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Autores centenarios: desde Pastora Imperio hasta García Lorca

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autores la argentinita

Puede que mucho más que ahora, al inicio de aquella década, las canciones del momento (entonces los célebres cuplés) estaban pegados al momento, llegando de esta forma a ser los temas de los mismos, “a posteriori”, una gran fuente informativa para conocer mejor la cotidianidad de la nueva década. Por ejemplo, en aquellos primeros meses de 1920 Pastora Imperio popularizó un cuplé con un título un tanto tópico, La tierra de la gracia, y que, no obstante el peligro de folklorismo tópico, sin embargo, en su letra hablaba de un gran suceso, todavía palpitante: la revolución rusa de hacía apenas tres años, aunque algunas estrofas supusieran un absurdo, como era el término “fes de bautismo” en referencia a una unión entre una pareja der comunistas, y en la que se admitía que en la Rusia de Lenin ya se practicaba el amor libre:

Pasaba el domingo
sola por Triana
y al oírme un “mosito”
me dijo: serrana,
en cuanto “que” venga
el bolcheviquismo
usted y yo juntamos
las fes de bautismo.

Tras el final de la I Guerra Mundial en 1918, se había producido en España una especie de “explosión” de memorias literarias y de “confesiones” de autores en el candelero -también de figuras populares del espectáculo-, bien en primera persona, o a través de recopilaciones de entrevistas, en las que ágiles reporteros daban forma a las mismas, anteriormente publicadas casi siempre en la prensa. Nombres de las letras, la política o la tauromaquia exponían a la contemplación pública sus propias opiniones y recuerdos (algunos, sus miserias). Uno de esos volúmenes recopilatorios fue el titulado En la pendiente: los que suben y los que ruedan, ya desde el epígrafe bastante transparente. Su autor, José López Pinillos (conocido como Parmeno), y respetando el título, separaba a los que “subían”, a punto ya de alcanzar la gloria, y los que “rodaban” deslizándose sin freno hacia el abismo del fracaso y el olvido.

María Espinosa de los Monteros

Aunque aún pasaría más de una década para la emergencia de un feminismo radical y batallador, ya en este año había algunas figuras en vanguardia que iban abriendo camino. Tal era el caso de María Espinosa de los Monteros, que continuaba su ya iniciada cruzada laica contra la discriminación y humillación de la mujer española. Incansable articulista y dirigente social -además de empresaria, otra rareza-, también se involucraba en agitados mítines y conferencias, actividades que le facilitaban el contacto con un público al que transmitía, apasionadamente, su apuesta por la emancipación de las mujeres españolas. Por aquellos días, María Espinosa había pronunciado una de esas conferencias en un lugar tan serio, y en principio, tan reaccionario, como la Academia de Jurisprudencia en Madrid, bajo el título “Influencia del feminismo en la legislación contemporánea”. En tan misógino lugar fue desgranando el programa mínimo de la Asociación Nacional de Mujeres Españolas (la ANME), de la que había sido fundadora y que también dirigía. Entre otras reivindicaciones, la oradora desgranó las siguientes exigencias de su asociación:

-Considerar a la mujer elegible para cargos populares públicos.
-Los mismos derechos sobre los hijos que el padre.
-Personalidad jurídica completa para la mujer.
-Igualdad en la legislación sobre el adulterio.
-Castigo a la embriaguez y a los malos tratos a la mujer.
-Declarar obligatoria la enseñanza elemental de las criadas.
-Personal femenino en la inspección de Policía.  -Etc., etc.

Federico García Lorca

Todavía en el mes del Carnaval, pero ya con la vista puesta en el siguiente de marzo, un joven autor recién llegado a Madrid desde su Granada natal, llamado Federico García Lorca, lograba estrenar su primera obra. Su título, El maleficio de la mariposa. Como el futuro no está escrito (afortunadamente), hay que decir que aquél estreno en el Eslava madrileño fue un rotundo fracaso. Y eso que, como ayuda inestimable, y descontando que la protagonista era una deliciosa Catalina Bárcena, quiso participar en la aventura una artista ya consagrada (al menos como cupletista): Encarnación López, la Argentinita, que hizo una deliciosa “Mariposa” a través de una bellísima danza, que adelantaba ya la próxima deriva de la artista, de lo cantado a lo bailado. No obstante, aquél primer fracaso a dos, precisamente de esa primera colaboración cerrada con horas bajas, se soldaría con una amistad que ya nunca se rompería entre la artista y el poeta.

