Crónica negra

El final de ‘Pasos Largos’

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Pasos Largos

“¡Ah!, ¿pero aún hay bandoleros en España?, puede que se haya preguntado más de uno al enterarse del abatimiento a tiros, el pasado día 18, de Pasos Largos. El famoso bandido ha sido tiroteado por la Guardia Civil en la Serranía de Ronda, en un enfrentamiento en los alrededores de Sierra Blanquilla, exactamente en el interior de una cueva que llaman por allí del Parmito. Ante la exigencia de que se rindiera, Pasos Largos, al parecer, respondió que prefería que lo mataran como habían hecho con Flores Arocha hacía poco. ¿Se habrá acabado, ahora de verdad, con esa leyenda, trufada por la realidad, de los bandoleros españoles?”

Así publicaba un periódico la noticia de la muerte de Pasos Largos, sin duda cansado el redactor de sucesos de insistir en el tema del “bandolerismo”. Sí, porque poco antes ya se hablaba del último bandido de la sierra (el abatido Flores Arocha), y, ahora, se veía que no.

Pasos Largos y el mundo del crimen

Pero ¿quién era Pasos Largos? En un principio -allá por el ocaso del siglo XIX-, uno más de los pobres soldaditos masacrados y enfermados en la guerra de Cuba de dónde regresaría tísico, y encontrándose a su vuelta con los restos de una familia diezmada por la miseria. Desde ese momento, para él, solo hubo soledad y retraimiento respecto a sus vecinos. Sin oficio ni beneficio, empezó como tantos otros, como cazador furtivo, y desde ahí, y por su conocimiento de la sierra, decidió elevar la apuesta en su deslizamiento hacia el mundo del crimen.

Y serían, precisamente, las apuestas las que harían de él, además, un secuestrador de personajes ricos de la zona para que “contribuyeran” a sostener su ludopatía. Pero nada es eterno, y un día alguien lo denuncia por sus andanzas cazadoras prohibidas. Encerrado por poco tiempo, cuando sale vuelve a las andadas para proseguir la única vida que conoce. Pero ahora está muy enfadado con el chivato que le hizo caer, y, obsesionado, solo tiene un pensamiento: vengarse. Y lo hace doblemente: en la persona del denunciante, pero también abatiendo al padre del mismo, a los que elimina fríamente.

Habían pasado dieciocho años y Juan Mingolla Gallardo (su verdadero nombre y apellidos), estamos en 1932, lograba recuperar una libertad más que soñada, tras permanecer en prisión quizás demasiado tiempo. No obstante, había tenido suerte ya que la condena, años atrás, lo había sido a perpetuidad, ahora rota por un indulto concedido por el gobierno. Y, ahora, libre, pero de nuevo sin oficio ni beneficio, volvía a las andadas con el consiguiente pánico de las gentes de la comarca.

“¡Sólo me tendréis muerto!”.

Conocida su “reaparición”, una patrulla de la guardia civil inició su búsqueda. La componían un sargento primero y dos guardias. Pero, además, formaba parte junto a los agentes, una excelente ayuda que atendía por “Tom Mix”, y que no era sino un espléndido perro lobo preparado para perseguir delincuentes. Y sería ese can “cinematográfico” el que daría con la cueva conocida como del Parmito, cuya única entrada estaba oculta por una gran piedra.

El perro se para, husmea y ladra sin cesar. Porque, en efecto, allí se encuentra Pasos Largos. El sargento le conmina a rendirse. Los ladridos del perro se confunden con los del sargento, que exige una y otra vez que se entregue. Al final, le llega la respuesta desde dentro: “¡Sólo me tendréis muerto!”.

No obstante, Juan Mingolla huye hacia el interior de su escondite, pero en su huida cae aparatosamente, hiriéndose en el rostro. Rabioso por esa herida, se vuelve y dispara contra los guardias, que le responden con igual virulencia (se intercambian más de medio centenar de disparos), acertando los guardias e hiriéndolo gravísimamente. Pero no tanto como para que, disimulando el terrible dolor, continúe disparando. Pero, al final, otro disparo le alcanza en el pecho. Lo último que cree ver Millonga es la figura, ya borrosa, del sargento Gil Ramírez, cuyo fusil todavía humea. Pasos Largos es en esos momentos casi un anciano (para la época) y ya no cumplirá los sesenta y dos.

Además, se va sin conocer que, ahora sí, él es el último bandido andaluz (aunque no es cierto ya que también vivaquea aún por allí el sobrino de Flores Arocha al que había intentado interviuvar la actriz Rosita Díaz). Pero la prensa quería dar la noticia de que no había más en ese mundo de la delincuencia asilvestrada y que Juan Mingolla era el último bandido de aquellos riscos. Expiró a las seis y media de la mañana del domingo 18 de marzo de 1934. (Todavía colgaba en los quioscos un número anterior del semanario Estampa con una entrevista exclusiva de un redactor enviado a Ronda para intentar -y lo consiguió- que Pasos Largos contara su vida a los lectores de la popular revista madrileña.)

Como a otros colegas en el mundo del bandidaje, a Pasos Largos no se le olvidó, estando presente en el imaginativo popular durante muchos años. Incluso en los años 80, el cine español presentó una película con su nombre y su historia, con un Tony Isbert en el papel de Juan, pero que -eran los nuevos tiempos- más que una de bandoleros típicamente españoles, resultaba un extraño western atípico y poco creíble.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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