Crónica negra

Un cura de poco fiar: Baldomero Sánchez

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Baldomero Sánchez gramática

Se vivía desde el 14 de abril de 1931 una ininterrumpida colisión entre la España clerical y tradicional (oficialmente vencida en las urnas), frente a una no menos anticlerical, alentada ésta última por el ambiente laico de la II República. Habían transcurrido cuatro años desde entonces, y en este de 1935 la cosa continuaba igual. Y, además de la evidencia de ambas conductas colisionando (con curas republicanos versus sacerdotes reaccionarios), muy a menudo saltaban a las páginas de los periódicos crímenes o atentados contra la moral por parte de ciertos  tonsurados. Aquel inicio del mes de julio, por ejemplo, todos los periódicos se hicieron eco del crimen del cura Baldomero Sánchez Fernández.

Adjunto a la madrileña Parroquia del Pilar, en la Guindalera -donde vivía con una hermana y un crío de ésta-, don Baldomero Sánchez hacía doblete y, tras decir misa, llevaba las cuentas de una viuda rica (en tiempo pasado), en un primer momento con el beneplácito de ella, pero, últimamente, con la desconfianza y las discusiones en alza ante los sablazos, ya sin disimulo, que le daba el cura a la infeliz. Que, ya sin disimulos y tras haberla arruinado, se negaba a seguir manteniendo la buena vida de su administrador. Que, aquel día de julio le había exigido la enésima entrega de dinero “para una emergencia”.

Pero ese día Polonia Agudo se plantó y le negó la entrega del efectivo, y fue entonces cuando empezó la trifulca, escuchada con la fatalidad de un dejá vu cotidiano por la criada desde la cocina. Hasta que Manuela Sanz -la espabilada muchacha- escuchó dos sonidos secos y otro que tradujo como de alguien que salía dando un portazo. Personada en el recibidor de la casa, descubrió en el suelo a su señora, ya moribunda -expiró de inmediato-, que aún balbuceó el nombre de don Baldomero, señalando la puerta del piso.

La huida de Baldomero Sánchez

Polonia Agudo Adrada (para su administrador y amante, “Conchita”) tenía 56 años, y su matador 53. El asesino huyó precipitadamente del lugar del crimen, y no paró hasta el pueblo de Barajas a casa de un amigo, donde se cambió de ropa -abandonando el traje talar y el sombrero de teja- y se viste de civil, huyendo a continuación sin rumbo fijo, pero llegando en su errabundo caminar cerca de Alcalá de Henares. Al parecer, iba en busca de un amigo para que le ayudase a esconderse, amigo con el que previamente ha hablado por teléfono en una conversación captada  por la policía, que ya tenía intervenido el teléfono del sacerdote y controladas todas sus llamadas.

Cuando regresa de nuevo a la capital, a la altura de la Ciudad Lineal ya le esperaba la Guardia Civil, que procede a su detención. En un primer interrogatorio admite la muerte de su administrada y amiga, pero -añade- como resultado de un accidente al ser ella, insiste, la que apuntó contra él, y en el forcejeo que siguió, el arma se disparó de forma fortuita y la mató. No obstante, en el juicio posterior, diversos testigos anulan esa versión, sobre todo la muy segura de lo que afirma, la criada Manuela Sanz, que responde que ella llegaría a ver bajar las escaleras, precipitadamente, al dueño de la sotana que aún vestía en su huida.

Polonia y Baldomero

Polonia y Baldomero Sánchez habían intimado -se habían conocido- doce años atrás, y lo que se inició como simplemente la elección de confesor por parte de Polonia, acabó en una relación económico-sentimental entre ambos. Entonces, todavía la viuda era propietaria de cinco fincas en Madrid (viviendas alquiladas) por las que percibía unas buenas rentas. Y fueron esas cuentas las que quiso que le llevara su hasta entonces confesor, que aceptó su nuevo rol, al parecer, sin poner demasiadas pegas.

No obstante su nuevo empleo, el sacerdote siguió siendo titular de su iglesia y presente y visible en su templo del Pilar, donde tenía su domicilio, una casa habitada, así mismo, por una hermana y un hijo de ésta (las malas lenguas, en el habitual lenguaje anticlerical, cambiaban el parentesco y la paternidad, por concubina ella, y él como padre de la criatura). En cuanto a su doble oficio de administrador-amante, el paso del tiempo acabaría por ir pudriendo aquella relación con la viuda -ya arruinada- hasta llegar a las manos… literalmente en el caso del siervo del Señor.

15 años de prisión

El juicio se celebró unos meses después con gran expectación, reproduciendo la prensa la transcripción de las preguntas del fiscal y las repuestas del acusado, que insistía en que la pistola era suya, pero que la guardaba Polonia para su propia seguridad, y que aquel día se había disparado accidentalmente. No lo creyeron, y Baldomero Sánchez Fernández, natural de Almería, fue condenado a 15 años de prisión, más cinco añadidos por otras ramificaciones del crimen. A partir de ahí, poco se sabe de su persona y de su estancia en la cárcel, probablemente, como ocurrió en tantos casos, al perderse su pista, con el estallido de la guerra, inmerso en la desbandada general de julio del año siguiente, que abrió las prisiones de forma general.

Pero hay un misterio -o no revelado ni confirmado- que hace de este caso algo diferente a tantos escándalos sacerdotales, siempre latentes y en aquellos años aireados sin censura, en el que se veían involucrados los más variopintos ministros del Señor. Y fue que, en los mismos periódicos que daban cuenta, a diario, del crimen y el posterior juicio de Baldomero Sánchez, en las páginas de anuncios, o en las de novedades editoriales, se promocionaban sendos libros, como mínimo originales, insólitos o raros, sin más.

Eran textos alrededor de la Gramática redactados en verso, y cuyo autor era… Baldomero Sánchez, presbítero, que, con estos dos volúmenes, se igualaba a aquel otro personaje que tuvo la paciencia de poner, en su caso, también, la Biblia en verso. Don Baldomero, en efecto, era el autor de dos obras didácticas profusamente anunciadas: La Gramática en un mes, y Ortografía de bolsillo en verso. Se vendían -y se promocionaban- como “novísimos métodos intuitivos” para divertirse con algo tan árido como las reglas gramaticales. Ambos títulos se vendían en librerías y en “Cartagena número 101, domicilio del autor”. Curiosamente, el lugar donde se levantaba la parroquia del Pilar… No obstante, algunos no relacionan ambos nombres, aunque haya un alto porcentaje de que, seguramente, se trataría de la misma persona. Que, en cuanto al Baldomero Sánchez autor, las ediciones de sus libros se extenderían incluso en la posguerra. Aunque del asesino, tras su sentencia y su ingreso en la cárcel, poco más se supo.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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