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Cuando todo iba a ser posible: el punk y una historia secreta del siglo XX

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sex pistols

Cuando todo iba a ser posible: el punk y una historia secreta del siglo XX 5Rastros de carmín. Una historia secreta del siglo XX, publicado en 1986 y reeditado treinta años después tras el regreso de su autor a un texto que mereció algunas correcciones, mejoras, ampliaciones, es un libro asombroso escrito por el musicólogo estadounidense Greil Marcus, un reconocido experto en la música pop, un sabio del rock. Rastros de carmín es pura historia cultural, un vibrante análisis del espíritu humano que alumbrara —quizás sin conocer bien el correcto hilo histórico del que proviene— la música punk a mediados de los años 70 del siglo XX. Un hilo histórico que Marcus se encarga de enmarañar lo suficiente, por otro lado, como para que uno quede exhausto al leer esta bárbara demostración de que lo erudito puede quedarse en mera evanescencia deslumbrante, instantánea.

El pasado es otro país, un bonito lugar para ir de visita pero en el que no querrías vivir”.

Marcus escribe por supuesto sobre música, pero no es este ensayo un ensayo estrictamente musical. Advierto:

La música busca cambiar la vida; la vida sigue; la música queda atrás; eso es lo que queda para que podamos hablar de ello”.

Los Sex Pistols cantan para cambiar el mundo

En su estudio sobre el pasado y las manifestaciones culturales que preludiaron sin saberlo el punk, Marcus reflexiona profundamente. Podemos leerle por ejemplo que “toda nueva manifestación cultural reescribe el pasado, convierte a los antiguos malditos en nuevos héroes y a los viejos héroes en individuos que jamás debieron haber nacido”. Es como si distintos actores, nuevos, limpiasen el pasado para los antepasados, “pues la ascendencia es legitimidad y la novedad es duda”, si bien siempre acaban por emerger del pasado actores olvidados, “no como ancestros, sino como amigos íntimos”.

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Greil Marcus

Es este un libro que nos habla, no sólo, que conste, sobre “la magia del pop, mediante la cual la relación de ciertos hechos sociales con ciertos sonidos crea símbolos irresistibles de la transformación de la realidad social”. Un libro que contextualiza culturalmente el punk, esencialmente a sus pioneros, a sus legendarios iniciadores:

“Los Sex Pistols eran una propuesta comercial y una conspiración cultural; habían sido lanzados para transformar el negocio musical y sacar dinero de esa transformación, pero Johnny Rotten cantaba para cambiar el mundo. Al igual que todos aquellos que durante un tiempo encontraron sus propias voces en la suya. […]

Los Sex Pistols abrieron una brecha en el mundo del pop, en la pantalla de los presupuestos culturales admitidos que rigen lo que uno espera oír y cómo se espera que uno responda. […]

Había un agujero negro en el corazón de la música de los Sex Pistols, una obcecada lujuria por destruir los valores con los que nadie se podía sentir cómodo, y ése fue el motivo por el que, desde el principio, Johnny Rotten fue quizá el único cantante verdaderamente aterrador que ha conocido el rock’n’roll”.

Los Sex Pistols parecieron ir detrás de un proyecto, escribe Marcus: si en su primer single, con aquella conmoción que fue la canción Anarchy in the UK (noviembre de 1976), maldecían el presente, en el segundo, God save the Queen (mayo de 1977), maldecían el futuro: No future, no hay futuro (ni para ti, ni para mí).

 

 

El rocanrol poseía desde sus comienzos “una mezcla de fatalismo y deseo, aceptación y rabia”. Ocultaba todo lo negativo pero sin disolverlo del todo, más bien “manteniéndolo como principio de la tensión”. Hasta que, en octubre de 1977 (con la aparición de su primer y único elepé, Never mind the bollocks, here’s the Sex Pistols), los Sex Pistols “encontraron por casualidad el impulso de la destrucción codificado en esa forma, lo volvieron del revés y lo hicieron estallar”.

