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Don Tancredo y el ‘tancredismo’, el arte de convertirse en el hombre de hielo

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Don Tancredo

Tancredo López, más conocido como Don Tancredo, viajaba una vez por tierras aztecas cuando vio en un pueblo cómo un “manito” –se trataba de un pobre indio– se enfrentaba a un bicho con cuernos, sin engaño ni objetos que distrajeran al animal, e intentando mantener su cuerpo lo más quieto posible. Aunque no tanto como para que el astado no se diera cuenta y, corneándolo, acabara con el pobre hombre.

De vuelta a España en los albores del siglo, el señor López le dio muchas vueltas a lo que había visto y, nada más desembarcar, puso en práctica aquel ensayo del finado debidamente, o lo que es lo mismo: corregido y perfeccionado. Así que se vistió totalmente de blanco, se maquilló del mismo color rostro y manos, se subió en un taburete, cruzó los brazos, levantó la cabeza, provocador, contuvo la respiración y esperó…

El morlaco salió como una bala de cañón y sus bufidos aterrorizaron a un público boquiabierto que ya daba por muerto al artista. Pero he aquí que a un palmo de la “estatua”, el toro dio un gran frenazo, parándose en seco. El animal olisqueó un poco aquello y, tras alguna duda, acabó por alejarse. Había nacido Don Tancredo, y derivado de él, un nuevo adjetivo: el “tancredismo”. Nuestro hombre se mostraba peleón y seguro tras su éxito, apostando en plena euforia a que se enfrentaría “con un Palhas o un Miura de coraje, siempre -advertía muy serio- que no sean [estén] corridos”.

Don Tancredo, triunfos y miserias

Fueron años de triunfos y de ganar mucho dinero. Era valiente, sin duda, y, repetimos, los empresarios se lo rifaban. Pero ¿qué ocurre en España cuando a alguien le van bien las cosas? Que hay que joderlo. Y a Tancredo, se la tenían jurada. Fue en Sevilla y, como siempre, la plaza estaba entregada. De pronto, sale el toro. Tancredo, convertido en estatua desafiante (brazos cruzados, mentón arriba y mirada despectiva), ni parpadea a la espera del correspondiente parón del bicho. Pero éste no para y lo voltea. Se salva, pero una pierna ya no le servirá para nada.

Sus últimos años fueron de miseria absoluta, desde la cual se fue derecho a la tumba. (Luego se supo que, aquella tarde sevillana, unos desalmados se relamían de gusto por la broma que se iba a producir porque fueron ellos mismos los que, señoritos vagos y sin mejor qué hacer, previamente habían maleado al toro citándolo con sábanas albas y poniéndole enfrente un muñeco vestido como don Tancredo. Lógicamente, el animal fue ver lo mismo -aunque fuese un hombre, y no un pelele- y casi acaba con él.)

Doña Tancreda (Mercedes del Barte)

El fenómeno de Don Tancredo fue tan extraordinario, que aún hoy los más viejos, si no lo recuerdan de haberlo vivido, sí que oyeron a sus padres y abuelos referirse a este portento de la sangre fría y el valor. Ya se sabe, Tancredo López inventó el “hombre-estatua” frente a un toro recién salido de los toriles. Pues bien, muy pronto tuvo infinidad de imitadores… e imitadoras.

Entre las últimas, Mercedes del Barte. Esta francesa que vivía en España no lo iba a tener fácil por un doble motivo: por francesa, precisamente (¡con la fama que tenían entonces nuestras vecinas!) y por mujer, en un mundo –todavía colea en este siglo XXI– machista y “flamenco” (en el peor sentido de la palabra, según Noel) el que pulula alrededor de la “fiesta”.

Así que, tras unos intentos por actuar –la mayoría abortados–, las autoridades la obligaron a irse de aquí, regresando a su país donde, curiosamente, sí que pudo torear a sus anchas y ejecutar la versión femenina del “tancredismo”. Era parisina y contaba en 1901 unos 25 años de edad.

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