Arte

El salario del arte

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El salario del arte 1

Desde antiguo, el artista ha sido considerado por determinados estratos de la sociedad como un accesorio ornamental refractario al trabajo físico. Desde esta perspectiva, el genio, la intuición o la inspiración son los verdaderos artífices de la creación artística, que tiene su origen en una especie de espíritu non sancto que revolotea invisible por entre los individuos de una comunidad y de pronto, caprichosamente, decide posarse sobre el hombro de uno de ellos para dictarle al oído una oda magistral, o bien para susurrarle una melodía acompañada de todos los armónicos, o para proyectar en su cerebro la imagen de un lienzo grandioso, pleno de equilibrio cromático, belleza estética y capacidad de impresión emocional. En otras palabras: pareciera que el arte es algo que surge sin esfuerzo, como si la expresión de la creatividad pudiera transformarse materialmente en colores, sonidos o palabras sin un conocimiento previo de la manipulación de la materia en la que quedará plasmada la creación. Como si el papel o el bolígrafo, el pincel o el lienzo, el violín o la tuba, no fueran herramientas que deben manejarse con la misma o superior destreza con la que el labrador usa su azada para desprender el terrón que impide el paso al agua en el cauce cegado. Como si el tiempo invertido en caligrafiar quinientas páginas, cubrir de color una superficie del tamaño de la capilla Sixtina o escribir centenares de notas en una partitura, que luego equivaldrán a dos o tres segundos de sonata, fuera menos valioso que el que emplea un albañil en alinear los ladrillos necesarios para levantar una pared.

La torpe vanidad de algunos creadores no ha sido ajena a la extensión de la creencia de que el arte se hace sin esfuerzo: no bastaba con mostrar las calidades de la obra, sino que muchos deseaban que alabaran también su inteligencia. Así, ocultaban el esfuerzo de los bocetos desechados, de las rectificaciones o las correcciones, para dar a entender que ese poema neto que exponían a la atenta mirada de los otros había nacido tal cual, de un tirón y en el breve tiempo que se tardaba en recitarlo. Quedaba de esta forma ungido como un ser superior, una especie de sacerdote de las musas, que advenían a él para convertirlo en intermediario del espíritu que alumbra la ideación de una obra de arte.

Pero sucedió que la Reforma, primero, y los movimientos obreros nacidos a raíz de la Revolución Industrial, después, vinieron a dignificar el trabajo hasta el punto de convertirlo en uno de los principales valores de la sociedad occidental. Y mientras tanto, la creación artística, que merced a su espiritualidad estaba por encima –o por debajo– de todo esfuerzo físico, quedó desprestigiada en tanto que era ocupación de vagos, de personas que no ofrendaban su sudor a cambio de sus logros, de individuos ociosos que ocupaban sus horas sin provecho. Con el tiempo, el descrédito del creador fue acentuándose de forma paralela al crecimiento del prestigio de cualquier trabajo manual, y así hemos llegado a nuestro presente, en el que para muchos teóricos, y un número no menor de artistas contemporáneos, cualquier forma de laboriosidad humana da lugar a formas materiales o intelectuales, o lo que es lo mismo, cualquier trabajo realizado por el hombre da un fruto, de manera que un grifo o una silla pueden calificarse como artísticos con el mismo derecho que una poesía, una escultura o un cuadro. Quien así piensa parte de la base, innegable, de que el arte es un acto de invención, por lo que se apresura a aplicar el silogismo: “ergo, todo acto de invención es una obra de arte”.

