuanto a la crónica negra de ese año, este suceso ocultaba todos los demás. Porque, coincidiendo con las campanadas de la San Silvestre, aún resonaban los ecos trági­cos de la ejecu­ción del famoso Manuel Sánchez López (ya para todos “el capitán Sánchez”), y el encierro en prisión por veinte años de su hija y amante, María Luisa Sánchez, culpa­bles ambos del asesinato del comerciante de alhajas y rentista, Rodrigo García Jalón. (No obstante, el desenlace sin vuelta de la condena en paralelo a la monstruosidad del delito, el desquiciado militar había tenido un defensor de lujo: José Serrano Batanero, uno de los letrados más prestigiosos anterior a la República, durante ésta, y en el transcurso de la guerra. Ya en algunos de los procesos más importantes de los primeros años del siglo XX se pudo escuchar su verbo flamígero y sus contundentes conocimientos legales. De hecho, y de nuevo en referencia a este caso, Batanero casi salva del patíbulo al desquiciado “capitán Sánchez”, definiendo a su cliente como un asesino circunstancial, e intentando oponer al criminal convicto el soldado de valor, que se había distinguido heroicamente en la guerra de Cuba.)

Hasta llegar al final de la turbia tragedia, anteriormente, solo a partir de cierto momento, la policía había dirigido sus pasos en persecución de aquella mujer, todavía no identificada, si acaso nombrada como la atractiva “señori­ta rubia”, antes de confirmar que se trataba de María Luisa Sánchez, la aún desconocida ya empezó a facilitar a la policía el camino que, al final, acabaría por llevarlos hasta el asesino, el padre la hasta entonces misteriosa mujer: un capitán del Ejército en la reserva llamado Manuel Sánchez López. Que resultó ser el padre de la “señorita rubia”, y al mismo tiempo también amante de la misma, y chulo de su propia hija. Y, todavía más, compinches ambos en el pingüe negocio de desplumar y eliminar a los atraídos por los encantos de María Luisa.

Los mismos vicios que el Capitán Sánchez

Contaban ya con cierta veteranía y experiencia en este lucrativo negocio “familiar”, y Jalón solo era el último en caer. Rodrigo García Jalón era un cincuentón rico, mujeriego y ludópata (por otro lado, casi compartiendo los mismos vicios con el propio capitán Sánchez). Encaprichado con María Luisa, aquel día 25 de abril de 1913, acudió a la casa de la muchacha (en un edificio militar donde vivían padre e hija) para convencerla de que se fuera a vivir con él. Mientras hablaba con ella frente a frente -el señor Jalón de espaldas-, no tuvo tiempo de adivinar quién le atacaba por detrás, propinándole un fortísimo golpe en la cabeza con un martillo que lo derribó sin vida. Rápidamente, padre e hija registraron a la víctima, que solo portaba veinte duros y un reloj, aunque casi al final, también descubrieron una ficha de juego del casino instalado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid por un valor de 5.000 pesetas (un pastón en aquel momento).

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Rápidamente, con la ficha rescatada del cuerpo aún caliente, padre e hija se dirigieron al Círculo, donde María Luisa intentó entrar para cambiar la ficha por dinero, acceso que le fue prohibido por estar negada la entrada a las mujeres en aquella institución. No obstante, ella forcejeó hasta lograr acceder y, exhibiendo como un trofeo la ficha, reclamaba a gritos que le entregaran “su” dinero. No pudo hacer mucho más ya que, debido al propio escándalo, y por ser la ficha nominal a nombre de Jalón, en el casino se olieron algo raro, empujando a María Luisa a la calle sin demasiadas contemplaciones. Fuera le esperaba el padre, y, muy nerviosos, juntos abandonaron la zona de la calle de Alcalá y el edificio de la Equitativa (donde, a la sazón, estaba la sede del Círculo de Bellas Artes), no sin que, por indicación del personal del casino, un despierto botones del mismo los siguiera hasta averiguar dónde vivían, dando el chivatazo que facilitaría la posterior acción policial y la detención del capitán.

Pero antes, en el tiempo transcurrido desde el frustrado cambio de las 5.000 pesetas y la llegada al domicilio “familiar”, una vez allí padre e hija procedieron a deshacerse del cadáver de García Jalón, de manera que una vez descuartizado, las vísceras fueron vertidas por el retrete y los huesos, troceados, fueron a parar a las alcantarillas, y los más grandes a un rincón de un patio de la inmensa casa-cuartel. Todo este material macabro resultó así esparcido por diferentes rincones del enorme edificio de la Escuela de Guerra (muy cerca de la Plaza Mayor), siendo descubierto poco después por la policía. En todo este proceso tuvo un importante protagonismo un hijo de la víctima, que, de regreso de un viaje, descubrió que el padre no estaba en la casa ni apareció después, procediendo a denunciar su desaparición.

El desenlace del turbio suceso -con el trágico fin de la ejecución del militar- produjo un zarandeo sensacionalista en la opinión pública de toda España (estimulada por la prensa, tenaz en sus torrenciales “informaciones”) que siguió el caso con una malsana curiosidad y con el acostumbrado morbo. Manuel Sánchez López había nacido en La Coruña en 1870, y había llevado desde muy joven una vida sombría que le acompañaría también en el ejército, a pesar de su “heroica” actuación en la guerra de Cuba.

Fue la suya una existencia absurda y torpe que se iba a interrumpir definitivamente aquel día del mes de noviembre en un cuartel de Carabanchel, donde se iba a llegar al punto y final con el cumplimiento de la sentencia emanada del juicio sumarísimo de la implacable Justicia Militar. Sin embargo, el condenado no dejó de proclamar hasta el final su inocencia para, una vez aceptó que no le valdría de nada, intentar que le concedieran el poder mandar él mismo el pelotón que lo iba a ejecutar, solicitud que también le fue denegada. Por su parte, María Luisa Sánchez (para siempre “la hija del capitán Sánchez”), con una vida no menos triste y patética que la de su progenitor, fue conducida a la cárcel de mujeres de Alcalá de Henares, donde moriría loca en el hospital de dicha prisión, pasados unos años, en 1925.

Puede que su propia locura le impidiera revivir un pasado en el que pocos códigos morales había dejado de sobrepasar, como, por ejemplo, los infanticidios, indeterminados en número, que ya se habían producido en la misma casa “familiar”, abortos incestuosos que padre e hija, habían hecho desaparecer por el mismo conducto utilizado con los restos de García Jalón: los retretes de la Escuela de Guerra…

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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