CulturaArte

Buena vida y mala vida

0
vida

Tiempo de artistas (unos, en su madurez, otros empezando), en las crónicas de arte y exposiciones de la primavera y el verano de 1920 se repetían nombres como Mateo Inurria, Enrique Pérez Comendador o Gustavo Bacarisas (los dos últimos, con obras colgadas en la Exposición de Bellas Artes). La prestigiosa exposición anual se había trasladado en esa ocasión a Sevilla (coincidiendo con sus fiestas y su famosa feria), donde el escultor cordobés había presentado su obra más reciente: “Marino” (aún estaban recientes su “retrato” de Séneca, y unos audaces desnudos, el más representativo el titulado “Deseo”), mientras el extremeño Pérez Comendador exhibía su bonita escultura “Crisálida” y emprendía el obligado “tour” de todo artista al “país del arte” según Blasco Ibáñez: Italia. Ejecutores del arte escultórico los anteriores, por su parte el gibraltareño Gustavo Bacarisas practicaba con el pincel, y no solo para sus cuadros sino como decorador imprescindible en obras recientes y difíciles como una “Carmen” en Estocolmo, o el luego célebre “Amor brujo”. En una escala menor dentro del arte -injustamente menor: la ilustración era también un arte importante- destacaba un nombre a tener en cuenta no tardando mucho: José Robledano, autor solicitado por los que escribían sus colaboraciones literarias en los semanarios importantes (como La Esfera), en cuyas páginas Robledano había ilustrado de forma admirable, el célebre cuento Barba Azul.

  Sería muy aventurado decir que España estaba de moda en aquella primera mitad del año 1920. Pero tampoco era ese país “africano” y atrasado, aislado del mundo civilizado. Por ejemplo, casi al mismo tiempo nos visitaron: un héroe de la Gran Guerra y de la famosa batalla del Marne, el mariscal francés Joseph Joffre; y un sabio e inventor, nimbado ya por la corona de la fama: el italiano Guillermo Marconi. El primero llegó a Madrid como un héroe indiscutible de la Gran Guerra (aunque ya retirado de la vida oficial), y como tal fue agasajado, primero en Barcelona, donde presidió los Juegos Florales, y posteriormente en Madrid donde hasta en el siempre subversivo Ateneo de la calle del Prado, el poeta Manuel Machado lo recibió con estas palabras: “Gran capitán que venció a la guerra,/ héroe inmortal, porque mató a la Muerte”. Por su parte Marconi, a bordo de su lujoso yate-laboratorio, el “Elettra”, atracó con el mismo en la misma Sevilla en fiestas, siendo así mismo recibido como el inventor más popular al que se le atribuía en exclusiva la invención de la radiodifusión (entonces conocida por sus siglas TSH (Telegrafía Sin Hilos). Sin entrar en discusiones al respecto (en realidad, la invención de la radio tendría varios “padres”), el futuro “marqués” de Marconi y, así mismo, el madrugador fascista (se apuntaría a las huestes de Mussolini en 1923), lo cierto era que se trataba de un nombre aureolado ya por la fama.

Claro, que todo ese mundo de celebraciones y agasajos se producía en unos mismos ambientes, los de la aristocracia más rancia, pero no solo en ellos: también en el de los afortunados por la fama o el dinero. A veces por separado y otras juntos, todos ellos disfrutaban de su mundo, que era otro mundo apartado del feo y revuelto que había por ahí fuera (el mundo real, pero ignorado de la miseria). Pues bien, uno de esos lugares incontaminados por la desgracia, y absolutamente de moda, era el Real Club Puerta de Hierro. Espacio bucólico y exquisito, sus socios no tenían que exhibir exageradamente su pedigrí ya que, con solo sus nombres, el acceso estaba abierto sin restricciones. Empezando por la reina Victoria Eugenia (eso sí, sin su Alfonso…), y siguiendo con aristócratas de rancio abolengo como la Duquesa de Santoña o el Conde de la Maza, allí se respiraba nobleza de sangre. Por aquellas fechas todos ellos se reunieron para un torneo internacional de “lawn-tennis”, una excusa como otra cualquiera para lucir palmito y últimos modelos -y modas-, tanto entre ellas como también entre los caballeros. Puede que fueran los mismos que, después de esa exclusiva cita del aristocrático “sport” de la raqueta, se metamorfosearan en almas caritativas y dirigieran sus pasos hacia el Asilo de María Inmaculada, donde tenía su sede un comedor benéfico costeado por otros títulos de “sangre azul” como el popular Conde de Romanones.

El inefable reportero conocido como El Caballero Audaz tuvo la “audacia” de disfrazarse de pordiosero, del brazo de otro desgraciado y colega de miserias -y tan falso- como él: el fotógrafo Campúa. Y de esta guisa, ambos accedieron al dicho asilo en el que se acogían hasta cuatrocientos “pobres vergonzantes” (literal), tomando a continuación asiento y dispuestos para disfrutar con los acogidos de la comida pantagruélica con el que los elegidos de la Tierra se acordaban, al menos un día, de los olvidados de la misma Tierra. Sin duda, nuestro José María Carretero (el nombre del periodista: un buen periodista sin pensar en lo que se convertiría en el futuro), mientras comía, no dejaba de indagar y escrutar los rostros de los demás comensales desde su rol de falsos camaradas de infortunio, fijándose, por ejemplo, en una vecina de mesa, muy atractiva a pesar de su aspecto miserable, y que resultó ser una tal Luisa Pedreño que, en otros tiempos, se había paseado -y pateado- Madrid (por el entonces exclusivo Paseo de la Castellana) provocando a todos con su sobrenombre de guerra: “Venus de la Metrópoli”. Periodista siempre, todavía con el bocado en la boca, El Caballero Audaz no dudó en interviuvar a la citada “Venus”, por ejemplo, inquiriendo noticias de su pasada vida amatoria y recibiendo una respuesta desconcertante de la ahora mendiga: “Yo no he amado jamás. Soy demasiado inteligente para ser esclava”.

La España de 1920 era un país, ya se ve, lleno de contradicciones y, como antes y después, a rebosar de incertidumbres e inseguridades, con abismales diferencias entre las clases sociales. Menos mal que, en otros estratos de esa misma sociedad, una minoría con inquietudes presentaba una faz diferente del país, sin ir más lejos, la que era capaz -y podía hacerlo- de, por ejemplo, adquirir los volúmenes de una magna obra cultural en plena publicación, y que se anunciaba profusamente: la inmensa Enciclopedia Espasa (con su título completo Enciclopedia Espasa Universal Ilustrada Europeo-Americana), reconocida a la sazón, según esa interesante publicidad, como “la obra mejor ilustrada del mundo” (en realidad no se completaría hasta pasados unos años). Pero ya se podía adquirir en cómodos plazos dirigiéndose a sus primeros editores: Hijos de José Espasa de Barcelona (el editor había fallecido en 1911). La magna obra, que superaría los cien tomos y que había dado sus primeros balbuceos en 1905, a partir de 1925 ya aparecería como una apuesta continuada por la “nueva” firma Espasa-Calpe y radicada en Madrid.

Iberia Navidad
José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

    La hora de levantarse

    Entrada anterior

    El precio de la gran pandemia

    Siguiente entrada

    También te puede interesar

    Comentarios

    Los comentarios están cerrados.

    Más en Cultura