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El sueño de paz de la sociedad de naciones

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La revolución rusa había sido un aldabonazo extraordinario en la Europa de la Gran Guerra y, sobre todo, de la posguerra. Lo que no quería decir que el nuevo estado soviético estuviese ya asentado y firme: todo lo contrario. Precisamente por entonces se daba por finalizada una cruenta y no muy aireada guerra civil entre los restos del zarismo y los revolucionarios bolcheviques. Ayudados por británicos y franceses, los primeros tuvieron que ser evacuados por buques de esas dos nacionalidades en Sebastopol y zarpar desde el Mar Negro camino del éxodo. Lo que daría vía libre (con todas las cautelas) a la implantación real del comunismo en la vasta extensión de Rusia. Un nuevo país -ya sin los Romanof- en el que acababa de morir en Moscú un extranjero que había cantado las gestas de la revolución de Lenin en un libro mítico: Diez días que conmovieron al mundo. Era norteamericano y se llamaba John Reed. Su muerte le impidió asistir a cómo, ahora, el PCUS tenía vía libre para poner en marcha su flamante III Internacional con el objetivo de propagar, desde Rusia al mundo, su revolución roja.

Por otro lado, y como vacuna contra futuras guerras, acababa de entrar en vigor la existencia real de la Sociedad de [las] Naciones, nacida teóricamente en 1918 “como un programa de paz mundial”, al mismo tiempo, por cierto, que el Tratado de Versalles. Malograda en su fin último (la entonces flamante organización internacional fracasaría al no poder impedir otra guerra más devastadora en 1939), sin embargo, durante esos años entre una y otra conflagración, la humanidad soñó con que la paz era posible. Y puesto que en el horizonte parecía alejarse el fantasma de otra guerra, la gente empezó a desquitarse de las penurias bélicas (y sus herencias) y decidió lanzarse a toda clase de locuras. Por ejemplo, en el arte y las artes. La cosa empezaría en un país tan gris como Suiza, exactamente en Zurich, con el nacimiento del Mouvemente Dadá, ahora, en este año, trasplantado a París de la mano de Tristan Tzara, Francis Picabia y André Breton.

La posguerra europea lanzó hacia arriba el mundo de la publicidad, mejorando y dignificando los antiguos anuncios, hasta entonces apenas con resaltes tipográficos y que, ahora, primaban extraordinariamente lo gráfico. Además de tentar a los famosos del momento. Porque, entonces como después, las figuras populares “prestaban” su imagen para promocionar diversos productos, sobre todo en los relacionados con la belleza femenina (aunque no exclusivamente). Como fue el caso de, nada menos que un tenor y divo a nivel internacional que no dudó en exhibir su arrogante figura para aconsejar, incluso a través de un autógrafo de su puño y letra, el uso de unos conocidos perfumes de aquel momento: “Peel”. Al mismo tiempo, los establecimientos dedicados a ese mismo mundo de la perfumería vivían un momento excelente. Una marca aún existente, “Álvarez Gómez”, pagaba toda una página de la prestigiosa revista La Esfera para, a través de un publirreportaje, dar la noticia de la apertura de su más lujoso establecimiento, sito en el mejor lugar de Madrid: la calle de Sevilla.

No era publicidad (¿o sí?) la noticia, ilustrada con una fotografía a toda plana, de la estancia de la Reina Victoria Eugenia en Sevilla. Sin razón o motivo conocido para esa estancia, en el texto se daba por normal ese viaje, y no se anunciaba otro motivo para el mismo que el de visitar una ciudad que, se decía, amaba con locura la reina. En la fotografía tomada por Campúa de la soberana en la capital andaluza aparecía junto a dos de sus hijos: los infantes Juan y Jaime, apenas unos críos abrazados por la madre.

En el mundo del espectáculo, las figuras señeras del mismo vivían una fructífera “liaison” con los artistas del pincel, por ejemplo. Uno de los nombres más populares del momento en el teatro musical era una intérprete mexicana aclimatada entre nosotros: Esperanza Iris, que visitó en su residencia madrileña al pintor Joaquín Sorolla, que le haría uno de los retratos más conocidos del maestro valenciano. Arte interpretativo, y arte pictórico, respecto a este último (y también al escultórico y el resto de las artes), en la prensa española había un nombre indiscutible en cuanto a conocedor de ese mundo y, en consecuencia, un crítico muy respetado. A veces firmaba con su nombre, José Francés, y a veces con el seudónimo de “Silvio Lago”. No había exposición en la capital, ya fuera de arte más o menos tradicional o, por el contrario, de amagos de obras rupturistas que carecieran de los comentarios de don José, además de crítico de arte un buen novelista y pulcro narrador.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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