Arte

Tiempos de jazz

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Tiempos de jazz 1

Aquel año redondo de 1920 marcó un inicio de algo que sería muy importante de cara al mundo musical. Ya rondando por medio mundo, en aquel otoño se grabaría el primer disco de jazz por un español. Era valenciano y se llamaba Enrique Sanz Vila. Bien pertrechado de conocimientos en cuanto a gustos populares, además de haber introducido anteriormente en España el bandoneón (y con él, el tango argentino), ahora, con su propia orquesta: la Nic-Fusly, fue contratado en exclusiva por el Hotel Ritz de Barcelona, acudiendo al mismo tiempo a los estudios de grabación donde nacería un disco con los últimos ritmos: foxtrot, fado y otros entonces modernos.

Pero el nombre de Enrique Sanz no era una isla… Por todo el país nacían grupos y solistas que se apuntaban a la modernidad. Como una inteligente cupletista llamada Mercedes Serós, competencia directa del nombre más carismático (y antipático) de ese mundo: la inefable Raquel Meller. La Serós, al contrario que la maña, además de cantar muy bien, bailaba cualquier música del momento, fuese ésta, de nuevo el fox, el charlestón, la java o el tango. Paisana de la Meller (había nacido en Zaragoza), Mercedes Serós llegaría a grabar hasta doscientos discos, lo que redundó en la posesión de un no escaso capital que le permitía, por ejemplo, rechazar una tentadora oferta del otro lado del Atlántico con un salario de mil pesetas por función. (Por entonces, Mercedes Serós, como tantas de sus compañeras, era una de las “víctimas” del imitador de estrellas más famoso del país: Edmon D’Bries, caricaturista extraordinario de artistas y, al mismo tiempo, homenajeador de las mismas -todas ellas lo adoraban-, y que contaba sus actuaciones por llenos.)

Y es que, además del jazz y el cine, casi todo llegaba ya de los americanos (del Norte, claro). Incluso lo que no era cosa de ellos, ellos lo exageraban. Así, la radio. Todavía en pañales en cuanto a su difusión, ya en los Estados Unidos se podían adquirir receptores por cualquier ciudadano (hasta ese momento los aparatos eran adquiridos solo por los aficionados), a precios tan competitivos que se podían comprar a partir de diez dólares. Ese empujón llegaría, como todo lo que venía de allí, a todas partes, y en años sucesivos nuevos países se fueron incorporando al disfrute de la TSH (Telegrafía Sin Hilos) o radiodifusión, en España a partir de 1923. También América del Norte era el país de los automóviles. A la sazón, en aquel otoño de 1920, circulaban por allí seis millones de vehículos, un millón solo en Chicago (ciudad donde se levantaban las fábricas más importantes) y 250.000 en Nueva York. Y, decían los periódicos, con ese volumen de vehículos, ya se vivía allí un modo de caos con mucho futuro: los atascos.

Por otro lado, lo que no venía de América, nos llegaba de Rusia. Era un no parar, y los reportajes sobre el fenómeno comunista lo contaminaba todo. Ya cubierto el cupo de los grandes titulares, alguna publicación recurría a lo antropológico, como un artículo publicado aquellos días encabezado por un “Cómo son los bolcheviques”, un intento de descubrir el alma o el interior de aquellos “monstruos”. Que no lo eran para todos en España ya que, para algunos, el bolchevismo podría ser la solución para un país trastornado, violento y sin horizontes. Hasta un novelista muy popular, Pedro Mata, pretendió encabezar un levantamiento general de la nación a través de una “huelga de consumidores”, ante la impotencia del gobierno para acabar con la carestía que se ensañaba con los más débiles. También se pensaba en revoluciones en una Barcelona convulsa y atravesada por los atentados. Uno de los últimos tuvo como víctimas a dos periodistas pertenecientes a la redacción del periódico “La Publicidad”, muertos a tiros.

Pero la vida seguía (o lo intentaba), y los aficionados al arte estaban de enhorabuena ya que el Museo del Prado inauguraba la Sala del Greco, nuevo hábitat para las 22 obras del pintor griego, hasta ese momento repartidos por salas y almacenes del propio museo, y no expuestas. Aunque para artista, el bautizado por la prensa como  un “artista del crimen”. Se hablaba en los periódicos, en efecto, de Landrú, que, encarcelado desde hacía un año, ahora se enfrentaba a su destino tras recibir el juez una “Memoria” de los expertos sobre sus crímenes y abrirse juicio oral. Se comentaba cómo el asesino, al responder a cada pregunta del juez, era capaz hasta de hacer chistes con sus explicaciones (en realidad, burdas excusas).

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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