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Luis de Tapia Romero, el poeta marginal

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Luis de Tapia

Para más de una generación, este “coplero” genial era tan esperado por sus lectores —colaboraba en varios periódicos— como el café con leche del desayuno. Las “coplas” de don Luis de Tapia Romero eran el alimento cómico-espiritual de cada día; y sus venablos versificados quevedescos, aplaudidos y temidos al mismo tiempo. No obstante, y contando con que sus escritos llevaban una incontestable agresividad, apenas limada por la gracia y el humor, el hombre era, en realidad, un pedazo de pan. Aunque así mismo, y como buen satírico, fuera de sus desahogos era una persona pusilánime y absolutamente pesimista.

Luis de Tapia Romero, un heterodoxo

Había nacido en Madrid en 1871, y hasta el año 1937 (en el que moriría en Valencia), recorrió toda una vida volcada en la lírica epigramática, como un Quevedo del siglo XX. Muy pronto había abandonado la carrera de leyes por las letras (de no hacerlo hubiera sido un abogado más), y dentro de ellas, por la poesía satírica. Aunque, eso sí, siempre sería un poeta “marginal” en todos los sentidos, también en el de heterodoxo respecto a los popes de la fe versificadora.

Sus primeros huecos en la prensa se los hicieron en cabeceras desde luego no santas, como, entre otras, títulos legendarios de la prensa iconoclasta como El Evangelio, El Motín o La Zarpa. Empezó a destacar en la primera de las revistas citadas, en la que, a pesar del título, la religión allí era la zarandeada. Y él contribuyó a ello con su sección titulada “Salmos” -de nuevo con guasa e irreverencia-. (Por entonces, todavía firmaba con un seudónimo: “David”, igualmente bíblico…). Aquel periódico de título provocativamente clerical, tuvo su continuación después en El Nuevo Evangelio, desde donde ya sin disimulo, empezó a ejercer una literatura combativa y muy politizada, apuntando sus dardos más rotundos contra el maurismo.

Poco después daría al mundo (al de los primeros años del siglo XX) sus “Coplas”, rimas y versillos aparentemente fáciles donde se glosaba la actualidad de una forma muy crítica, siempre desde una ideología progresista. Al mismo tiempo, y para demostrar que era un periodista de raza, se marchó como corresponsal de El Imparcial a la gran carnicería de la Gran Guerra (1914-1918). De aquel viaje saldría poco después uno de sus escasos libros en prosa, titulado Un mes en París. Un día en Reims. Una hora en Madrid.

Mientras tanto no dejaban de salir libros nuevos con antologías y selección de sus versos publicados antes en los periódicos. Por ejemplo, el muy vendido titulado Bombones y caramelos, donde se ponía a caldo a los políticos conservadores que, previamente, habían aparecido en las páginas de España Nueva. Incapaz de estarse quieto, también intentó el teatro, y además, el teatro infantil. Gregorio Martínez Sierra, empresario valiente, le cedió el escenario del Eslava madrileño para estrenarle Matemos al lobo.

Inefables barbaridades en ‘La Libertad’

Repartidas sus colaboraciones por doquier, sin embargo, al fundarse el diario La Libertad, Luis de Tapia se apropió de un rincón de la primera página -que ya no abandonaría nunca- y desde allí, cada día, sus ripios llamaban la atención de los lectores con sus inefables barbaridades, unos lectores tan entregados e incondicionales que, a veces, compraban ese periódico solo por las coplillas y hasta, los más entusiastas, incluso se las aprendían de memoria.

Desde muy pronto el coplero satírico se había obsesionado con alancear sin respiro “el altar y el trono”, fijación que iría in crescendo, sin que en ningún momento ambas instituciones dejaran de ser los blancos favoritos de sus diatribas a rebosar de humor (los que hacía la crítica aún más dañina para sus destinatarios). Al tiempo que escribía para ese diario madrileño, por su cuenta y riesgo, fundaría una revista, ya desde el título positiva: Alegría que, como estaba mandado (los escritores están negados para los negocios), tuvo una vida corta, sin llegarle a darle demasiadas alegrías a su fundador.

Las cosas se le pusieron mal cuando, tras septiembre de 1923, el general Primo de Rivera dio su golpe de Estado e impuso la censura en los periódicos. Pero incluso con ese hándicap, mientras pudo, don Luis -así lo llamaban algunos- siguió copleando, aunque sólo hasta el momento en el que “don Miguel” se cansó y lo mandó a la cárcel. De poco sirvió el castigo ya que, a la salida, se integró en la sección de literatura del Ateneo de Madrid, exigiendo desde allí una libertad de expresión, inexistente fuera, y que el dictador también extendería al “altar” libre del Ateneo.

