Crónica negra

El asesinato de la ‘Virgen Roja’ (Hildegart)

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Hildegart

En los meses transcurridos entre el crimen y el juicio a su ejecutora, se podría afirmar sin demasiada hipérbole que todo el país siguió apasionadamente las sesiones previas a la condena de la asesina. Y es que víctima y matadora no eran, precisamente, similares a otros casos en los anales del crimen. Excepcionales ambas (en cualquier sentido: también en el perverso), nunca un amor materno-filial había desembocado en aquel parricidio increíble. Nombre de la asesina: Aurora Rodríguez Carballeira. El de la hija y víctima: Carmen Rodríguez, conocida por su alias de Hildegart –“jardín de sabiduría”-.

La tragedia había tenido lugar en la madrugada del 9 de junio de 1933. La víctima, la joven Hildegart, moría a causa de los disparos de su propia madre efectuados mientras dormía. Debido a la enorme popularidad y nombradía de la víctima, el crimen sorprendió a todo el mundo ya que, aparentemente, madre e hija eran uña y carne. De hecho, en uno de sus últimos libros publicados, Venus ante el Derecho, la asesinada había plasmado, al frente de dicho volumen las siguientes palabras: “Dedicatoria: A mi madre, compañera insustituible en los éxitos y en los fracasos, colaboradora con su comprensión y su aliento en la obra toda de mi vida, como un modesto pero sincero recuerdo de LA AUTORA”.

Hildegart, una autoridad en el mundo de la política

El terrible suceso tuvo lugar en el ático que habitaban madre e hija en la madrileña calle de Galileo. A sus diecinueve años, Hildegart era ya toda una autoridad en el mundo de la política y de la sexualidad, destacando no sólo como escritora (con trece obras publicadas y otras en espera, más decenas de artículos) y como dirigente política afiliada a diferentes partidos políticos (militaría en más de uno ya que ninguno de los existentes se adaptaba a su constante evolución ideológica): en realidad era, como su seudónimo, un verdadero “jardín de sabiduría”.

De una precocidad insultante, ya entre 1924 y 1928 (había nacido en Madrid en 1914) empezó a firmar colaboraciones en la prensa, en su última etapa citada, en una revista de temática tan minoritaria como Sexualidad para, a partir de ahí, iniciar su nueva vida como activista política, hasta el instante mismo de su asesinato. A través del libro, de la prensa y de las conferencias y mítines, Carmen Rodríguez logró hacerse notar y ser conocida en toda España (que se recorrió como abanderada de la buena nueva de la liberación de la mujer), con ramificaciones en el extranjero -hablaba perfectamente cuatro idiomas-, siendo muy admirada, por ejemplo, por personajes tan universalmente conocidos como el sexólogo inglés Havelock Ellis quien, conmovido y admirado por la precocidad e inteligencia de la activista española, escribió en su honor su libro The Red Virgin (La Virgen roja), que ella misma presentó ante el público (incluida su madre) prácticamente horas antes de que ésta la matara. También estaba en imprenta el que sería su artículo póstumo, y que aparecería después en el número de noviembre de otra revista especializada, Sexus, con el título de “Historia del movimiento internacional y español de Reforma Sexual“.