El recorrido vital de los Sex Pistols pareciera haber tenido lugar “en el reino en el que la gente vive realmente”, pero Marcus se pregunta si no ocurrió únicamente en “el reino simbólico del mundo del pop”. Ellos que fueron un timo, como propagó su creador, Malcom McLaren, eran algo construido de manera meticulosa para probar que “la totalidad de las proposiciones hegemónicas admitidas comúnmente acerca de cómo se suponía que tenía que funcionar el mundo, encerraban un fraude tan completo y venal que se exigía ser destruido más allá de los poderes que la memoria tuviese para recordar su existencia. En medio de esas cenizas todo sería posible, todo estaría permitido: el más profundo amor, el crimen más fortuito”.

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Johnny Rotten

Cultura pop, herejías antiguas y la excitación del punk

El estallido de los Sex Pistols, si bien breve, “provocó una transformación de la música pop en todo el mundo”: su Anarchy in the UK vomitaba una crudamente poética crítica a la sociedad, una crítica que no nacía de la absoluta nada, el arte nunca lo hace, una crítica que ya habían promovido grupos de intelectuales anteriormente, los que en 1952 constituían en París la llamada Internacional Letrista, refundados cinco años después como Internacional Situacionista para obtener una brillante y efímera y universal notoriedad durante el Mayo Francés de 1968. Aquellos situacionistas, aquellos letristas volvían la mirada “hacia los surrealistas de los años veinte, los dadaístas, quienes habían obtenido renombre durante y poco después de la Primera Guerra Mundial, el joven Karl Marx, Saint-Just, varios herejes medievales y los Caballeros de la Mesa Redonda”. Sí, el punk estaba vinculado, lo supieran o no sus miembros, con viejas herejías olvidadas en la tumba de los siglos.

Regreso a esos actores olvidados de los que hablaba antes, aquellos que siempre acaban por emerger del pasado: en 1976, 1977… existían, reconvertidos, dadaístas (“no hay verdades, sólo versiones”), letristas, situacionistas y varios herejes medievales. Al igual que en el rocanrol de los sesenta “estaba el bluesman del Mississippi Robert Johnson, que cantaba en los años treinta”. La del punk es una historia que “habla repetidamente y que repetidamente pierde la voz”, es la historia de una intensa manifestación artística culturalmente fecunda. El punk era un “drama comprimido” que iba “del azoramiento a la anticipación, de la vacilación al pánico, del silencio al sonido”.

Hacia mediados de la década de 1970, el rocanrol se había vuelto petulante y, elevado a la categoría de arte como estaba, “se volvió tímido”. Aquel espíritu que atrajo desde mediados de los 50 del siglo pasado tanta atención había sido reemplazado “por un culto a la prudencia, la responsabilidad y el virtuosismo”. Todo eso ocurría al tiempo que se esparcía por el mundo otra profunda crisis del sistema capitalista.

“Los que más se habían quejado cuando no había nada de que quejarse disfrutaban ahora de lo lindo”.

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El rocanrol se había convertido “en un hecho social ordinario, como un viaje en tren al trabajo o el proyecto de construcción de una autopista”, era ya “un hábito, una estructura, una opresión invisible”. En aquellos años, “en el mundo del pop el tiempo se detenía”. Los Sex Pistols vinieron a destruirlo, al rocanrol. No sólo al rocanrol, que conste. “Eran fans a pesar de sí mismos” y no tenían más arma que tocar rocanrol, al que “desnudaban hasta dejarlo en una esencia de velocidad, ruido, furia y júbilo maniaco que nadie había alcanzado jamás”. Lo que hicieron fue “usar el rocanrol como un arma contra sí mismo”. La razón de que consideremos que el sonido de los Sex Pistols era “un sonido nuevo que trazaba una línea divisoria entre él y todo lo que había aparecido antes” es que era un sonido irracional que, como sonido, no parecía tener el menor sentido: parecía que no hiciera otra cosa que destruir. El punk actuó, en ese sentido de línea divisoria como hiciera Elvis en 1954 o los Beatles en 1963. Aunque muchos seguidores de Chuck Berry, de los propios Beatles, James Brown, la Velvet Underground o Led Zeppelin, o los Who, los Stones o Rod Stewart no creían que la música de los Sex Pistols fuera en absoluto música, por supuesto no lo consideraban rocanrol, había un reducido grupo de degustadores de la música rock que consideraba “que se trataba de lo más excitante que había oído jamás”.