Los años de la dictadura

En esos años dictatoriales, un poco apartado por todos estos problemas del periodismo diario y batallador, se refugió en sus traducciones, sus conferencias y su experiencia, nueva, como dramaturgo, escribiendo alguna otra obra para los niños como la ya citada. Claro, que todo acaba, y acabó la dictadura y llegó la República, donde Luis de Tapia no solo estaba en su salsa, sino que su amor por el gorro frigio rayaba en la adoración. Más popular que Azaña (puede que así fuera), fue elegido diputado en 1931, en el grupo de izquierdas, aunque sin adscripción partidista (él solo se confesaba republicano).

Además, rechazó cualquier cargo público de los varios que le ofrecieron: embajador, alguna dirección general. Y eso que su economía, al parecer, no andaba muy boyante, hasta el punto de que algunos amigos hicieron una cuestación, en 1932, para publicarle un tomo con sus coplas, y en cuya convocatoria se podía leer: “Homenaje al poeta del pueblo”. Y, un año más tarde, fue uno de los fundadores de la Asociación de Amigos de la Unión soviética,

Autor, sin duda, hiriente y flagelador de la entonces llamada gente de orden, sin embargo, a pesar de “matar” cada mañana a verso limpio a los enemigos de la República, a Luis de Tapia nunca se le borró la sonrisa ni la bondad para con los demás. Incluso para los adalides de la España negra, que pregonaban (con ánimo de desarmarlo ideológicamente) la buena-gran vida que se daba el coplero del pueblo (nunca se supo con exactitud, pero se cree que sus coplas bascularon entre las 15.000 y las 20.000 durante toda su vida), acusándolo de ser propietario, en el elegante Barrio de Salamanca, de un gran piso, además de llevar en la cartera el carnet de la elitista Gran Peña, e ,incluso, se aireaban sus pretendidos veraneos en la cosmopolita y aristocrática ciudad de San Sebastián.

Sus últimos años

Lo que sí era cierto y visible cuando se cruzaban con él era que Tapia desprendía un aire de hombre pulcro y vistiendo con elegancia, detalle sorprendente cuando los compañeros del gremio solían ofrecer desoladores aspectos exteriores. Así mismo su no negado amor por la buena mesa y la buena vida nunca supuso un cambio de bando, llegando al final de sus días exactamente diciendo las mismas cosas que había repetido durante varias décadas.

Con la muerte en Valencia de Luis de Tapia, en 1937, moría también un ejemplo del plumífero apasionado, en su caso, azote de los del incienso, iconoclasta indesmayable que, como tantos colegas y camaradas del humor crítico, serían arrumbados y olvidados, cuando no prohibidos y enmudecidos tras el reinado franquista. La estirpe, sin embargo, seguiría en dos hijos artistas: Alma Tapia, turbadora pintora, y Daniel Tapia Bolívar, escritor.

Como un madrileño más, Luis de Tapia sufrió el “sitio de Madrid”, con sus bombas y su hambre. Destrozado física y anímicamente, las autoridades le obligaron a marchar a Valencia en busca de algo de paz, remanso levantino del que, sin embargo, apenas pudo disfrutar unos meses. Incluso en el caos de la guerra, la muerte de Luis de Tapia conmocionó a la gente, y la editorial del Socorro Rojo se prestó enseguida a publicar una sencilla Antología de sus obras.

Poeta, sobre todo, también escribió en prosa otros trabajos, además de la citada obra de sus andanzas por Europa, y en ellas aportaba todavía un plus de filósofo de andar por casa, pero pensador al fin. Un tanto entristecido por la vida real (siguiendo la fatalidad de la tristeza de los alegres), llegó a expresarse de esta forma: “¡Es triste y pobre consuelo nacer, luchar, morir para dejar tan sólo, en el caso más lisonjero, un nombre sonoro sobre la trascendencia huera y fugaz de la obra humana! Leve huella de luz que la garra brutal del tiempo borrará presto con el polvo de sus siglos”.

Tras su muerte, sus versos irrespetuosos y, en sus últimos tiempos, francamente revolucionarios, formarían parte de una obra colectiva importante publicada durante el conflicto, como fue el Romancero General de la guerra española.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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