Como en el viejo mito de Pigmalión, la moldeadora -y no sólo por haberla parido- de esta muchacha excepcional fue su madre, que la engendró en un acto frío y sin amor -de forma mecánica- con la idea deliberada de crear a la mujer perfecta que liberara a las demás mujeres de la servidumbre secular que habían padecido respecto al hombre, aunque sin olvidar a esa otra parte de la sociedad igualmente humillada: el proletariado. Todo se iba desarrollando conforme a los deseos de la madre hasta que, algunos obstáculos imprevistos le descubrieron que su hija, desgraciadamente para ella, era humana y en vías de ser la dueña de sus propios actos. Aurora Rodríguez vio cómo un día, Hildegart había descubierto el amor. Y no solo eso, le comunicó a su madre su decisión de volar sola y, por ejemplo, viajar fuera de España sin su compañía, con un primer viaje a Londres de donde había sido llamada para participar en diversos actos y conferencias. Se trataba de dos decisiones propias de una joven ya dueña de su propia vida, y las dos cargadas de un enorme peligro para quien había, hasta ese momento, dirigido la mente y las decisiones de su hija de forma absoluta. A partir de ese “terremoto” producido en el hasta ese momento, rocoso tinglado programado por Aurora Rodríguez, ese sueño utópico vio la madre cómo se venía abajo y, ante su fracaso -sus presiones no dieron resultado- por alejarla de aquellas inesperadas servidumbres, decidió que, puesto que su hija era creación suya, ella tenía derecho de vida y muerte para con aquel producto salido, no sólo de su mismo cuerpo sino de sus manos, de su cerebro…

Y, sin el menor resquicio de temor o duda, aquella noche, acercándose a la cama donde dormía Carmen, disparó varias veces sobre el juvenil cuerpo, matándola en el acto, y pasando la joven, sin solución de continuidad, del sueño nocturno al sueño eterno. La noticia corrió como la pólvora, conmocionando extraordinariamente a la opinión pública. Tras ser expuesto su cadáver en el Círculo Federal (enésimo partido al que pertenecía en esos momentos), una chocante carroza fúnebre absolutamente blanca desfiló por el centro de Madrid camino del cementerio, congregando tras ella a una multitud silenciosa y apesadumbrada. Gentes anónimas, compañeros de partidos de izquierdas, y también personajes importantes, como el gran escritor y amigo de la víctima, Eduardo Barriobero y Herrán, que pondría toda la emoción en un apasionado discurso fúnebre en honor de la malograda joven intelectual.

Condenada, obviamente, a muchos años de cárcel, Aurora Rodríguez ingresó en la prisión de mujeres madrileña. Y hasta allí llegó un día un reportero para entrevistarla en su propia celda. No defraudó el personaje, y el periodista se llevó con él unas declaraciones tan patéticas (y tan duras) que evidenciaban el nulo arrepentimiento de la asesina respecto a su crimen (y, probablemente, la certeza de algún cortocircuito en su cerebro). Por el contrario, Aurora Rodríguez había repetido al reportero, sin pestañear, que “cumplió con su deber” y que, si resucitara su hija, volvería a matarla, ya que tenía que cumplir un misterioso e irrenunciable mandato. Odiada e incomprendida, de lo que no había duda era de la rara inteligencia de la condenada. Sus palabras demostraban una dolorosa impiedad para con la muerta:

“Eliminé a mi hija porque debía”

“Yo eliminé a mi hija, porque debía, sobreponiéndome a todo sentimentalismo bastardo. La acción no tiene más que dos polos: el de la sensibilidad -sexo, maternidad, amistad, caridad, odio, afinidades o antipatías- y el polo intelectual. Yo siempre he operado exclusivamente en torno a mi polo intelectual. Por eso estoy serena, sin las tribulaciones que engendra el error. (…) La madre de Hildegart murió el mismo día y a la misma hora que su hija. La que sobrevive es otra: es la presa Aurora Rodríguez, que no tiene miedo a ser un día la penada número tantos, porque ni teme, ni rehúye, ni le importa la justicia histórica de los hombres”.

El estallido bélico de 1936 dispersó a los presos y presas de las cárceles. Probablemente, también a Aurora Rodríguez Carballeira, de quien se pierde la pista durante muchos años, hasta que en algún momento de la posguerra llegó la noticia de su fallecimiento, lógicamente y bajo aquella censura dictatorial, ignorada con el más absoluto de los silencios de los medios. Al parecer, ese fallecimiento tuvo como escenario el manicomio de Ciempozuelos, cerca de Madrid, donde habitaba Aurora.

