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Puede que uno de los prototipos de la “mujer moderna” de 1920 fuese la pintora María Gutiérrez Cueto (María Blanchard), desde luego no por su físico (era contrahecha) sino por su arte rompedor que le había hecho triunfar últimamente en España, aunque era fuera de aquí donde era más apreciado su arte cubista, donde había dado a conocer tres de sus últimos cuadros: Bodegón cubista, Naturaleza muerta y Bodegón con caja de cerillas.) Podía acompañarla María Lejárraga (María Martínez Sierra), a su manera, también una “mujer moderna“, aunque no circunscrita, como la anterior, al arte de la pintura y sí al de la literatura. Y, aún más precursora en lo moderno había sido, sin duda, Colombine. Más en su vida privada que en su obra, aunque en este último apartado acababa de publicar una documentada biografía de Larra, y que ya desde el título, Fígaro. (Revelaciones, Ella descubierta, Epistolario inédito), Carmen de Burgos entraba a saco en el personaje, con el apoyo en su aventura biográfica por su compañero entonces, Ramón Gómez de la Serna, que firmaba el Epílogo.

De gran acontecimiento se tildó la apertura, en la calle más castiza de España, “la c’Alcalá”, de uno de los primeros cabarets típicamente “parisinos” inaugurados en la capital de España (en Barcelona, como siempre, se habían adelantado un poquito antes). Maxim’s sería el nombre (por demás poco original…) del nuevo local, muy lujoso y magníficamente decorado, lo que contribuyó a que enseguida fuese uno de los lugares de moda de la ciudad. A lo que contribuyeron poderosamente, por cierto, la presencia de las luego muy buscadas “tanguistas” (y su derivación, las “mujeres-taxis” o taxi-girls, creadas para ser pisoteadas por los aprendices de bailarines). Completaba el exotismo del local la presencia de un impresionante portero negro, uniformado y galonado, que, situado a la entrada, daba la bienvenida a una exquisita clientela.

En un cine en crecimiento disparado a nivel mundial, en España las novedades cinematográficas de 1920 fueron, entre otras películas, Mefisto, con Lola París, seguida en importancia por Expiación, primera película dirigida por el luego prolífico José Buchs. La protagonista de esta última era María Comendador, y debería aparecer en todas las enciclopedias dedicadas al cine en España por la excepcionalidad de ser, además de una intérprete bastante apreciable, una casi desconocida escritora de guiones originales para la pantalla, hecho único entre las mujeres, no sólo entonces sino mucho después.

Películas y cines, estos últimos, ya eran tildados como peligrosos para esos seres inferiores llamados mujeres. En esa apreciación tópica que situaba en su lugar a las españolas, se publicó una circular de la Dirección General de Seguridad, que implantaba la separación de sexos entre los espectadores asistentes a las salas cinematográficas. Sin duda obsesionadas por la “oscuridad“ de los cines, las casposas autoridades decidieron cortar por lo sano. La orden no tenía desperdicio, ya que, además de absurda, era difícil de cumplir, en especial a la hora de “calcular“ los porcentajes de localidades reservadas a caballeros y señoras (45% y 55%, respectivamente). No habrá que apuntar que esto constituyó un filón para humoristas y editoriales de prensa en general. Parecía no haber pasado el tiempo, y otra vez, la mujer -y los niños, ¡cuidado!, unidos en una nueva prueba de la “minoría de edad“ compartida-, era discriminada sin más.

Acababa de finalizar en Leningrado y Moscú el II Congreso del Komintern, con la asistencia de delegados de 37 países. Sus conclusiones apuntaban a la necesidad de extender la idea comunista fuera de las fronteras del que fuera imperio zarista. Se adoptaron los “21 puntos” de Lenin, que obligaban al mimetismo de todos los partidos comunistas con el de la Unión Soviética. El comité ejecutivo lo presidió Zinoviev, y, al final, se animaba encarecidamente al enfrentamiento con la socialdemocracia. En el exterior, el régimen ruso acababa una guerra, la ruso-polaca, y, en otro lugar, obligaba a otros enemigos, estos de casa, a que embarcasen en Crimea: se trataba de los rusos blancos. Curiosamente, la ola del comunismo llegaba hasta los Estados Unidos, con numerosas huelgas desatadas desde hacía meses, inspiradas en la revolución rusa. No obstante, parecían remitir en ese otoño, entre otras razones, por haber conseguido los obreros yanquis con sus movilizaciones un novedoso seguro de paro.

