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James Salter, todo lo que escribes

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James Salter

“Toda la larga noche, el agua se deslizó veloz”. Hay novelas que comienzan magistralmente. Todo lo que hay, del estadounidense James Salter, es una de ellas. Espléndidamente traducida al español por Eduardo Jordá en 2014, esta obra maestra, escrita un año antes en el inglés imagino diamantino de un novelista que publicara su primer libro allá por el año 1956, comienza en realidad en sus preliminares, antes de que todo haya de ser, con un hermoso breve prefacio que nos habla de la necesidad de salvaguardarnos en cuanto escribimos:

“Llega un día en que adviertes que todo es un sueño, que sólo las cosas conservadas por escrito tienen alguna posibilidad de ser reales”.

Resulta impresionante adentrarse, adensarse, en el interior de una novela en la que pronto podemos leer esa clase de literatura que hace de la escritura un arte:

“Rayaba el día una pálida aurora del Pacífico sin verdadero horizonte y con la luz reunida sobre las nubes tempranas. El mar estaba desierto. El sol apareció despacio e inundó el agua tiñéndola de blanco”.

Una batalla naval, estamos en la Guerra del Pacífico, la fase definitiva de la Segunda Guerra Mundial. No es esta una novela bélica, pero ahí nos encontramos en las primeras vibrantes páginas de Todo lo que hay, cuando “todo estaba sucediendo a dos velocidades, la del estruendo y la desesperada urgencia de la acción, y una de ritmo menor, la del destino, unas motas sombrías que sorteaban los disparos del cielo”. El protagonista, Philip Bowman, está a punto de ser uno de aquellos héroes que tanto juego les dieron a los creadores estadounidenses el siglo pasado, algo en lo que no querrá detenerse antes de comenzar su vida, una vida plena, repleta de sinsabores pero sobre todo de las hazañas cotidianas de la vida que uno ama, “en la atmósfera de euforia que se impuso en los años posteriores a la guerra, cuando aún era necesario hallar un lugar propio”. Está Bowman a punto de ser uno de aquellos pequeños héroes, mientras los tripulantes del poderoso navío japonés Yamato escribían a sus madres:

 “Mi vida ha sido el regalo de tu amor”.

Todo lo que hay. De James Salter

Portada del libro ‘Todo lo que hay’, de James Salter

Y de pronto, todo cesa, el vértigo, la furia, la valentía y la decisión sobre la vida y la muerte ceden el paso a… la paz civil, las décadas estadounidenses en las que tiene lugar la esencia de la gran novela de James Salter. Porque en Todo lo que hay aparece el mundo de la edición (el de los editores de copa y puro, no el de los trabajadores de los textos escritos por otros) como “una actividad de caballeros, el origen de la serenidad y la elegancia que adornaban las librerías, del fresco aroma que desprendían las páginas recién impresas”. Un mundo esencialmente machista, el mundo de Philip Bowman y sus relaciones profesionales y personales y fundamentalmente amorosas, de sus fracasos y del éxtasis vivencial singularmente aceptado en el que sentir de vez en cuando “un arrebato de insensata felicidad”. Mientras, en el Pacífico “yacía la única parte temeraria de su vida”.

“Todos los días, todo aquello”.

Porque “cuando amas imaginas el futuro de acuerdo con tus sueños”. Y, a veces, al leer te rodeas de algo maravilloso, de un prodigio mágico. Bowman le dice en una ocasión a su única esposa, Vivian, hablándola de un cuento de Hemingway, que “cuando lo lees no parece una invención. Eso es lo asombroso: te lo crees por completo”. Vivian, que tenía “una cara magnética donde Dios había impreso la respuesta más sencilla ante la vida”.

Amor. También el amor por antonomasia: el amor, sin más. Ni más ni menos. El amor maternal, sin ir más lejos, el amor de Beatrice, su madre, por Bowman: “AMOR, EL HORNO AL QUE SE ARROJAN TODAS LAS COSAS”. Memorable. Lo dejo así, en caja alta. Mayúsculo, el amor. Como el de otro personaje, Eddins, que “había entregado todo su amor, sin ahorrarse nada”.

