Crónica negra

El crimen de Gádor o el sadismo de un curandero

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El crimen de Gádor

En el inconsciente colectivo habitan frases, expresiones o palabras, por sí solas, capaces de aterrorizar, o sumirnos en la angustia. Una de ellas, sobre todo para muchas generaciones infantiles, sería una figura absolutamente terrorífica: “el hombre del saco”. Puede que la primera en el ranquin, la segunda era otra definición no menos asustadora y normalmente unida a la primera: “el sacamantecas”.

Aunque perdidas ambas expresiones en la nebulosa de las etimologías o en los arcanos de orígenes difusos (casi medio siglo antes vivió otro sujeto que tal por tierras alavesas, adjudicándole los periódicos de entonces estas mismas definiciones), al menos, aquel verano de 1910, para todo el país, serían utilizadas hasta la saciedad porque, por desgracia, “el hombre del saco” y “el sacamantecas” volvieron a la actualidad, y, además, eran uno y el mismo: Francisco Leona, alias “el Barbero”.

La España de aquel tiempo era un país enfermo, porque muy enfermos –de todas las pandemias materiales y espirituales– estaban, así mismo, los españoles. La miseria, la ignorancia, el hambre y la incultura se aliaban para producir monstruos (aunque no solo entre el pueblo: mucha gente “principal”, incluso muy próximos a la corte, creían en esas aberraciones).

Aquel verano “tocaba” superstición sangrienta, y el malsano público no acabó decepcionado: todo lo contrario. La tuberculosis era, todavía, “la” enfermedad irreversible que diezmaba la población (aunque sus picos se situaran, legendariamente, en el siglo XIX). La tisis era condena casi segura de muerte con las excepciones habituales (ubicadas en las gentes con poder y dinero, como casi siempre). Aceptada esa fatalidad, la gente, obviamente, acudía a donde poder evitar a la de la guadaña. Por desidia o por desconfianza hacia los médicos y la medicina oficiales, algunos sorteaban aquella y apostaban por el curanderismo.

‘El barbero’, el cerebro del crimen de Gádor

Todas las comarcas o zonas del país, se diría que tenían “su” curandero, y el del pueblo almeriense de Gádor se llamaba Francisco Leona (unos setenta y cinco años), alias “el Barbero”. Y a él acudió un día un enfermo llamado Francisco Ortega, ya casi sesentón, conocido como “el Moruno”. El diagnóstico del primero fue impresionante incluso para el paciente: “(…) Que bebiese la sangre de un niño y después se untara el pecho con sus mantecas”.

Aunque, en realidad, “el Barbero” había llegado a esa estupidez criminal -aun en potencia- enviado por una especie de bruja menor de la zona, Agustina Rodríguez (al parecer, amante del propio Leona), y a ella se dirigió medio desquiciado el enfermo para que le ayudara en conseguir la espantosa “receta” que le había indicado el santero. Siempre en segundo plano, fue un hijo de Agustina, conocido como “el Tonto”, el que acompañó al “Barbero” en su búsqueda de la víctima propiciatoria.

No tuvieron que ir muy lejos porque en su camino se cruzó un niño de siete años, “rubio, saludable y simpático”, según lo describió un reportero, llamado Bernabé González Parra, hijo de unos humildes jornaleros que vivían en una cueva próxima. No lo dudaron mucho y, dejándolo inconsciente por un golpe en la cabeza, procedieron a meterlo en un saco y se dirigieron de inmediato al cortijo de San Patricio, donde vivía el “enfermo”.

“El Moruno” bebió la sangre del crío

La ceremonia, grotesca si no hubiera sido dantesca, se desarrolló muy rápido, de manera que, con ansia compulsiva de supervivencia, “el Moruno” bebió la sangre infantil que manaba de las heridas inferidas. Una vez saciado, y quizá apenado por aquella barbaridad, el pobre niño Bernabé fue matado a golpes para, a continuación,  proceder a extraerle lo que entonces la gente conocía como “las mantecas” (la grasa que envuelve el cuerpo), último de los consejos de Agustina para curar al tuberculoso.

Todo concluyó con el maltrecho cuerpo del niño -un guiñapo irreconocible- vuelto a meter en el saco y sacado de allí, hasta ser arrojado en cualquier rincón perdido de la zona.

Como estaba estipulado en el trato previo (era gente de palabra…), el curandero se embolsó 3.000 reales, no así “el Tonto”, al que se las birlaron algunos menos, más algún regalo prometido y tampoco hecho efectivo. Y fue precisamente “el Tonto” el que, quizás por ese engaño, lo contó todo a la Guardia Civil. Ahí empezó  el principio del fin para los responsables de aquella monstruosidad. El juicio se abrió en noviembre de 1911, y la ejecución de los culpables se llevó a cabo en septiembre de 1913 (excepto Leona, que había muerto antes en extrañas circunstancias en prisión, y “el Tonto”, que se salvó por su chivatazo).

A partir de ahí, y recordando el “crimen de Gádor”, se extenderían como una plaga las leyendas más horripilantes, los romances, y las “novelas vividas”, todo ello devorado por un público hambriento -y saciado con creces con aquel suceso- de morbosas emociones.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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