Crónica negra

Un crimen en el cabaret

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Venus crimen Carmen Gimeno

No fue el primero (años atrás el escenario del Teatro Eslava se tiñó del rojo de la sangre de Luis Antón del Olmet, asesinado por Alfonso Vidal y Planas). Y a pesar de que entonces víctima y verdugo eran gente de letras, el motivo alegado para aquel crimen era, como en este caso, una mujer. Se repetía ahora, en este verano de 1935, un hecho sangriento con una víctima a manos de uno de los que componían el “respetable público”, como mínimo, un individuo cerril y embrutecido.

Todo ocurrió en la, en aquel momento, muy puritana y conservadora ciudad de Burgos, al inicio de un verano que se esperaba apacible. En la cartelera del Kursaal Novedades -un antiguo local en crisis, que se había apuntado a los espectáculos frívolos- se anunciaba la actuación de una estrella sensual y desinhibida llamada Carmen Gimeno Plasencia, en los carteles “La Venus de Valencia”.

Venus de Valencia

De una belleza muy del momento (rubia platino “femme fatale”), la artista, de veintitrés años, era conocida en los medios del mundo del espectáculo con ese mismo “modesto” sobrenombre de Venus de Valencia, sin duda lo de “Venus” por su aparición en carteles y revistas especializadas con poca o ninguna ropa (al fin y al cabo, como muchas compañeras del mundo del espectáculo, lanzadas a la sazón, a un primer destape anterior al producido durante la aún muy lejana Transición). Carmen Gimeno reunía en su persona motivos de peligro en potencia: muy hermosa, ausente la ropa, y la obligación de alternar.

Ello la igualaba con tantas otras pobres chicas –formando parte de un montón de nombres imposible de resaltar alguno sobre el modesto mundo de las candilejas– que se movían en un ambiente potencialmente peligroso, dada la nula educación y la ausencia de formas civilizadas de casi todos aquellos públicos perdidos en la España profunda y alejados del cosmopolitismo de las grandes ciudades.

El obligado, y aceptado alterne, muchas veces exigía a las que lo ejercían algo más que el descorche junto a las mesas de algunos espectadores, una proximidad inquietante para esos mismos asistentes, pero que ahí quedaba todo, aceptando la negativa de las chicas, pero no así en el caso de otros, que tomaban muy mal el que aquellas “fulanas” -eso eran para la mayoría- les negaran sus favores. Que fue el caso de un asistente a la función en el Kursaal Novedades aquella madrugada del mes de julio llamado Juan Arce Maestro, soltero, ganadero de 36 años.

No era la primera vez que asistía a la función ni era un desconocido absoluto para Carmen Gimeno ya que, al parecer, poco antes había intimado con él, puede que para quitárselo de encima. Pero Juan Arce interpretó que aquella aislada concesión anterior debía tener una continuación y, esa trágica madrugada, asistió al cabaret decidido a todo si ella seguía rechazándolo. En efecto, ella se negó rotundamente a tener nuevos encuentros y lo mandó a paseo. Incluso en el descanso de su actuación, decidió alternar con otro cliente, Esteban de la Fuente, aumentando así el ataque de celos del primero.

El resto de la función fue bien, y la taquilla excelente pues había mucha gente en el local. Fue entonces cuando se dejó ceñir, en un apasionado baile, por el citado Esteban de la Fuente, ignorando -quizás a propósito- la presencia de Juan Arce. Un desatado y beodo amante al que no pudo ver avanzar por la pista y acercarse a la pareja, que finalizaba en ese momento el baile.

El crimen

Carmen ya se había vuelto de para abandonar la pista, regalando al público la belleza de su espalda desnuda, cuando dos sonidos secos anunciaron que dos balas habían penetrado por aquella misma espalda, dos disparos efectuados por Juan Arce Maestro.

Sorprendidos todos, y antes de aceptar que la caída al suelo de la artista era producto de unos disparos, el resto de sus compañeros salieron en desbandada presas del pánico. Mientras, el matador, paralizado, no se movió de allí durante el tiempo suficiente para que el mismo público, reaccionando, lo retuviera hasta que llegó la policía evitando, además, el que volviera el arma contra sí mismo.

Y fue entonces cuando se descubrió otro cuerpo en el suelo: el de Esteban de la Fuente, al que también habían alcanzado otros disparos, tres en el caso del último. Tras ser retirados de la pista los dos cuerpos, creyéndolos muertos, no obstante fueron llevados a la Casa de Socorro donde los médicos certificaron la muerte de Carmen y las graves heridas de su acompañante, aunque al final éste se salvaría.

El crimen de Carmen Gimeno Plasencia (Venus de Valencia) no fue sino uno más -en su máxima gravedad- vividos y sufridos por la pobre -y entrañable- gente del teatro y el espectáculo, en una época en la que, aún, los artistas en general eran menospreciados y humillados, y no digamos si eran “ellas” y, mucho más, si formaban parte de actuaciones sicalípticas. Había, existía, un mundo bajo, peligroso y triste en el que se movían esas pobres muchachas que -muchas de ellas- terminaban prostituyéndose, disfrazando su prostitución de “arte” para unos públicos infames. Aunque ese arte fuese el del descorche en algún cabaret perdido. El injusto final estaba servido.

Otra mujer asesinada en Segovia

Un ejemplo -otro, y a los pocos días- tuvo lugar en la ciudad castellana de Segovia, donde otra mujer sería asesinada a navajazos en un local muy popular en la ciudad, conocido como Molino Rojo. Esta triste compañera y camarada de la Venus de Valencia se llamaba Pepita Elena, y solo como víctima de un crimen -con ella como víctima- saldría, por fin, en los “papeles” -y no en las páginas de espectáculos, sino en la de sucesos- cuando su sueño, probablemente compartido por tantas compañeras, habría sido el de protagonizar una plana en los periódicos y revistas como la que ocupaban otras artistas, ya triunfadoras.

Pero alguien le paró los pies, y la vida -como a Carmen Gimeno- otro digamos “novio” convertido, como su igual burgalés, en amo y señor de vidas ajenas, unas vidas baratas de pobres muchachas, malviviendo frente a hombres cerriles y salvajes, para los que las “artistas” eran, como mínimo, rameras que “tenían” que satisfacerlos.

El crimen de la Venus de Valencia dio mucho morbo para un público acostumbrado a las páginas negras de los periódicos, mucho más si la sangre pertenecía a la gente de la farándula, apartado cabarets. Y así, como “Sangre de Cabaret”, tituló su información un popular semanario, informando puntualmente del crimen y de la posterior condena de Juan Arce a 28 años de prisión y, así mismo, de la posterior clausura del cabaret burgalés Kursaal Novedades, acusado este y otros locales frívolos, de propiciar sucesos como el producido semanas antes.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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