En España se lloraba (literalmente: los poetas hasta compusieron sus responsos monetarios) por la retirada de la circulación de las monedas de 5 céntimos (la perra chica de cobre), y ocupando su vacío la prepotente de 10 céntimos (la perra gorda). Poca calderilla utilizaría el Duque de Alba, recién casado con la marquesa de San Vicente del Barco, y que fue captado en Inglaterra, donde pasaban ambos su luna de miel. Y ni lo uno ni lo otro, en el mundo del arte se inauguraba en Madrid el anual Salón de Otoño, con una copa de champán ofrecido a críticos, escritores y artistas por la Asociación de Pintores y Escultores, en el Palacio de Exposiciones del Retiro.

No moría, ni se eclipsaba, la España profunda -y negra, que dirían algunos-. Por aquellos días en la prensa ilustrada aparecían dos fotografías contiguas: el de una mujeruca humilde, con pañuelo en la cabeza y mirada triste, Demetria Lillo, y el de un hombre pulcramente vestido, un pescadero muy conocido del mercado de los Mostenses de Madrid, que había sido la víctima de la primera, que lo apuñaló hasta matarlo, según su justificación, “porque no dejaba de difamarme desde hacía mucho tiempo”.

En la convulsa Barcelona, al margen de atentados y asesinatos, las huelgas se encadenaban en los más variados oficios. Por ejemplo, paralizó la ciudad la de los carreteros, todavía imprescindibles (los vehículos de motor aún eran escasos) para la descarga y transporte de las mercancías que traían los barcos al puerto barcelonés, mercancías aparcadas y retenidas en los buques sitos en los muelles, por la huelga. Y desde puertos españoles, puede que no del de Barcelona, habían embarcado los pobres soldaditos de África, que acababan de tomar la ciudad de Xauen, unas tropas desmoralizadas a las órdenes del general Dámaso Berenguer. Las “operaciones” en Marruecos iban a más, y muy pronto se irían de las manos.

Al contrario de las últimas celebraciones del 12 de octubre de este siglo, en 1920, el Día de la Raza congregó una gran manifestación estudiantil de la Juventud Hispano-Americana. Precisamente, la concentración fue en la ahora también, “popular” Plaza de Colón, con una ofrenda de flores colocadas por los estudiantes a los pies de la estatua del almirante, y la exigencia de que “las dos razas hermanas se unan”, según el manifiesto leído para la ocasión.

La influencia norteamericana en el mundo del espectáculo no se limitaba al cine, aunque esta era la parte del león. También en el teatro, en las grandes revistas musicales, se producía esa llegada hasta nuestros escenarios. Un ejemplo: el gran estreno de “Nancy”, de Kreisler-Jacoby, que ponía en escena la compañía de la estrella mexicana, por entonces entre nosotros, Esperanza Iris. Con bastantes medios detrás que se apreciaba en el lujo de vestuario y decorados, el estreno constituyó una jornada de lujo y glamur la noche del estreno en el Teatro de la Zarzuela de Madrid.

El mundo de la publicidad espabilaba, y de los modestos y un tanto rústicos anuncios en la prensa hasta hacía poco, se estaba pasando a llamadas a toda página y con títulos ya de por sí irresistibles. Un ejemplo: “14 causas que causan la debilidad… al hombre”. Tras la enumeración de esas causas llegaba la solución, que se encontraba en una dirección y un teléfono: el de la clínica del Dr. Mateos, que prometía la curación incluso en los casos más desesperados…

José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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