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Llegan los comunistas

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La Preciosilla artículo comunistas

Las enormes convulsiones políticas y sociales de aquellos meses y años a nivel mundial también llegaban a España, y sería en esa primavera de 1920 cuando los integrantes de la juventud socialista y otros radicales separados del PSOE, se integraban y daban nacimiento al nuevo Partido Comunista Español. Esa separación traumática se prolongaría en el tiempo en constantes desencuentros entre ambos partidos de izquierda. Aunque estas noticias (con una proyección cara al futuro importantísima) no obviaban otras más impactantes a nivel de las masas, como el luctuoso suceso del 16 de mayo, un día en el que el toro “Bailaor” empitonaba y mataba al popular torero José Gómez -“Gallito” o “Joselito”- en la plaza de toros de Talavera de la Reina. Medio país lloraría tan sensible pérdida para los aún masivos aficionados a las corridas de toros. (Días antes, el ahora fallecido había dado la alternativa a Ignacio Sánchez Mejías, otra carne de tragedia en los ruedos casi tres lustros después.)

El imparable mundo del cuplé vivía su época dorada, aunque en lontananza se vislumbraba el abismo de su declive. Entre los títulos más populares del momento (con sus así mismo famosas intérpretes) estaban, entre muchos otros, El sentir de los besos (Preciosilla), La maja de los lunares (Edmond de Bries) o Pobre chica (Amalia de Isaura).

Por ejemplo, la primera de esas intérpretes, Preciosilla, por los años de la Primera Guerra Europea ya se había codeado con las más rutilantes estrellas del momento, al menos en cuanto a excelentes honorarios. Su cachet era de ciento cincuenta pesetas por actuación. Dinero abundante que Manolita Tejedor (su verdadero nombre) “quemaba” de inmediato y convertía en epatantes colecciones de joyas, siendo conocida en los medios teatrales como “la reina de los brillantes”. Fue una mujer muy admirada que posaría para los mejores artistas como el pintor Eduardo Chicharro, que plasmó su belleza muy carnal en un hermoso cuadro destinado al Casino Militar de Madrid, y que se ubicaría en lugar preferente del mismo, por cierto, un club bastante misógino que, sin embargo, en este caso franqueó el paso a la fresca y bonita imagen de la cupletista, aunque fuese en pintura. Nacida en Calatayud, como la Dolores, Preciosilla murió millonaria en 1952. Popularizó otros muchos temas de nuevos cuplés, ya desde los títulos avisando de sus mensajes inmersos en la sicalipsis como Mis ojeras, ¡El amor y el vitriolo!, El pijama, La manicura ideal o Aún hay chulas.

  Aunque su influencia era importante, no solo las cupletistas imponían modas (y modos) a una sociedad convulsa por los cambios vertiginosos que había traído la posguerra europea. Por ejemplo, una mujer muy alejada de los salones sicalípticos ayudaba en el ya inevitable e imparable empuje de lo femenino. En este caso, esta mujer escribía y colaboraba en el prestigioso diario El Sol, en cuyas páginas aparecía la firma de Isabel Oyarzábal, bien es cierto que “escondida” tras el culto seudónimo de Beatriz Galindo. Al contrario que otras luchadoras feministas más centradas en la consecución de unos derechos políticos aún lejanos, Isabel Oyarzábal (o Isabel de Palencia) se atrevía con otros símbolos claros de esa lucha de las mujeres españolas, dando por hecho -aunque fuese a medio y largo plazo- la presencia ya de síntomas claros de una, imparable, liberación femenina. Isabel de Palencia utilizaba temas aparentemente frívolos para esa ofensiva, sin ir más lejos, el mundo de la moda. Un mundo éste que, después del infierno de la Gran Guerra, había irrumpido revolucionariamente, con unas primeras audacias que se iniciaron acortando las faldas femeninas, consiguiendo con ello un general enfado de todos los retrógrados del país de ambos sexos por este y otros atrevimientos. “De lo pecaminoso en la moda. La falda corta” se titulaba el esperado artículo de Beatriz Galindo en El Sol que anticipaba el verano. Y, para remachar su opinión en pro de la comodidad en el vestir, incluso iba más allá: “Nada hay más puro, más libre de toda sugestión torpe, que el desnudo; pero la aceptación de este hecho no podrá sobrevenir sino con la desaparición de la civilización mediana que hoy disfrutamos”. Poco después extendería su defensa de esa misma libertad de sus compatriotas, tras defender el uso de la falda corta, al aceptar también el lucimiento de generosos escotes. Según la cronista malagueña, con los escotes amplios mejoraría “la salud de la mujer, y la fortalecería espiritualmente, librando su alma de prejuicios absurdos y contraproducentes”.

 

Si hasta en España el feminismo se abría paso poco a poco, en otros lugares del mundo “ya había llegado”, aunque fuese en la letra de la ley. Por ejemplo, en los Estados Unidos, que por aquellos días dieron nacimiento a la XIX Enmienda por la que se permitía el voto a todos los ciudadanos norteamericanos “sin distinción de sexo”. De todo esto se hacían eco periódicos y revistas, tanto dirigidas o hechas por mujeres como el resto. Así, periódicos y revistas tan dispares como Helios, La Opinión, La Pluma, La Voz y El Fígaro. Además, por supuesto, de las opiniones presentes en las páginas de la gran prensa, como eran los semanarios de más tirada como La Esfera, Nuevo Mundo o Blanco y Negro. Y también en el cine, auténtica ventana de modas y modos nuevos llegados hasta nosotros a través del “star system” sobre todo americano, con nombres como Mary Pickford o el gordo Fatty. Un “lienzo de plata” (como se denominaba a la pantalla cinematográfica) en el que el espectador podía añadir a su película favorita, las imágenes informativas de los “noticiarios”, por ejemplo, en España uno de origen francés presente en casi todos los programas: el Eclair Journal.

 

Coincidiendo con los coletazos aún presentes de la “gripe española”, y con el recuerdo también latente de la Guerra Europea, y con una España a punto de embarcarse de nuevo en el avispero de Marruecos, sin embargo, para los españoles con posibles la oferta de diversiones y placeres varios era bastante amplia. Por ejemplo, se publicitaba un inefable viaje: “Una semana en París. Una semana en el campo de batalla”. Eran catorce días recorriendo trincheras y ruinas, eso sí, viajando en primera clase y hospedándose “en hoteles de lujo” de la capital francesa. Otra influencia de París entre nosotros, ésta más lúdica, era la novedad de algunos espectáculos con aroma del Sena, como la opereta “La duquesa del Bal Tabarin”, con la artista frívola de origen mexicano, Esperanza Iris, especialista en espectáculos muy bien vestidos y presentados. Se quería vivir un lujo importado, posible si acaso, por la presencia de nuevos ricos hechos con los turbios negocios que se habían hecho durante la guerra en Europa. En esta línea, los dos hoteles más lujosos de Madrid, el Ritz y el Palace, eran también escenarios de lo más “chic” donde se daban actuaciones glamurosas y exquisitas. El primero de ambos establecimientos se promocionaba como un lugar idóneo “para admirar elegancias”, mientras se podía comer, tomar el té o bailar. En cuanto al Palace, en su “music-hall” ofrecía proyecciones cinematográficas, además de exhibiciones de esgrima, gimnasia sueca y combates de boxeo. El broche final consistía en unos cuadros de revistas y algunos cuplés.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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