Crónica negra

Juan Rull, terrorista y confidente para Barcelona, “la ciudad de las bombas”

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Juan Rull y Queraltó

Muchas veces, nombres vulgares esconden individuos y personalidades singulares, sea esta singularidad positiva o, como en el caso de Juan Rull, absolutamente nefasta. Sobre todo, en una ciudad y un tiempo unidos en el infierno de las bombas y los atentados, como lo era, en los primeros años del siglo XX, la entonces convulsa ciudad de Barcelona, hasta el punto de ganarse la fama -mala fama- de la “ciudad de las bombas”. Inestabilidad e inseguridad criticadas ásperamente por la prensa y la opinión pública, y a las que las autoridades no acababan de poner coto. Pero siempre hay alguien que echa una mano… previo pago.

Ese alguien era una familia al completo, compuesta por un padre ex secretario del ayuntamiento de su pueblo, echado por corrupto, la esposa de éste y madre del principal protagonista, María Queraltó, y otro hermano llamado Hermenegildo, en este caso, especialista en bombas… fuese su trabajo desactivarlas o todo lo contrario.

Juan Rull, detenido

La primera noticia que se tiene de Juan Rull es su detención, en 1904, por haber puesto una bomba -que estalló- en unos entonces flamantes urinarios sitos en la Rambla de las Flores. Cumplido algo más de un año de prisión, al salir (el encierro le habría posibilitado pensar en su futuro) lo tenía claro. Serían la familia, y se ofrecerían como confidentes de unas autoridades sobrepasadas por la violencia social, poniéndose a disposición de aquellas como soplones anunciadores de futuros atentados programados por sus antiguos camaradas moviéndose en el entorno anarquista más radical de la capital catalana.

Pues bien, la cosa funcionó, y con los informes de la familia Rull pudieron evitarse algunas explosiones gracias al trabajo del clan que, según acuerdo previo entre “caballeros”, recibieron una sustanciosa paga por los servicios prestados por parte del Gobernador Civil.

En el momento –y en otros previos– de la detención de los miembros involucrados en el affaire, el ambiente de la ciudad era el de una absoluta impotencia del poder  frente a las diversas violencias desatadas, con el primer juicio a Ferrer, la próxima visita del rey, y la continua lucha revolucionaria. El resultado, más bombas y más violencia y, de vez en cuando, víctimas inocentes. Precisamente, con la excusa de la visita del rey a la ciudad, la presión se cebó, además de sobre los hipotéticos terroristas, con la libertad de prensa, que sufrió la censura, además de desplegar las autoridades muchos agentes que vigilaban los centros neurálgicos para intentar adelantarse a los terroristas.

Todo ello bajo el paraguas de una precipitada ley antiterrorista que afectaba a todos, lo que provocó grandes manifestaciones y la oposición frontal del mundo del periodismo. Resultaba comprensible que, en ese ambiente -arrastrado desde hacía muchos años, incluso en los últimos del siglo XIX, la oferta -y los trabajos sucios- del que fuera zapatero en sus inicios -Juan Rull- fueran recibidos como agua de mayo, como lo eran, en paralelo para los beneficiados, los sustanciosos emolumentos de las autoridades destinadas al inefable “benefactor”.

Exigir más dinero

Todo marchó bien, demasiado bien ya que Rull descubrió cómo una vez algo más pacificada la ciudad, la autoridad que los había contratado decidió cortar el grifo del dinero, al recibir informes de que su confidente se había deslizado hacia un tren de vida excesivo y desenfrenado, de manera que no solo empezaban a recibir amenazas por parte del exzapatero si no seguían cobrando, sino que exigían unas entregas de dinero más altas por sus informes. Pero ya el tiempo se había acabado, y algo nuevo ocurrido en la ciudad iba a ser el fin de la familia Rull.

Todo había empezado, se supone, cuando en un paréntesis de ausencia de atentados, y ante la amenaza de que dejaran de cobrar, alguno de los presentes daría con la idea luminosa: puesto que las bombas disminuían en las calles barcelonesas, ¿por qué no colocarlas ellos mismos, y así seguir cobrando? Y, sin tardanza, empezó la siembra de artefactos en las mismas Ramblas, en el Puerto o en el Mercado de San José como advertencia a la policía de que seguían siendo necesarios.

La cosa empezó a tomar mal cariz cuando, en algunas de las explosiones provocadas por Rull, empezó el goteo de víctimas: varios heridos en la Rambla de las Flores, una mujer lesionada en la del mercado, y dos más a raíz de otro artefacto oculto en Canaletas. La línea roja fue una víctima mortal en la Boquería. La policía, mosqueada, descubrió el macabro montaje y ahí empezó el principio del fin para la ejemplar “familia” y para su teórico principal, Juan Rull. Que, viviendo aún en la burbuja de la buena vida, se olvidó de sus orígenes, cuando era conocido popularmente como “el cojo de Sants”.

Sentencia de muerte

En medio de medidas draconianas con motivo de la anunciada visita de Alfonso XIII en marzo de 1908, pocos días después se celebraba el juicio y se dictaba sentencia contra Juan Rull y Queraltó, que sería de muerte para él, y de muchos años para la madre y el resto de los juzgados, indultados en el último momento. En la entonces flamante cárcel Modelo de Barcelona, se ajustició a Juan Rull con garrote vil.

Moría un hombre de una inteligencia brillante –para el mal–, quizás demasiado confiado en su buena suerte y en la estulticia y fracaso de las autoridades. Y que en sus últimos tiempos llegaría a alcanzar una popularidad extraordinaria que lograba provocar grandes manifestaciones, contra sus “trabajos” para el Gobernador Civil, culminadas aquel día de agosto de 1908, al concentrarse cientos de personas a las puertas de la prisión para recibir de inmediato la confirmación de “sentencia cumplida” y proceder, a partir de ese momento, en grandes muestras de satisfacción. Entre algunos de los curiosos circulaban unas tarjetas postales editadas a toda prisa con la imagen del ya ajusticiado.

El principio del fin de Juan Rull había empezado, sin saberlo, el día en el que Ayuntamiento y Diputación, desbordados por la inestabilidad crónica, cortaron por lo sano y, puestos a pagar a confidentes, cambiaron el dinero dado a aquellos por otros buenos cuartos gastados en contratar, nada menos, que a un inspector de Scotland Yard, Charles John Arrow, que inmediatamente se había puesto manos a la obra hasta dar con el clan y proceder a su detención. Muy popular en la ciudad, la gente lo bautizó con un simple apodo: “El detective”.

Las bombas siguieron explotando en Barcelona, y lo seguirían haciendo mucho tiempo después, pero ya no llevaban la firma de Juan Rull, que, encarcelado hasta el día del juicio, en los meses previos destacó, según la prensa barcelonesa, por escribir compulsivamente desde la cárcel, redactando hasta más de doscientas postales dirigidas a instituciones y personas del más variado pelaje. Sus últimos escritos lo fueron para alguien más próximo: su madre, María Queraltó, y su hermano Hermenegildo Rull. Al parecer, declinaron cualquier respuesta por parte de los destinatarios. Juan Rull y Queraltó murió a manos del verdugo el día 8 de agosto de 1908. Había nacido en 1881.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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