Es evidente que el arte no surge de la nada. En cualquier obra más o menos conseguida, el creador, partiendo de una idea –una escultura ecuestre, por ejemplo–, ha tenido que plantearse una serie de problemas (la forma física de la estatua, el material con el que debe realizarse, la distribución del peso para el correcto equilibrio del bloque escultórico, etcétera), reflexionar sobre ellos y hallar las soluciones pertinentes. Una vez concluida esta primera fase, que puede durar unas pocas horas, unos cuantos días e incluso varios años (no es lo mismo una escultura modelada en arcilla que forjada en bronce, ni son iguales las complicaciones si la estatua mide treinta centímetros o treinta metros, y tampoco da igual que el caballo tenga las cuatro patas en el suelo o esté alzado de manos), el artista ha de ponerse el mono de trabajo para darle forma física a su ideación. Durante esta segunda fase surgirán nuevos problemas; unos, de índole estética –el diseño primigenio puede ser alterado una o varias veces en busca de belleza en la composición, de fuerza en la plasticidad del movimiento, de realismo en la expresión de la figura–; otros, de condición técnica –hay que reorganizar la distribución de pesos, porque la escultura se vence hacia uno de los lados; la fundición no es lo suficientemente grande como para poder hacer la estatua de una pieza–; otros, en fin, económicos –no llega el presupuesto para comprar la cantidad de bronce necesaria; el artista ha de postergar la obra mientras realiza un encargo menor, evidentemente nutricio– e incluso morales o políticos –tal vez el representado despierta antipatías en un sector de la sociedad, o la figura desnuda de una dama a caballo escandaliza a un número indeterminado de personas–. El artista ha de superarlos todos con su trabajo, su ingenio, su habilidad y su experiencia si quiere que su obra quede terminada tal y como él la diseñó, sin plegarse a los mandatos de unos, las recomendaciones de los otros y las admoniciones de los morigerados, y al cabo, después del esfuerzo, el talento, el tiempo, el dinero y la ilusión depositada en su trabajo, nos la muestra para que nosotros la despachemos con un sencillo “es fea”.

El escultor, decepcionado por la acogida de lo que él consideraba su obra maestra, languidece de olvidos y de críticas. El Ayuntamiento, que fue el que le encargó el trabajo, se demora en el pago porque hay escasez de fondos. Envuelto en deudas, escepticismos y pobreza, el artista se dejará llevar malgastando su talento en trabajos de tercera para poder pagar el alquiler, y luego se dejará vivir pintando rótulos en bares para poder comer. Finalmente, morirá alcoholizado y borracho de desgana, sin haber cobrado todo lo que el Consistorio le debía. La ciudad, más por cuestión de sanidad que de altruismo, le proporcionará un entierro de beneficencia en una fosa común.

Pero, evidentemente, aquella estatua de más de treinta metros de altura que tardó cerca de diez años en materializarse no estaba señalada a embellecer un jardín privado, sino que su destino es una plaza pública, a la que hermosea, dignifica y dota de personalidad. La obra queda expuesta para que quien quiera hacerlo –y aun quien no lo desee– pueda verla y disfrutarla de forma gratuita. Es un regalo para los habitantes de la ciudad, independientemente de que éstos quieran o sepan valorarlo. Y ciertamente hay muchos que no saben que en realidad se da la circunstancia de que la estatua ha marcado un hito en las artes plásticas, por su tamaño, su diseño, su materia; se trata, en suma, de un magnífico logro creativo que empieza a cobrar fama más allá de nuestras fronteras: críticos y analistas hablan de ella con entusiasmo, y estudiantes y curiosos de todas las partes del mundo se acercan a admirar, en persona, la creación de aquel mediocre escultor alcoholizado. De repente, el paseante que la veía con desprecio porque “es fea” empieza a sentir orgullo por “el armatoste”, que con el tiempo pasa a convertirse en el símbolo de la ciudad, en la imagen por la que la población es identificada incluso en lejanas aldeas del Asia Central. La obra de arte, que al principio fue mal aceptada y poco comprendida, ha pasado a formar parte del patrimonio de la humanidad, de la particularidad de la ciudad, del orgullo de sus ciudadanos. Por si fuera poco, se ha convertido en uno de los pilares económicos de la urbe, puesto que atrae turismo al mismo tiempo que a su alrededor se ha conformado una verdadera industria que vende carteles, miniaturas, llaveros, banderines… Miles de personas viven a costa de explotar la obra de arte que unos años atrás no sólo no proporcionó beneficio a su creador, sino que quebrantó su moral y su salud.

