Crónica negra

El huerto del Francés y los asesinatos de los ludópatas

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El Huerto del francés

En 1905 España pasaba hambre, y Andalucía no solo no era la excepción, sino que el problema general allí sobrepasaba lo sufrible. Se sucedían motines, saqueos de tahonas y tiendas de ultramarinos, se asaltaban cortijos y los asaltantes se llevaban las ovejas. Y, en medio de ese caos por la supervivencia, siempre estaba el odioso cacique, que solo daba trabajo aleatoriamente, únicamente a los desgraciados que prometían votarlos en las elecciones.

En este ambiente de abusos y rebeldías desesperadas no tenía más remedio que surgir el crimen, los criminales, y, claro, las víctimas (en muchas ocasiones para aplacar el hambre y alejar la miseria, en otras como espantables andrajos morales de los poderosos). Todos, al fin y al cabo, cogidos en la tela de araña de un país y una sociedad en quiebra.

Porque, en efecto, si unos delinquían por hambre y por necesidad, otros se deslizaban por la pendiente del crimen por la avaricia. A la sazón, y como durante muchos periodos en la historia reciente, en España el juego estaba prohibido, pero, sin embargo, muy practicado en la clandestinidad. Los ludópatas buscaban lugares e individuos que les facilitaran dar rienda suelta a su fatal dependencia. La necesidad crea el objeto, y éste, el juego a escondidas, hizo surgir a ciertos intermediarios.

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Lopera y Monmejá, dos tipos de cuidado

En aquella Sevilla de 1904, y en el pueblo de Peñaflor (cerca de Coria del Río), se sabía que había dos tipos de cuidado que atraían a los señoritos y caciques enriquecidos a las, por estos, buscadas timbas. Ellos se llamaban Juan Andrés Aldije Monmejá, propietario de un humilde huerto en el campo, y José Muñoz Lopera, digamos que el “cerebro” del macabro proyecto. Que no era otro que el de, una vez atraídos los jugadores al solitario lugar (y al margen que hubieran ganado o perdido la partida, ya que esta rara vez tenía lugar), acabar con ellos.

Hasta media docena de ilusos -al menos esos fueron los restos desenterrados- se dejaron embaucar por los dos compinches en el transcurso de un lustro. Uno a uno, los potenciales jugadores eran conducidos hasta el acogedor y bucólico huerto guiados desde la estación (muchos llegaban desde Sevilla u otros lugares) por el propio “Francés” (conocido por ese alias por haber vivido en Francia muchos años), que cedía el resto del “trabajo” a Muñoz Lopera, que, armado de una barra de hierro, la iba blandiendo contra los incautos invitados.

La historia y las crónicas no dicen si los confiados jugadores ganaron o perdieron (o, si tan siquiera llegaron a poder iniciar la partida), aunque lo que sí perdieron, sin remisión, fue nada menos que sus vidas a manos de tan inefables “anfitriones”. El siguiente paso, previo a los enterramientos, era el desplumarlos hasta la última moneda. Y, ya, para culminar el macabro guion, haciendo gala, además, de imaginación alguna, a veces presente en los criminales, se limitaron a cavar un poco en el huerto y ocultar –muy mal– los cuerpos de las sucesivas víctimas.

El huerto del Francés

Como en todo crimen, el detalle más vulgar acaba por descubrir todo el pastel. Y aquí ese detalle lo fue en forma de anónimo, recibido por los familiares de uno de los últimos desaparecidos que, siguiendo el chivatazo, lograron que se removiera el huerto -en esos momentos sin sus moradores- y fuesen apareciendo, tras el primero de los seis, el resto de los asesinados, todos ellos a causa de fuertes golpes propinados en la cabeza.

Descubiertos demasiado pronto para sus propios intereses y cálculos (ya habían empezado a despilfarrar algunas de las 30.000 pesetas que se calculó que habían robado a sus víctimas), el Francés y Muñoz Lopera fueron encarcelados a la espera de juicio -siempre la espera de juicio es eterna-, de manera que, en el interín, el Francés logró escapar, dicen las crónicas de la época, de forma rocambolesca y “cinematográfica” (estamos en 1904 y el cine empezaba a ser popular).

Tras darse un deseado paseo en libertad, no fue mucho más lejos porque la policía lo impidió, deteniendo de nuevo al Francés y colocado, otra vez, entre barrotes junto a su camarada de faena. Al final del mes de octubre de 1906, se cumplía la sentencia de muerte (por garrote vil) contra los dos amigos y coautores de aquella matanza del ya, en aquellos momentos y con proyección de prolongado futuro, tristemente famoso “huerto” sevillano.

Iberia 350
José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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