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Vieja y nueva moral

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Vieja y nueva moral 1

Al final del verano de 1920, Miguel de Unamuno anticipó el cáliz de lo que, casi un lustro después, constituiría una auténtica venganza contra su persona por parte de algunos poderes fácticos. En esta ocasión también a cuenta de la corona (después sería contra la misma corona y contra el dictador Primo de Rivera). Porque, en este final de verano de 1920, el ilustre “deslenguado”, en una entrevista que le hicieron en El Mercantil Valenciano, hizo honor a su fama y, según aclaraba una sentencia ya dictada, en esas opiniones se deslizaron algunas injurias no asumibles contra la monarquía de Alfonso XIII. Vista la causa, al rector salmantino le tocaron 8 años de prisión mayor y una multa de 500 pesetas. El filósofo vasco recurrió obviamente, aunque todos adelantaban que, dada la importancia y fama del condenado, el indulto le llegaría antes de que llegara a pisar la cárcel.

El país seguía convulsionado, de manera que, en la explosiva -literalmente- ciudad de Barcelona, los atentados eran de ida y vuelta. Uno de los últimos había tenido lugar en un local nacido para alegrar a la gente, incluso para provocar lúdicamente a unos espectadores un poco rijosos. El Music-Hall Pompeya barcelonés fue en esa ocasión la víctima física escogida para el lanzamiento de una potente bomba que acabó con la vida de seis personas e hirió a otras quince. Pero la vida seguía, en Barcelona y en el resto del país, a trancas y barrancas, y en la misma capital catalana, Carlos Arniches presentaba el estreno de “Los Caciques”, una sombra negra siempre de actualidad en la España más profunda que ni siquiera el tono cómico de la obra no le quitaba un ápice de merecida crítica sobre algo que todos denigraban, pero que nadie intentó cercenar en serio.

Muy otro, en apariencia, era el mensaje de otros artistas y creadores. Se trataba de un padre, una esposa y una hija. Luis Esteso, La Cibeles y Lusita Esteso, respectivamente. Familia atípica, desde luego, con el cabeza de familia nadando entre las propias aguas encrespadas de una filosofía a ras de calle, una lucha sindical en pro de los derechos de los artistas y autores, y, en fin, de un escritor y autor de títulos a veces despeñándose por lo sicalíptico. La Cibeles no era la diosa de la plaza, sino una señora algo oronda pero simpática y divertida, compañera del anterior. Y la hija de ambos, Luisita, una síntesis de sus progenitores, bailarina, cupletista y recitadora. Pues bien, el inefable trío era una de las atracciones del verano madrileño, actuantes allá por los altos del Hipódromo (donde los Nuevos Ministerios actuales), lugar fresquito y alejado recuperado para las noches del verano. También por otros lugares bajo las estrellas, y con el horizonte otoñal ya próximo, se anunciaba en la prensa la actuación de una nueva artista: Conchita Piquer, “joven, bonita y graciosa canzonetista valenciana”, antes, claro, de que emprendiera la que sería su larga excursión por la América del Norte.

La posguerra europea no solo agitó al viejo continente, haciendo emerger revoluciones y cambios drásticos en el panorama continental. Las secuelas llegaban más lejos, por ejemplo, hasta la lejana posesión británica de la India. Allí soplaban aires de liberación a través de un partido independentista, el Congreso Nacional de la India, cuya meta era el de liberarse de la lejana metrópoli, pero dada la personalidad de su líder, Gandhi, esa separación debía producirse sin violencia y practicando la desobediencia civil. Aún transcurriría casi un cuarto de siglo para que esos deseos se hicieran realidad.

Muy otra era la actitud frente a la vida moderna (nacida con ímpetu de la posguerra europea) de las fuerzas, no digamos “vivas” sino en hibernación, que no acababan de aceptar el trastoque de las costumbres y de la moral, moral, evidentemente femenina. Proliferaba por la Europa destrozada una corriente piadosa -pudorosa- llamada la Liga de Santa Inés, que pensaba hacer realidad las directrices recientes de Papa y Obispos contra la inmoralidad presente en todo el continente. Las “obligaciones” de las señoras de la liga eran: Dar ejemplo en el vestir (ellas mismas y sus hijas); exigir a sus modistas la confección de prendas que no atrajeran las miradas de los libertinos; no comprar en las tiendas que exhibieran prendas indecorosas; criticar sin descanso las modas del momento; y, en fin, atraer a la Liga de Santa Inés a nuevas “legiones” de luchadoras por la causa… No sabían lo que, en la década que empezaba, iba a ser la “moral” tradicional: algo, desde luego, muy pero que muy alejado de sus concepciones de la vida y de la libertad de las mujeres.

 

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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