Cultura

AQVA baña Castilla y León de arte

0
AQVA baña Castilla y León de arte 1

Abajo, en la vega, discurre plácido y calmo el gran padre Duero, el río que articula la geografía castellanoleonesa, recorriéndola de este a oeste y dando vida y carácter a sus tierras y gentes, regando sus vegas y dando color y sabor a sus viñas y campos. Y estos meses, además, protagonizando o siendo el compañero inseparable de la nueva edición –la XXI– de las ya tradicionales exposiciones del ciclo organizado por la Fundación Las Edades del Hombre, que este año permanecerá abierta hasta otoño en la localidad zamorana de Toro.

AQVA, palabra latina que, evidentemente, significa agua, pretende acercar al público más de 140 piezas del rico patrimonio castellanoleonés que atesoran las 11 diócesis de la Comunidad. Todas ellas enmarcadas en un relato que nos acerca a los diferentes episodios en los que el agua tiene un papel determinante en la historia sagrada. Así, a través de seis capítulos que se despliegan en dos sedes diferentes, la exposición nos presenta, después de una introducción en la que se plasman las diferentes visiones que sobre el agua han propiciado los artistas, los momentos de la creación, el diluvio o la historia de Moisés pertenecientes al Antiguo Testamento.

San Juan Bautista de Luis Salvador Carmona. Década de 1740. Iglesia parroquial de Estepa, Sevilla.

San Juan Bautista de Luis Salvador Carmona. Década de 1740. Iglesia parroquial de Estepa, Sevilla.

Después, la narración se detiene para presentarnos la figura de uno de los principales protagonistas de este relato, Juan El Bautista, auténtico puente entre el Viejo y el Nuevo Testamento y precursor del Mesías que centrará el relato del último capítulo que se desarrolla en la primera sede de la exposición, la colegiata de Santa María la Mayor de Toro. La segunda sede, la iglesia del Santo Sepulcro, alberga los dos postreros. El primero de ellos gira en torno a uno de los principales sacramentos católicos, el bautismo y el segundo está dedicado a los diferentes santos que por su profesión, por sus milagros o por su actividad sacramental han tenido relación con el agua.

La autoría de estas piezas es tan diversa como su propia procedencia. Desde obras maestras de artistas de gran reconocimiento popular como Zurbarán, Gregorio Fernández, Juan de Juni o Antonio López, hasta pequeñas creaciones anónimas que sorprenden por su singular e inocente belleza, llegadas desde catedrales y grandes museos o desde de pequeñas parroquias y cerradas clausuras. Algunas conocidas y otras que nunca habían abandonado los muros de sus emplazamientos originales. Obras en un magnifico estado de conservación junto a piezas a las que ha habido que someter a un minucioso y cuidadoso proceso de restauración.

Con estos mimbres, la nueva exposición de Las Edades del Hombre, AQVA, vuelve a convertirse en uno de los acontecimientos culturales más importantes de Castilla y León a lo largo del año. Y es que en los casi 30 que se llevan celebrando las muestras, han logrado varios objetivos. El principal es, sin duda, la puesta en valor y la conservación y restauración del rico y muchas veces olvidado, patrimonio que guardan las diferentes iglesias, conventos y monasterios de la región. Cuando hace años se lanzó el proyecto original que ha terminado convirtiéndose en el ciclo expositivo más visitado de la Comunidad, casi nadie creía que lo que por aquel entonces apenas si tenía más consideración que unos simples “santos de palo” pudiera convertirse en un fenómeno que interesara más allá de los muros de las clausuras y los altares de los templos. De las dificultades para encontrar financiación de aquellos aventureros encabezados por José Velicia se ha escrito mucho y bien a través de estas casi tres décadas. Sobre todo cuando hoy el proyecto está tan consolidado que apenas se imagina uno el panorama patrimonial castellanoleonés sin la presencia de Las Edades.