También hace un siglo se producían los habituales cotilleos alrededor de ciertos personajes, tan buscados como ahora por un público ávido. Las “redes” de entonces, los periódicos (en este caso las populares revistas ilustradas), divulgaban esos chismes, sobre todo lo relacionado con las artistas más conocidas. A la sazón se paseaba por España un personaje llamado Muley Affid. Como su nombre lo indicaba a las claras, este caballero era un moro “notable” (así eran llamados los marroquíes amigos de España, y/o importantes, en la jerga del momento), tan notable que había sido sultán de Marruecos tras destronar a su hermano, aunque a su vez sería obligado a abdicar en 1912. A partir de ahí, el ya ex monarca se tomó su defenestración con filosofía y se dedicó a soportar su desgracia con un exilio dorado en España, donde se dedicaba al sano ejercicio de perseguir cupletistas, especie singular por la que sentía auténtica debilidad. Una de sus preferidas era Carmen Flores, a la que seguía fielmente en sus desplazamientos por los teatros de toda España hasta que convivió con ella en la lujosa “torre” modernista que se hizo edificar en Barcelona.

En otro plano respecto a los citados anteriormente entre Lorca y la Argentinita, otras colegas del mismo oficio que la última preferían alternar asimismo con otros intelectuales y gentes de letras. Por ejemplo, Teresita Saavedra, que, a fuerza de acercarse al gremio literario acabó por aficionarse de tal modo a las “letras” que “obligó” a un entonces jovencísimo César González-Ruano para que “le” escribiese una novelita corta; y que, ya puesto, le concediera el capricho de firmarla ella. El entonces joven escritor dijo oui, y en una de las numerosísimas colecciones de novelitas breves existentes, apareció por fin “la” de Teresita. Al margen de este capricho, y ya en su verdadera profesión, Teresita Saavedra fue una adelantada a su tiempo, ya desde sus primeras actuaciones, introduciendo, en sus presentaciones, un aire nuevo y rompedor al decidir abandonar los aparatosos vestidos casi oficiales, de las cupletistas y enfundándose, por el contrario, elegantes fracs, chisteras al aire, y mallas ajustadas a su cuerpo. (Se dijo después que Teresita Saavedra había sido la primera artista en España en vestirse un frac masculino y su correspondiente chistera, al debutar en la revista El príncipe Carnaval.)

Lejos de los amores y amoríos de sus colegas femeninas (o de amores y amoríos “públicos”), el transformista -o “travesti”- Edmond de Bries (de verdadero nombre Asensio Marsal) triunfaba con sus fastuosas y habituales presentaciones ante el público,  compitiendo descaradamente, en cuanto a epatantes vestidos imposibles con las otras canzonetistas. Ahora, al iniciarse el año, tocaba repetir éxitos anteriores con su último estreno: el cuplé titulado La maja de los lunares, un tema montado sobre la ola de las “majas” que amenazaba con ahogar en majezas a las artistas triunfadoras, obligadas a interpretar el enésimo tema “goyesco”, en mala hora traídos desde el siglo XVIII por una compañera de oficio, Aurora Mañanós Jauffret (precisamente conocida como la Goya). Los transformistas no eran muy numerosos, aunque tampoco Marsal era el único. Y como sus colegas, él tampoco podía evitar ser aplaudido con calor por parte de sus incondicionales, pero también insultado por la otra mitad, doble reacción contrapuesta repetida al finalizar cada una de sus actuaciones. Conclusión del cuplé que invariablemente se producía mientras Edmondo de Bries se arrancaba la peluca y los vestidos femeninos y, dirigiéndose a los espectadores, decía muy serio con un vozarrón también nuevo: “Ruego al público que considere que mis movimientos anteriores deben considerarlos meramente artísticos”. De hecho, al parecer, en algún momento llegó a provocar grandes pasiones, como la sentida por una condesa, recientemente enviudada, que lo acosaba de tal manera que le regaló un exclusivo mantón de Manila y una capa de armiño, valorados ambos obsequios en unas veinte mil pesetas. No se sabe si esto “ablandó” el corazón del popular travestido.

En cuanto al resto del mundo, y en aquella ya incipiente primavera, obviamente sucedían algunas cosas. Por ejemplo, el polémico estreno en Berlín de una película llamada a perdurar: El gabinete del Dr. Caligari. Prácticamente el mismo día y hora, Adolph Hitler, su líder, presentaba en Munich su Partido Obrero Nacionalsocialista, con similar porvenir en el tiempo que el film de Robert Wiene, pero mucho más trágico. De nuevo en nuestro país, en Madrid se sucedían las huelgas y las manifestaciones, destacando entre estas últimas una masiva que protestaba por el disparado precio de los trenes españoles y su insoportable incomodidad, incompatibles el uno con la otra.

analytiks

La exposición de Emilio Gil, ‘Capas en el tiempo’, estará hasta el 25 de marzo en Cosentino City Madrid

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