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Aquella lejana primavera

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Sin ningún género de dudas y visto lo visto: aquella primavera de aquel “año 20” del siglo XX era, fue, mucho mejor que la misma del siglo XXI. Puede que volviendo la vista a aquella la echemos en falta, pero, al mismo tiempo, soñemos con que cuando esto acabe, la de ahora también sean unos nuevos, reconfortantes y lúdicos, “años locos”.

Aquellas semanas primaverales empezaban las carreras de caballos en el donostiarra hipódromo de Lasarte. Sin duda muy bien dotado, ya que el primer Premio de Primavera estaba dotado con, nada menos, que 60.000 pesetas.

Y si los diletantes acudían a las carreras de caballos, otros iban a Parisiana, el bucólico cabaret situado en los altos de la Moncloa que no cerraba por las noches. Casino, restaurante y sala de conciertos. A todo ello se sumaban, bien entrada la madrugada, las actuaciones de algunas cupletistas que ya habían actuado en sus salones o teatros. Como, por ejemplo, Salud Ruiz, que estrenaba ante la golfería noctámbula del local su último tema: el cuplé “Muñeca de amor”.

También tenía que ver con las tablas (y mucho) Pedro Muñoz Seca, un estajanovista de los escenarios que por aquellos días estrenaba, simultáneamente, cuatro obras o sainetes en diferentes teatros. El autor de “La venganza de don Mendo” disfrutaba con los palos que le daban, tanto la crítica como algunos colegas, que equiparaban negativamente la abundancia de estrenos con su calidad. Todo esto le traía al fresco porque, al final, era el que ganaba más pasta.

Incansable dramaturgo el anterior, otro artista, este del pincel, tampoco se salvaba de los alfilerazos, a pesar de vivir y trabajar fuera de España, pero al que, sin embargo, ya se le seguía desde aquí con una doble mezcla imposible de alabanzas, por ser español y triunfador en aquel París, pero al mismo tiempo, zarandeado por sus “audacias” pictóricas, intragables para el academicismo rampante. En esta ocasión las crónicas se referían a Picasso con motivo de la exposición del malagueño en la Galería Rozemberg. En una reseña publicada en el semanario “Nuevo Mundo”, los palos no fueron pocos para con el pintor, aunque el mismo crítico, no sin cierta incredulidad para con sus propias palabras, apostaba porque “los diccionarios futuros considerarán a Picasso como el más grande artista de nuestro nuevo renacimiento”.

Moría en Madrid Mariano de Cavia y Lac. Escritor y crítico, firmaba sus crónicas periodísticas como Sobaquillo y Un chico del Instituto. Había nacido en Zaragoza, y entre las cabeceras que contaron con su firma estaban Madrid Crema, Tela Cortada o El Motín. Tela Cortada fue un periódico cuyo título se correspondía escrupulosamente con el de la realidad física de cada ejemplar pues, en efecto, cada número se presentaba, no impreso en papel de más o menos calidad, sino en “tela” -tejido- auténtica, una novedad llegada de Barcelona (ciudad donde se editaba) y que hizo furor. Subtitulado “periódico-pañuelo” -en realidad se iba a llamar El Moquero-, su lema era: “lo que fuere, sonará”. Colaborador y entusiasta de esta publicación fue, precisamente, Mariano de Cavia, que lo “vendía” así: “Es un semanario ilustrado que, además de ser un excelente periódico, será un excelente pañuelo de bolsillo”. Un Cavia, disparatado y polémico pero que, sin embargo, llegó a pertenecer a la Real Academia Española y a dar nombre a unos prestigiosos premios periodísticos. Pero antes fue un personaje excéntrico y contradictorio que tenía divida en dos su personalidad: la académica citada, más sus otras obras con pretensiones (escribió en plena lucidez un personalísimo Responso pagano, un canto a su propia muerte); frente a un cierto gamberrismo reporteril que encabezaba con sus inefables “Despachos del otro mundo”, unas interviús “en directo” con los muertos ilustres.

Dentro de unas novedades editoriales en plena explosión de libertad -o, para algunos, de libertinaje-, por entonces se publicaba en Barcelona una Biblioteca Secreta editada por Mario Alba, en la que destacaba un subtítulo de advertencia: “Solo para hombres y casadas”. Un par de títulos orientativos de la citada biblioteca: Vicios de París y El aguijón de la carne, de autor español la primera: Javier Bueno; y francés la segunda: Luis Forcheron. (Visto desde lo que vendría después, resulta que en la “ola verde” que empezaba entonces en cuanto a literatura sicalíptica, no tenían empacho en plasmar sus textos y su nombre, autores considerados serios y respetados, que no creían que fuese incompatible escribir un día un dramón a rebosar de moralina, y otro pergeñar unas narraciones ligeras y picarescas. Un ejemplo es el citado del gran periodista Javier Bueno, que quizás desde su ambiente madrileño “viajó” hasta la capital francesa para relatarnos a los españoles los inefables “vicios” parisinos.)

La posguerra europea había abierto la “caja de Pandora” de todas las revoluciones, no solo las políticas sino también las sociales y de costumbres. Y, esto era novedad también, imparables venían empujando ellas, las mujeres, liberadas no solo de una moda incómoda anterior, que sustituían por la falda corta y el pelo “a lo garçon”, sino en cuanto a aspiraciones intelectuales y políticas. Un doble ejemplo -aleatorio- sería el de una escritora y comediógrafa, María Martínez Sierra, o el de una dirigente obrera, Dolores Ibárruri.

Aquel año de1920, el inquieto empresario y autor teatral, Gregorio Martínez Sierra, quedándosele pequeño el mundo del teatro, creó una editorial literaria:  Renacimiento. Como ocurriera con su faceta de impulsor del mejor teatro moderno, en la nueva editorial iban a figurar autores nacionales y extranjeros de la máxima valía. Claro, que, si el amor empieza por uno mismo, Gregorio “se autopublicó” un nuevo título en la senda feminista iniciada anteriormente, tras sus célebres Cartas a las mujeres de España. Escritas aquellas, realmente, como este nuevo título –La mujer moderna- por su esposa, María Lejárraga, el apócrifo creador seguiría, no obstante, firmando, imperturbable, tanto “sus” comedias dramáticas como “sus” novelas, dictadas como se sabe, por la prudente María Lejárraga.

En cuanto a Dolores Ibárruri, era hija de una modesta familia de mineros que vivió y creció en el ambiente socialista del Somorrostro bilbaíno para, en este año (tras casi tres de militancia en el PSOE), ingresar en la facción desgajada del Partido Socialista que daría origen al nacimiento del Partido Comunista. Empleada en el servicio doméstico (las denostadas “criadas” de entonces) y hermana de once churumbeles más, contraería matrimonio con un camarada minero cercano a su familia. La después conocida como Pasionaria, nada más ingresar en el nuevo partido obrero marxista, lo hizo ocupando ya un cargo de relieve: el de miembro del Comité Provincial de Vizcaya. Era el inicio de una trayectoria imparable y sorprendente que le llevaría a convertirse en un nombre legendario.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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