Arte

Soledad Villafranca y la España bronca y reaccionaria

0
Soledad Villafranca

“No creo en Dios y amo a Ferrer”. Con una confesión como esta (con Francisco Ferrer y Guardia a un paso de ser ejecutado) ya se tiene una idea del personaje. Fascinante para unos, odioso para otros, Soledad Villafranca fue una de las escasas españolas que, de verdad, se adelantaron a su tiempo. Pedagoga anarquista, su vida estaría unida a la del fundador de la Escuela Moderna. No sólo fue alumna apasionada, también amante entregada y propagandista ardiente del ideario de su amante. En resumen,  fue una de las mujeres españolas más singulares del siglo.

Anarquistas de ideario, sin embargo, la no tan atípica pareja aparecía y se hacía ver como un feliz matrimonio burgués. Sobre todo, en sus viajes a Madrid -el “cuartel general” de la escuela estaba en Barcelona- donde se les podía ver paseando plácidamente por el Retiro, cogidos de la mano y sonriendo a los niños que jugaban en las glorietas y parterres. El destino le tenía asignado a Soledad Villafranca, en un no lejano futuro, el papel no buscado de “viuda” laica de un personaje extraño y “peligroso” para el orden establecido, de forma que al final sería ella misma la que viviría en adelante como una apestada y siempre sospechosa por su cercanía al odiado personaje.

Atentado contra los reyes

En 1906, durante el desfile posterior a la boda de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, se produjo un atentado trágico contra los reyes en la calle Mayor de Madrid. La convulsión fue extraordinaria, y, en referencia a ese atentado de Madrid, la prensa hablaba de la existencia de una misteriosa amante de Mateo Morral (el autor del intento de magnicidio), docente de la Escuela Moderna, y que había sido detenida en Barcelona. “Agregó la maestra aludida -decía un suelto de ABC-, extraordinariamente bella, por cierto, que Morrals (sic) la dijo debía ser ella la Luisa Michel española, y que, de no corresponder a su pasión, realizaría alguna asonada”.

Fue esta una versión -un amante despechado- no desechada entonces sobre el posible móvil del atentado. De ser cierta, el frustrado magnicidio no hubiera sido sino la no asunción, por parte de Mateo Morral, de las calabazas de la hermosa Soledad Villafranca, aquella joven y culta enseñante a la que, no obstante, los enemigos de Ferrer no la consideraban sino una “modistilla estrepitosa e ignorante” ya que, para la mentalidad generalizada del momento, una mujer no podía tener ideas, y menos esas ideas.

Pero algo había sin vuelta de hoja, y era que al margen de los intentos de Morral por conseguirla, el que lo había conseguido había sido su maestro, Francisco Ferrer y Guardia, fundador de la citada Escuela Moderna, con quien Soledad Villafranca viviría una tórrida, y trágicamente acabada, historia de pasión. Sin hacer caso de esos chismes, la pareja Ferrer-Villafranca continuaba más unida que nunca, viéndoseles muy amartelados en lugares públicos donde no se ocultaban.

Esa liaison continuó, y continuaría posteriormente durante el proceso incoado al pedagogo laico, disfrutando aún más ambos de su amor tras la salida de la cárcel del personaje, acusado de terrorismo. Sin embargo, aunque ella no entraría en prisión, no le salió gratis aquella cercanía, de manera que la amante, por el solo hecho de serlo, fue inmediatamente deportada de Barcelona, eso sí, junto a nombres tan importantes dentro de las luchas sociales del momento como Anselmo Lorenzo o Alfredo Meseguer.

La Semana Trágica de Barcelona

Luego llegaría, en 1909, la Semana Trágica de Barcelona, con sus secuelas de acusaciones gratuitas y venganzas latentes. Condenado Ferrer a la última pena, no le saldría gratis a su compañera todo aquello, siendo, de nuevo, desterrada de Barcelona. Tras el juicio, y sólo a unas horas de la condena e inmediata ejecución de Francisco Ferrer y Guardia -se quiso escarmentar en él la revuelta sangrienta de aquella semana que sería histórica-, sin tiempo, Soledad fue informada de tan infausta noticia.

No obstante, todavía, sin perder un minuto, telegrafió al mismísimo Alfonso XIII, a Victoria Eugenia y a don Antonio Maura: Jefe de Estado, Reina de España y Jefe del Gobierno, respectivamente, las únicas instancias -personas de carne y hueso- que podrían parar una ejecución injusta de raíz. Pero los destinatarios de ese SOS de Soledad Villafranca no se dieron por enterados de las súplicas de una mujer, seguro que despreciable para ellos, quedando, por el contrario “enterados” para que se llevara a cabo una ejecución que tuvo lugar en los fosos de Montjuich.