Pero no solo la puesta en valor de todo ese patrimonio olvidado ha sido uno de los grandes logros de esta experiencia. En sus primeros años fue una piedra importante de la construcción de una identidad colectiva. La geografía regional, tan asolada a lo largo de los años por procesos de emigración a las grandes ciudades, había dejado de tener una cohesión basada en el orgullo de un signo de identidad. Las diferentes muestras de Las Edades han ido construyendo una imagen común de la que sentirse orgullosos al reunir y descubrir tesoros que apenas habían sido valorados anteriormente. Al ver como el santo, el retablo, la virgen o el cristo del pueblo era solicitado por los responsables de la Fundación para una edición de esta exposición, crecía el orgullo de los vecinos por su riqueza artística, a la que por tanto se acercaban. Al ver cómo sus obras compartían espacio con otras bellas imágenes se sentían afortunados de poseer entre los muros de sus pequeñas iglesias algo de tal valor. Al visitar las exposiciones, compartían un sentimiento de comunidad con el resto de visitantes de otros puntos de la geografía castellanoleonesa. Bien es cierto que los comienzos fueron duros. El carácter de los habitantes del territorio, reservado y poco dado a fiarse, en ocasiones puso muchas trabas a esas cesiones para exponer una u otra obra. Hoy en cambio el panorama es bien distinto y casi es unánime el deseo de que el Cristo del pueblo esté presente en alguna edición.

Cristo resucitado de Antonio Tomé. Circa 1707-1708. Iglesia del Santo Sepulcro, Toro, Zamora.

Cristo resucitado de Antonio Tomé. Circa 1707-1708. Iglesia del Santo Sepulcro, Toro, Zamora.

Y claro, la iglesia ha cumplido también uno de los fines fundacionales del proyecto, el pastoral. No debemos olvidar que Las Edades del Hombre es una iniciativa impulsada por las 11 diócesis de Castilla y León y que ese detalle, el de rescatar el relato pastoral para el que fueron creadas esas imágenes de culto, el que tiene una doble vertiente: la del mensaje religioso y la del relato cultural. Durante siglos, el arte producido tenía un fin evangelizador. Cualquiera que pasara delante de una portada románica, contemplara un retablo renacentista o escuchara una música litúrgica entendía perfectamente las claves de la obra. Podía diferenciar qué santo correspondía a cada talla solo con ver sus atributos. Entendía cada episodio de un relato compuesto por imágenes que llegaron al siglo XX inconexas, faltas de las claves para ser interpretadas más que por un reducido grupo de especialistas en arte.

La novedosa idea original que se presentó en aquel Valladolid del año 88 era la posibilidad de volver a convertir en actores de una historia comprensible a todas aquellas piezas. Pero no solo se les volvía a dotar de significado, sino que quedaba patente que el tiempo ha dado a la humanidad herramientas para poder construir nuevos relatos paralelos y dotar a todas esas piezas de nuevos significantes que se tiñen de historia colectiva, de vivencias personales, de notas culturales o simplemente de placeres estéticos.

Como el agua del Duero que hace próspera la vega de Toro, la corriente de estas XXI ediciones de Las Edades ha ido fertilizando un campo cultural que permanecía en barbecho a la espera de una generación –la nuestra – que volviera a rescatarlo para sentirse orgullosa de un pasado común lleno de momentos históricos tan importantes como los que nos hacen llegar desde fuera los relatos cinematográficos o televisivos. Y también han sido el semillero donde ha comenzado a crecer una nueva generación de historiadores del arte, restauradores y profesionales de la cultura que valoran el arte no ya como un simple objeto de exposición, sino como un bien patrimonial y cultural objeto de difusión y herramienta de inclusión social. Si en muchas ocasiones hemos oído en las calles de la región, con motivo de sus procesiones aquello de un museo en la calle, Las Edades han conseguido volver a llenar de calle a espacios que, por desgracia, cada vez se encuentran más infrautilizados.

Por eso, la imagen que ilustra el cartel de esta edición toresana del ciclo expositivo, que representa una manos infantiles a las que llega un chorro de agua que las baña y que se abre para llegar a diferentes puntos, es tan acertada en esta ocasión. Una metáfora de la propia vivencia de la historia de estas últimas décadas que ha dado un nuevo significado a la palabra Comunidad y que ya empieza a preparar sus nuevos destinos en Cuellar, Aguilar de Campoo y Lerma para seguir mostrando qué y quienes somos.

Maqueta del paso de 'La sentencia' de Ramón Núñez Fernández. 1925. Zamora. FOTOS: Pako Morillo.

Maqueta del paso de ‘La sentencia’ de Ramón Núñez Fernández. 1925. Zamora. FOTOS: Pako Morillo.

Lo que quería Rita Maestre es ser pija

Entrada anterior

Aquiles, el hombre construye una metáfora actual de la guerra

Siguiente entrada

También te puede interesar

Comentarios

Dejar un comentario:

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más en Cultura