La nota sostenida hasta el disgusto que se convierte en algo alegre

Desde los Sex Pistols se impuso aquello de que uno no necesita saber tocar, que uno simplemente necesita tocar (música). No obstante, conviene recordar que aunque los Sex Pistols, el punk (que había comenzado como una cultura falsa, “como un producto del sentido de la moda que tenía McLaren”), vinieron para cargarse la jerarquía imperante en el rock (y sus reglas), no lo lograron. Lo que sí consiguieron es que en los años posteriores a 1976 hubiera “más de quince mil grupos grabando discos”.

Como Elvis Presley, los Sex Pistols “cambiaron las estructuras de la vida cotidiana en todo el mundo”: no produjeron ninguna revolución auténtica (oficial), pero sí lograron “que la vida en todo el mundo fuera más interesante, y la vida sigue siendo más interesante de lo que habría sido si ellos no hubieran aparecido”.

“En un mundo configurado por el debilitamiento de la escena pop, el abrumador desempleo juvenil, el terrorismo del IRA que se extendía desde Belfast hasta Londres, la creciente violencia callejera entre los neonazis británicos, los ingleses de color, los socialistas y la policía, el punk se convirtió en una verdadera cultura”.

La novedad era que, a diferencia del rocanrol de los años 50, recién nacido, ahora a mediados de los años 70, sí había sensación de fin del mundo. Los antecedentes de la música punk se han buscado en Chuck Berry, en los Kinks, en los Who, en los grupos americanos de garaje, en la Velvet Underground, en los Stooges, en los New York Dolls, también en David Bowie, en Roxy Music, en Mott The Hoople, en la escena artística neoyorquina nacida poco antes de 1975, con The Ramones a la cabeza; pero lo que hicieron los Sex Pistols fue llevar todo lo más ruidoso y radical de aquellas propuestas mucho más allá, hasta el punto de que lo que crearon, el punk, no pretendía ser sólo un género musical. Pretendía ser un rechinar de dientes como manifestación explícita del odio hacia el lugar y la época en que uno se encuentra, quería ser algo muy dadaísta (siendo el dadaísmo “la negación absurda que no quiere consecuencias”), por cierto: “la nota sostenida hasta el disgusto que se convierte en algo alegre”.

Lo que hicieron los Sex Pistols es que, al jugar “con las leyendas de que habían oído hablar en las noticias acerca del Mayo del 68”, o con las “ideas situacionistas como la del aburrimiento como control social, el ocio como trabajo, el trabajo como una estafa” o la revolución como festival, y “jugando con la inversión de los nuevos hechos sociales”, el desempleo por un lado y el ocio por otro, considerado “como la mala conciencia del nuevo tipo de aburrimiento, inventaron un grupo pop”. Toda una “tradición desconocida de viejas proclamas” cargada de una fuerza descomunal “fue a parar a la voz de Johnny Rotten”, que empleó los mismos deseos tradicionales del rocanrol: “hacer ruido, dar un paso adelante, comunicar”.

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José Luis Ibáñez Salas
José Luis Ibáñez Salas es historiador, editor y escritor. Autor de 'El franquismo', 'La transición'. '¿Qué eres España?' y 'La Historia: el relato del pasado', edita material didáctico en Santillana Educación y sus textos aparecen también en publicaciones digitales como 'Nueva Tribuna', 'Periodistas en Español', 'Narrativa Breve' o 'Moon Magazine'. Su blog se llama Insurrección (joseluisibanezsalas.blogspot.com) y dirige la revista digital Anatomía de la Historia (anatomiadelahistoria.com).

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