A partir de ese momento Soledad Villafranca se convertiría en la “viuda” del mártir del tétrico castillo barcelonés, lanzando su grito de odio hacia una España bronca y reaccionaria, a través de unos periplos agotadores por toda Europa (pero siempre, eso sí, sin perder un ápice de una elegancia realzada por una forma de vestir siempre adecuada e impoluta). Uno de sus primeros destinos fue Bruselas, donde se erigió una estatua en recuerdo del fundador de la Escuela Moderna, homenaje escultórico, por cierto, que al inicio de la II Guerra Mundial sería destruido por los ocupantes nazis, puede que por indicación del régimen franquista. Al mismo tiempo, si es que lo tenía, se puso al frente de un establecimiento docente en la misma senda de la Escuela Moderna, cumpliendo el deseo de Ferrer antes de morir. Así nacería de su mano otra escuela racionalista: la de Mas Germinal. (Convertida en símbolo y leyenda, apenas dos años después de la ejecución de Ferrer, sería el personaje central de una figura real -la propia Soledad-, en la novela barojiana La dama errante.)

En otra de sus escapadas europeas también fue recibida extraordinariamente en París, siempre con los brazos abiertos para los perseguidos, y lo hizo la Ciudad-Luz, en este caso, a una mujer rebelde española suya fama había saltado fronteras. Que, incansable, no dejaba de intervenir en mítines y de acudir a reu­niones en las que se presentaba -o era presentada- como esa ya famosa “viuda del mártir” de la intolerancia española, Francisco Ferrer.

No obstante, no todo eran agasajos y solidaridad –de hecho, en 1912, y tras el asesinado de Canalejas, acabaría siendo sospechosa de haber colaborado de alguna forma en el mismo- ya que, en paralelo, los enemigos aumentaban, sin que esos ruidosos ladridos le impidieran seguir adelante. Uno de estos descalificadores de una mujer distinta sería un popular escritor que lanzó la malsana insinuación de que, además de sus actividades revolucionarias, y en contradicción de esas ideas, en realidad, la “viuda” libertaria se daba la gran vida.

Pero incluso el mismo autor de esos comentarios, salidos de la pluma del novelista Alberto Insúa, junto a muchos más en la misma dirección, todos coincidirían, no obstante, en algo sin vuelta de hoja, y era que Soledad Villafranca era una mujer espléndida y completa, tanto de porte como de ideas.

La dura infancia de Soledad Villafranca

Soledad Juliana Villafranca Los Arcos, conocida como Soledad Villafranca, había nacido en el pueblo navarro de Aoiz en 1878, perdiendo al padre muy pequeña y ayudando a la madre viuda al frente de un estanco en Pamplona. Ante el fracaso del negocio, todos emigraron a Barcelona. Y allí Villafranca encontraría el ambiente libérrimo y ácrata que le ganaría para muchos años, además de toparse con dos hombres que serían definitivos en su vida: Francisco Ferrer, y un alumno del mismo, a la sazón bibliotecario, llamado Mateo Morral. En años posteriores viviría todo lo ya apuntado anteriormente hasta la llegada de un año trágico: 1914, con el estallido de la Gran Guerra.

Empezaba una enorme hecatombe, y casi al mismo tiempo, se acababa una leyenda: la de Soledad Villafranca que, en esos meses del mismo año, se casaba con un empresario alemán afincado en Barcelona, con quien, no tardando mucho, se integraría sorprendentemente en el mundo de la alta burguesa catalana de la mano de su germano esposo. El mismo que, cuando se inició la guerra civil, huyó con su esposa a la ciudad alemana de Colonia, donde residieron hasta el final del conflicto civil. Todavía con las heridas terribles de la guerra, de nuevo Barcelona recibía a ¿la misma mujer? que gritó contra todos ante la injusticia de la ejecución de Ferrer treinta años atrás. A partir de ese postrer regreso, aquella mujer rebelde y libre, sin que nadie la molestara, ya septuagenaria, moriría en esa misma ciudad de Barcelona en 1949.

Iberia Alexa
José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

    Tras el debate: Pedro Sánchez se consolida, el bloqueo continúa

    Entrada anterior

    España necesita evaluar la inversión destinada a las obras públicas que garantizan servicios esenciales para los ciudadanos

    Siguiente entrada

    También te puede interesar

    Comentarios

    Los comentarios están cerrados.

    Más en Arte