Tal vez haya quien piense que lo que se ha narrado aquí es una exageración; pero es, casi punto por punto, lo que le pasó a Calderón de la Barca, que siendo octogenario tenía que mendigar alimentos en la cocina de Palacio para poder comer todos los días; y lo que le ocurrió a Góngora, que incluso fue desahuciado de su casa porque no tenía ni para pagar el alquiler; y lo que aconteció a Cervantes, que no vio ni un real de los beneficios de las continuas ediciones de El Quijote porque la mayor parte de ellas eran publicaciones piratas, y tuvo que ser enterrado de caridad porque sus ahorros no alcanzaban ni para costearle las exequias. No son los únicos casos: Vivaldi y Mozart también fueron enterrados en una fosa común, y Beethoven se mudaba de edificio constantemente, siempre en busca de alquileres más baratos; Kafka vivió los últimos años de su vida gracias a la caridad de su hermana, que lo acogió en su casa, y Herman Melville, el autor de Moby Dick, tuvo que aceptar a una edad avanzada un empleo mal pagado en la aduana de Nueva York para poder subsistir; Emilio Salgari, deprimido por los problemas familiares, se suicidó sin llegar a comprender por qué sus editores se enriquecían, escamoteándole los beneficios de las ventas millonarias de sus novelas, mientras él no tenía dinero para hacer frente a las deudas; Caravaggio murió, enfermo de pobreza y de malaria, sobre la arena de una playa solitaria, sin otra compañía que el rumor de las olas, que acaso murmuraban los versos de Heine: “Quedaré tirado en una playa/ de aún no sé qué mar de desengaño”. De Van Gogh no hace falta decir nada.

Son sólo unos ejemplos, arrancados, sin más, a la memoria. Todos ellos contribuyeron a enaltecer el buen nombre del arte, y por lo tanto, de la humanidad; y si todos hubieran cobrado una mínima parte del dinero que han dado a ganar, serían millonarios.

Pero no lo fueron, y no lo serán tampoco sus homónimos contemporáneos, porque el común de la gente, que está dispuesto a pagar lo que le pidan por un coche, una mesa o una silla, no concibe que al artista se le deba remunerar por su labor. La inmensa mayoría piensa que el arte y la cultura son un derecho gratuito al que se tiene acceso en la calle o en la radio, en la biblioteca o en la televisión, y en último término por mediación de Internet o de las fotocopiadoras. Desacostumbrados a pagar a cambio de lo que no consideran un trabajo ajeno, sino un privilegio propio, están dispuestos a tratar al creador como a un esclavo, escamoteándole su beneficio y obligándole a malgastar su vida laborando para ellos a cambio, si acaso, de un póstumo reconocimiento que sólo será salva de aplausos. Tal vez no haya malicia, pero tampoco hay respeto: nadie le niega al peón su derecho a cobrar a cambio de su esfuerzo, y sin embargo se rechaza que el escritor o el músico tengan ese mismo derecho, condenándoles así a dedicarse a otras cosas para poder sobrevivir, o bien a llevar una vida indigna y llena de carencias. Es tanto el despotismo que ni siquiera se acepta una economía de trueque: el músico nos entrega sus canciones, y nosotros a cambio le damos los zapatos y la ropa que necesita, la casa que debe cobijarle, el alimento que pueda sustentarle e incluso la cerveza que alcance a reanimarle ayudada de un corro de amigos y una buena conversación. No es así: nosotros nos quedamos sus canciones, y a cambio le exigimos que pague su calzado y su vestido, su techo y su comida. Le robamos en vida su trabajo, y luego, una vez muerto, le robamos también el beneficio. Y si se alude al mal pasar al que nosotros mismos le obligamos, se despacha el asunto en una frase: “que no sea músico”.

Pues bien, que no sea músico. Que no sea escritor, escultor, ni cineasta. Que no haya quien a partir de mañana alegre nuestro oído, remanse nuestra vista o alimente nuestra reflexión. Que nadie se dedique a la escultura, y así que nadie haya capaz de restaurar mañana las estatuas enfermas por el tiempo. Que nadie se dedique a la música, para que nadie pueda volver a pulsar la emoción del violín para nosotros. Que nadie se dedique a la poesía, para que en un futuro no haya nadie capaz de buscar las vetas de belleza en la triste condición del ser humano. La evolución del mundo, al parecer, no alcanza todavía para evitarle el final de la fosa común a los creadores.

Enrique Gismero
Escritor y poeta

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