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Un turismo modesto

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El llamado luego “boom” turístico (a partir de los años 60’) no nació de la nada, obviamente, y a no ser por el escollo sangriento de la guerra civil, quizás España se habría adelantado como potencia turística, incluso con la llegada de visitantes por vía aérea. Porque, ya en 1920, se inauguraban trayectos por avión para pasajeros entre Barcelona y Palma de Mallorca, Sevilla y Larache (Marruecos), y Málaga y Melilla. Después, en la República, llegarían las líneas internacionales que hacían escalas en territorio español (Madrid, Barcelona, Málaga, Sevilla). Como complemento a ese movimiento, aún minoritario, de viajeros, se producía la publicación, que iba en aumento, de diversas Guías de Carreteras -entre ellas, la ya prestigiosa internacionalmente Guía Michelin- que incluían información sobre hoteles, trayectos y visitas a monumentos.

Visitantes foráneos (nacionales y los primeros “ingleses” -para el personal de la época todos los extranjeros eran británicos-) que también podían consultar en sus hoteles las guías locales de las ciudades que visitaban, con los monumentos, teatros, cines y cabarets, además de, en algún caso, direcciones de locales y establecimientos en los que se podía buscar el amor venal. Si, como en este caso, el visitante era un poco golfo, había casi en cualquier ciudad (a la sazón, en pleno verano, con el protagonismo de las ciudades norteñas: Santander y San Sebastián), el correspondiente teatrito frívolo con espectáculos sicalípticos, como por aquellos días, uno inefable titulado “Blanca Azucena y sus botones”, con la presencia de esta popular artista, y esos “botones”, seguro que a veces los porteadores de los hoteles, y a veces, los botones de las prendas de vestir (o desvestir). Claro que, al mismo tiempo, el mismo público que al salir de los teatros buscara una terraza o un local en los que cenar o tomarse unas copas, se toparía con una generalizada huelga de camareros en la capital guipuzcoana, paro colectivo que, las fuerzas del “orden”, no tuvieron empacho en sustituir a los huelguistas, apareciendo en sus lugares de trabajo, sorprendentemente, señoritas voluntarias sirviendo las mesas y tirando las cañas…

En Madrid, y por si alguien se despistaba y llegaba a la capital en plena canícula, uno de los espectáculos más populares para los luego llamados “rodríguez” eran los que tenían lugar en los frontones. Deporte el de la cesta propio de los vascos, sin embargo, tenía un gran arraigo en la capital de España, que contaba con más de un frontón. Y en uno de ellos, El Paraíso, tuvo lugar la final entre dos de las figuras más populares: Asunción y Josefina. Porque la pelota vasca, al menos en Madrid, era cosa de “ellas”, que arrastraban a llenos diarios en sus partidos que, en esta ocasión, ganó absolutamente Asunción (lo de los apellidos era innecesario), que recibió durante varios minutos los aplausos enfervorizados de los aficionados.

También eran muy buscados en la aún Corte, otros pasatiempos lúdicos adjuntos al mundo del espectáculo. Era el caso del enorme éxito en el Teatro Fuencarral (38 días de llenos absolutos) de Egmont de Bries, un popularísimo transformista que, imitando a las estrellas (en este caso a las del cuplé, incluidas las más populares, como Raquel Meller), era considerado como mejor que las originales, incluidas sus epatantes joyas y los “trapitos”, a la vez lujosos, que exhibía en sus muy trabajadas parodias.

En el mundo de la cultura, aún se seguían celebrando homenajes y recordatorios del recientemente fallecido Miguel Moya, gran periodista, presidente de la Asociación de la Prensa, director de El Liberal y diputado al Congreso de los Diputados por la entonces colonia de Puerto Rico (luchó porque se le diera la autonomía a la también isla de Cuba), que había muerto en San Sebastián hacía unos días. Sumaban, asimismo, al enriquecimiento cultural, un par de revistas muy similares y casi con los mismos colaboradores. Porque, además, Cervantes y Cosmópolis, con una gran atención a la literatura americana, de los de casa contaba con las firmas de, entre otros, Rafael Cansinos-Assens o Guillermo de Torre. Por su parte era comentado otro autor, Quintiliano Saldaña, pionero en estudios sociológicos (entre ellos los del sexo en la sociedad), que, en este caso, se apuntaba a la moda del comunismo y publicaba un libro, La revolución rusa, cuya salida, curiosamente, coincidió con el revuelo del regreso de la Rusia Soviética del sindicalista Ángel Pestaña que, sin ambages, explicaba a diestro y siniestro su decepción del nuevo “paraíso del proletariado”.

José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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