Pensando en Enid, una de las mujeres a las que amara, Bowman (para quien “la vida transcurría despacio pero con gran nitidez”) considera que “no se puede conocer a alguien todo el tiempo”. Bowman, que a sus 45 años “aparentaba llevarse muy bien con la vida”. Bowman, que “flotaba en el tiempo”.

“La inanidad de las cosas se elevaba como el sonido de un coro que convirtiese el cielo en un espacio más vasto y azul”.

Es esta una novela en la que una bandera (estadounidense) puede ondear, “invisible, en un mástil, como un signo de bondad y decencia”. Una novela en la que otra de las mujeres en la vida de Bowman, Christine, le ofrecía a nuestro protagonista “todo lo que él había querido ser, le había sido concedida como una bendición”. Pero también es una novela en la que su principal personaje, el apuesto y educado Philip Bowman, el inteligente y sincero Philip Bowman es capaz de mostrar, dado el momento, rencor escondido y venganza cruel e injusta, es capaz de aparecérsenos durante un instante como algo ignominioso.

“Nunca les des [a los hombres] lo mejor de ti, se acostumbran a tenerlo”: le dice una amiga a otra de las parejas del principal personaje de la novela, Katherine, a quien “le gustaba la autoridad masculina, sobre todo la de Bowman”. Mujeres y hombres del siglo XX estadounidense.

Dos lecciones sobre edición que podemos leer en Todo lo que hay. Una, la frase que dice que “los grandes editores no son siempre buenos lectores y de los buenos lectores rara vez sale un buen editor”. Y dos, lo que Bowman opina respecto de escribir dedicándote a la edición: que es imposible ser ambas cosas a la vez, escritor y editor.

Salter sabe empaparnos de aquellos momentos en los que, y le parafraseo encantado a continuación, el pasado parece yacer a nuestros pies y el tiempo quedar relegado al olvido.

Nuestro futuro es el de quienes han vivido antes que nosotros. “Ocurre lo que piensas que va a ocurrir”, repetía Beatrice, la madre de Philip Bowman. Con nosotros se va todo lo que hemos conocido y todo lo que hemos ignorado, todo cuanto ha existido. “La vida que iba a quedar al margen de todo juicio”.

Y Ann, con quien Philip irá a Venecia.

Despido la brillante y serena novela se James Salter con algo que escribí en algún sitio con motivo del placer que deparan la lectura y escuchar música, ambas maravillas puramente humanas:

Se desliza suavemente el tiempo entre las palabras de una novela de James Salter, esquía sobre todo cuanto hay, en el existir decidido y apesadumbrado, en el corriente recorrido de las almas y sus manos y sus cuellos y sus espaldas para el goce y el esfuerzo. Lees lo que dicen esas frases elásticamente detenidas en el lugar conveniente, posadas ahí por un impresor para ti, elegidas para ti, dispuestas una tras otra, en ese orden elemental, para tus ojos, tus sentimientos, tu cerebro de artísticas dimensiones, exacto y suficiente. Es imposible, innecesario, que sepas cuál ha sido el sortilegio que llevó todos aquellos párrafos desde su sencilla inexistencia hasta tu hambre lectora a través de la imaginación y el pulso de un escritor, desde el silencio de la nada hasta el silencio de tu mente dispuesta.

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José Luis Ibáñez Salas
José Luis Ibáñez Salas es historiador, editor y escritor. Autor de 'El franquismo', 'La transición'. '¿Qué eres España?' y 'La Historia: el relato del pasado', edita material didáctico en Santillana Educación y sus textos aparecen también en publicaciones digitales como 'Nueva Tribuna', 'Periodistas en Español', 'Narrativa Breve' o 'Moon Magazine'. Su blog se llama Insurrección (joseluisibanezsalas.blogspot.com) y dirige la revista digital Anatomía de la Historia (anatomiadelahistoria.com).

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