Crónica negraArte

Los Flores: hermanos y bandidos

0
Hermanos Flores bandidos

En realidad, los bandoleros o bandidos no nacen: se hacen. Y el que fuera humilde pastor Francisco Flores Arocha hasta aquel maldito día, no era sino un hombre amargado y reservado, y, según algunos, un muerto de hambre como tantos en aquellos años. Pero tras matar a cuatro personas en un enfrentamiento en un cortijo de Málaga, Flores Arocha se echó al monte huyendo de la justicia. Meses atrás, empeñado obsesivamente en la compra de una propiedad -que le negaba su dueño-, un día apareció por allí y disparó contra éste, un pariente llamado  Salvador Becerra, matándolo en el acto, y siguiendo su ronda de sangre en la mujer y los dos hijos, así mismo asesinados.

El colofón macabro fue que, una vez amontonados los cadáveres, Flores Arocha soltó unos cerdos de un inmediato cercado, que los devoraron. Después, huyó.  Y como mandaban los cánones en el mundo del bandolerismo, muy pronto tuvo su propia cuadrilla con la que inició una vida de peligrosas aventuras y hechos delictivos. Por aquellos años -primer lustro de los 30’- el bandolerismo andaluz ya casi era una leyenda superada, y las autoridades no estaban dispuestas a consentir la presencia de malhechores en el sur. De manera que el Gobierno de la República ordenó a la Guardia Civil que acabara con aquello rápidamente. Y, en efecto, tras varios enfrentamientos (con el resultado de un guardia muerto y varios heridos), los agentes acabaron con la vida de Francisco Flores Arocha. Tenía 35 años.

Pedro Flores monta otra banda

Pero no todos los que estaban en el fatal cortijo de la Fuenfría murieron, y entre los que se libraron de la masacre estaba un sobrino suyo, que acabó acompañándolo en su huida y convivió con él en la sierra. Cuando su tío fue abatido, aquel sobrino, Pedro Flores Cerrerías, no tardó mucho en formar otra banda que, por breve tiempo, también continuó con los desmanes habituales. No obstante, hay que insistir en que el tiempo del bandidaje había pasado, y el nuevo delincuente tuvo poco recorrido. Lo que no fue obstáculo para que, mientras llegaba el momento esperado de que cayera en manos de la Benemérita, los periódicos siguieran con interés aquella caza emocionante.

Este interés morboso era tanto que, aparte de los periódicos, que seguían las andanzas de Pedro Flores como si fuera un serial, a ese interés se sumó, en una decisión de márquetin adelantada a su tiempo, una productora cinematográfica -junto al popular semanario Estampa– que decidieron mandar hacia la sierra malagueña donde se buscaba al bandolero, como “enviada especial”, a una reportera insólita: la entonces popularísima actriz cinematográfica Rosita Díaz Gimeno. Iba, decía ella misma, a “hacerle una entrevista a Francisco Flores García” (y abatido éste, le servía su sobrino y heredero en los riscos de Ronda). Obviamente esas entrevistas no llegaron a producirse, pero sólo unos meses más tarde se iniciaba el rodaje de una película titulada Sierra de Ronda protagonizada por la actriz madrileña, y que se estrenaría ya en el año siguiente de 1934.

La gestación de aquella película coincidió con el protagonismo sucesivo de los dos bandoleros, y la audaz visita de Rosita al sur hizo que el periplo “periodístico” de la misma se convirtiera en una impagable publicidad para el film. Porque, allí estaban las fotos, la estrella de nuestro cine recorría la serranía rondeña en un lujoso automóvil, con chófer incluido, y un eficiente secretario, al parecer, un amigo francés que también hacía de fotógrafo, obligado a captar en poses imposibles entre la escarpada orografía del lugar, la imagen de la “star” en aquellos agrestes parajes… Cumplido su cometido, Rosita Díaz Gimeno regresó a Madrid para dar la primera vuelta de manivela de la futura cinta.

Y fue entonces, unas semanas más tarde, cuando la Guardia Civil daba fin a la vida (popularizada por aquel reportaje) del último bandido de la sierra (ahora se diría que, en efecto, el bandolerismo había concluido), aquel admirador de su tío -incluso quiso que lo conociesen como “el nuevo Arocha”- que, siguiendo la leyenda de tantos que le precedieron, también bajaba a su pueblo, Igualeja, para proveerse de alimentos y de balas. Y como así mismo sucedió en otros casos anteriores, fue en una de esas escapadas cuando se topó con los tricornios y con su propio fin. Porque, como tituló el diario La Voz ante estos sucesos, “lo de bandidos y guardias civiles es ya un puro anacronismo”.

Una nota anecdótica sobre la película Sierra de Ronda nos dice que la historia de aquel guion tenía poco que ver con la vida marginal de los dos bandidos reales, aunque sí que la publicidad -siguiendo el gran hallazgo de la “reportera” Rosita viajando por Igualeja- aprovecharía aquella para vender un inexistente paralelismo. Sería un título que no pasaría a las antologías del cine español, pero, al fin y al cabo, una más de bandoleros que, curiosamente, financió un aristócrata: Antonio Portago, un auténtico marqués famoso como playboy y muy rico que, si bien financió la película, introdujo en el contrato una cláusula por la que obligaba a contratarlo a él mismo como intérprete principal -junto a Rosita Dìaz-, obviamente, de bastante bajo nivel como tal. De cualquier forma, no deja de ser curioso el que, durante la preparación y rodaje de una película, se estuvieran produciendo unos hechos reales relacionados, aunque no idénticos.

Iberia Alexa
José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

    La fiesta a la que estamos invitados

    Entrada anterior

    4N: la llave de la Moncloa

    Siguiente entrada

    También te puede interesar

    Comentarios

    Los comentarios están cerrados.