Aquí hay un dilema: quién prevalece sobre quién, la asesina sobre la asesinada, o viceversa, dada la extraordinaria personalidad de ambas (para el bien y para el mal). Porque, descrita ya la asesina -aquí siempre se habla de asesinos-, al hablar de la víctima nos faltaría espacio, dada la apretada biografía de la joven Carmen, a pesar de la brevedad de su existencia. Porque Carmen Rodríguez Carballeira (heredó los dos apellidos maternos), conocida en el mundo de la prensa y la literatura -también en los ambientes políticos- por su seudónimo de Hildegart, ya había destacado en las postrimerías de la monarquía, desembocando torrencialmente en la actividad creadora a partir del 14 de abril de 1931. Para entonces -y mucho más, después- sus libros salían a borbotones: El control de la natalidad, La rebeldía sexual de la juventud o Malthusianismo y Neomalthusianismo. Joven y rebelde, precisamente, al frente de la primera edición del primer título, plasmó esta dedicatoria: “Para los mozos de la FUE, valientes cadetes de la causa de la libertad, revolucionarios “de veras” de los que aspiran a destruirlo todo y llevan en sus manos y en su inteligencia los sillares sobre que cimentar el nuevo edificio”. Pero las publicaciones se sucedían, y enseguida otro manojo de títulos sorprendían a los lectores: Paternidad voluntaria, Perversiones sexuales (escrito por Havelock Ellis, pero traducido, anotado y con ilustraciones de la propia “Hildegart”) o Cómo se curan y cómo se evitan las enfermedades venéreas, continuación de otro título similar: Medios para evitar el embarazo. Obviamente, ya desde los títulos de sus libros, la provocación estaba servida pues Carmen sobrepasaba en audacia a muchos autores -y autoras- considerados progresistas o revolucionarios. Mucho más si no lo eran, como el ya famosísimo, a la sazón, el doctor Gregorio Marañón, que se confesó escandalizado por la agresividad dialéctica de Hildegart.

Pero Carmen Rodríguez no se limitaba a escribir sobre sexo y sociedad, sino que lo completaba con la acción directa, a través, por ejemplo, de la política, la literatura y el periodismo. La joven madrileña, antes de morir de manera tan odiosa era ya toda una veterana en el ejercicio de la polémica, dando conferencias siempre multitudinarias, o firmando en paralelo folletos y libros políticos a favor del proletariado, con títulos tan “solemnes” y doctrinales como ¿Se equivocó Marx? ¿Fracasa el socialismo? o Quo vadis, burguesía? Probablemente aquel crimen cercenó la posibilidad de que Hildegart viviera realmente aquellas audaces teorías que proclamaba, pero estaba marcada por el destino desde antes de nacer, cuando su posterior matadora, Aurora Rodríguez Carballeira se quedó preñada por un cura gallego, el mismo y el único que, según la fría Aurora, lograba reunir las cualidades físicas -¿e intelectuales?- con que hacer germinar en su vientre aquella futura vida casi artificial, creada en única noche de sexo.

Personajes apasionantes ambas, la literatura y el cine se han acercado en alguna ocasión a unas vidas inabarcables. Tan extrañas e insólitas como igual de verídicas. Muchos años después, un periodista que fue testigo del juicio, Eduardo de Guzmán, contó aquella tragedia en su libro Aurora de sangre. Y en el cine, un título de la transición sería, precisamente, Mi hija Hildegart, un film en el que la tragedia era vista desde el punto de vista de la asesina. Todo había concluido un día de mayo de 1934, cuando los jueces condenaron a la misma persona que había dado una vida de forma consciente, y que la había quitado, al parecer, igual de conscientemente. Nunca sabremos qué pasó por la mente de aquella mujer en los años de encierro, o en los de absurda libertad (si la tuvo), perdida en un país tan convulso como su cabeza, tras una cruentísima guerra civil.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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