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Juegos Olímpicos de Amberes

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Si la Guerra Europea aún seguía presente en el espacio y el tiempo, a pesar de haber finalizado casi tres años antes, la Revolución Rusa no le iba a la zaga, aunque solo fuese porque la primera guerra continental, oficialmente, había concluido en 1918, y la revolución bolchevique persistía y amenazaba con extenderse fuera de las fronteras rusas. Aparte del contagio revolucionario en una Alemania convulsa tras la derrota bélica, era ya un hecho un segundo gobierno comunista en Europa: el de Hungría, siendo el país magyar uno de los primeros en sumarse a las ideas marxistas. En España, parece que ajena a todo esto, no lo era tanto. Porque, de forma continuada se publicaban artículos y crónicas sobre el tema, hay que decir que casi todos rechazando absolutamente el modelo soviético. Incluso se llamaba a los entendidos en el caso, como un misterioso autor ruso afincado en España, llamado Tasin, que acababa de publicar un ensayo titulado La dictadura del proletariado, una andanada contra Lenin y su gobierno, ya que, afirmaba, ni Marx ni Engels pensaron nunca en tal dictadura. Parte de los intelectuales españoles compraban esa crítica (por ejemplo, el crítico de Mundo Gráfico, Edmundo González Blanco), aunque al mismo tiempo, el mundo del proletariado no pensaba igual.

Claro, que, si se veía la experiencia soviética como una gravísima apuesta, en España era otra la jugada, peligrosa, muy peligrosa. Y un nombre llamado a convertirse en sinónimo de sangre y muerte: Marruecos. Estaba por llegar lo más grave en las operaciones que se llevaban a cabo allí, pero ya en el verano de este 1920 se producía un chispazo comprometido. Se trataba de la ocupación de Tafersit, un lugar estratégico para la seguridad de Melilla, que sería ocupado con victoria para las tropas españolas, por el general Silvestre, meses después desgraciado protagonista y víctima de una enorme tragedia para esas mismas tropas.

Otros temas menos deprimentes de aquel verano eran, allá por el norte (a la sazón, centro neurálgico de los veraneantes, coincidiendo con la presencia de la corte madrileña frente al Cantábrico), por ejemplo, la inauguración en Avilés, del nuevo Teatro Palacio Valdés, bautizado con el nombre de un hijo de la tierra, el popular novelista Armando Palacio Valdés. Ya muy mayor, sin embargo, el escritor asistió a la apertura de “su” teatro, siendo posteriormente agasajado por autoridades y lectores, a la manera española: con un banquete. El novelista aún vivía el éxito de uno de sus últimos títulos: El doctor Angélico, y estaba a punto de salir el primer tomo de sus memorias, La novela de un novelista.

El mes de agosto fue el elegido para dar carta de naturaleza a un flamante premio literario, convocado por ya entonces muy importante diario ABC. Su patrón, Torcuato Luca de Tena, instauraba un premio, importante desde su primera convocatoria, pero aún más proyectado hacia el futuro: nacía el Premio Mariano de Cavia. El nuevo galardón se otorgaba al mejor artículo periodístico publicado el año anterior en las páginas de cualquier rotativo del país. Era, por parte del gran patrón sevillano, de un noble rasgo ya que, además, el gran plumífero, recientemente fallecido, que daba nombre al premio, nunca publicó en las páginas, ni del ABC ni del Blanco y Negro, cabeceras de Luca de Tena. Crematísticamente, el premiado se embolsaría la, entonces, muy respetable cantidad de 5.000 pesetas.

Con esa necesidad vital de supervivencia, otro de los países vencidos de la guerra, Austria, celebraba su primer festival musical en la ciudad de Salzburgo, una idea antigua pero que solo ahora se había podido llevar a cabo. Creado a la mayor gloria de W. A. Mozart, en esta primera ocasión se ejecutó una pieza, Jedermann, con decorados extraordinarios de Max Reinhardt, lo que ya anunciaba que los futuros certámenes serían algo más que simples conciertos. Y no tardaría mucho tiempo de poder escucharse las notas del festival a través de la radio (el de Salzburgo sería uno de los primeros eventos radiados). La razón era ya la realidad de la TSH ya que, por aquellos mismos días, en la ciudad estadounidense de Detroit, tenía lugar la primera emisión de noticias radiofónicas, a través de la emisora local 8MK. Se abría, sin hipérbole, una nueva era.

Como lo era, ya desde unos pocos años antes, la “nueva era” del deporte a partir de la recuperación de las Olimpiadas de la antigüedad. En el meridiano de agosto se inauguraban las VII Olimpiadas de la Era Moderna, en esta ocasión en la ciudad belga de Amberes.  Tras ocho años sin poder celebrarse, ahora la nueva convocatoria llegaba un poco coja ya que eran excluidos de participar al menos tres de los países vencidos: Austria, Alemania y Hungría. No obstante, se trataría de una olimpiada singular ya que, por primera vez, ondearía en todas las pruebas la bandera de los cinco aros entrelazados (por los cinco continentes), y así mismo, se pronunciaría el juramento olímpico, a cargo, en esta ocasión, de un atleta del país anfitrión: Bélgica.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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