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Agustín Muñoz Sanz, deber y muerte del último estoico

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Agustín Muñoz Sanz, deber y muerte del último estoico 1

Agustín Muñoz Sanz es médico y escritor. Extremeño. Cansado de corregir tesis doctorales manifiestamente mejorables, insustanciales y anodinas ellas, hombre inquieto y lúcido él, decidió un día realizar una segunda propia, dos décadas después de haber culminado la primera. Y se la dedicó, tras barruntar varios nombres preservados por la Historia, a un personaje que apenas aparece en obras literarias o artísticas: Marco Aurelio. Porque el emperador filósofo, como fue conocido, no está prácticamente tratado en novela ni en teatro y en cine sólo sobresale una mínima aparición en Gladiator gracias a un papel que interpretara Richard Harris, como indica el propio Muñoz.

Pues bien, de esa tesis doctoral nació el texto dramático que cerró el pasado Festival de Mérida. Una pieza destacable que presenta al gobernante en sus últimos años de vida. Aparece primero en Roma en el 165 d.C. y después en Vindobona en el 180, durante su semana postrera y cuando es ya un césar muy enfermo que espera la muerte. La capital del Imperio es entonces una plaza fecunda en gemidos, lloros y desolación. Así lo simboliza un ‘coro’ de ocho bailarines que se arrastra hacia el escenario al tiempo que la cantinela “guerra, peste, muerte” llena el espacio.

“Nada de lo humano tiene permanencia. La muerte nos iguala a todos”, principia un Marco Aurelio que muy pronto nos traslada sus dudas sobre el rol que ha desempeñado como emperador. La suerte, su suerte, está echada pero, antes, un césar desfallecido por momentos bajo el peso del laurel se pregunta: “¿Qué es el deber?”. Y se responde tratando de seguir su propio camino, aunque no sea –¿quién puede serlo?– impenetrable a la influencia de los demás. Llega a recriminarse no haber dejado vivir al otro que hay dentro de él: al lector, al pensador… mientras –ese deber abstracto obliga– se intenta poner en la piel de su pueblo, castigado por la llamada peste antonina.

Conceptos como coherencia, conciencia, valor y compromiso salpican la pieza y saltan a las tablas. También los de verdad y justicia. Su compañía es lo único que nos queda en nuestra breve vida, alecciona el emperador, autor de Meditaciones, un libro muy leído y elogiado por las generaciones posteriores y considerado el testamento del último representante del estoicismo. Una filosofía que se abrió camino en una escenografía casi desnuda –apenas una tienda y un escaño en la orchestra del teatro emeritense– rodeada de un calor sofocante que bien podría ser el de la Roma de finales de agosto del II después de Cristo.

La obra de Agustín Muñoz se sustenta en el texto y en los actores. Y ni uno ni otros decepcionan, a pesar de que sí se echa de menos algún giro dramático que dote de mayor dinamismo a la pieza. La presencia de los dos personajes femeninos es muy pobre y la divergencia de pareceres de Marco Aurelio con su hijo Cómodo podría haber tenido más recorrido. O su confianza con Crispino, el esclavo que le confiesa ser cristiano, una secta perseguida en tiempos del emperador, quien consideraba a sus seguidores fanáticos. Un trato estrecho cuyas escenas no acaban por explicitar si fue una relación íntima, como parecen sugerir, o simplemente muy familiar, a pesar de la diferencia de clase social.

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Marco Aurelio pone sobre la mesa las similitudes entre la filosofía estoica que profesa el emperador y la nueva doctrina –“creo que eres un ejemplo de cristiano”, le dice Crispino, y los demás lo pensamos también– pero, más allá, nos traslada los dilemas de un hombre que es el líder del mundo cuando ya sabe que no vivirá mucho más. A su lado, su médico, Galeno, que le prescribe un tratamiento con opio que le lleva a sufrir alucinaciones. En una de ellas aparece su madre, Domicia Lucila y en otra su mujer, Faustina. A la primera le recrimina su falta de afecto cuando era niño. ¿Habrá sido él amoroso con Cómodo? En cambio, del breve tiempo que aparece en escena su esposa se hace imposible adivinar la influencia que pudiera tener en el nombramiento del hijo como heredero o la naturaleza de su relación, aunque Faustina se esfuerce en defender la paternidad de Marco Aurelio, al parecer cuestionada por algunos. Y le censure por “no vivir en este mundo”.

De hecho, uno de los episodios menos entendidos a tenor del resto de su biografía es cómo decidió legar el Imperio a su hijo consanguíneo Cómodo y romper con la tradición de hacerlo –como fue su caso– a uno adoptivo. Tratándose de un gobernante tan reflexivo, no parece tener explicación que no eligiera a otro sucesor siendo conocedor de las limitaciones de un Cómodo que no apuntaba maneras para ser un buen gobernante, algo de lo que el general Pompeyano le intenta advertir. El autor de la obra, fiel a la historia conocida, tampoco nos ofrece ninguna justificación. ¿Fue la estabilidad del Imperio, quizá? ¿Pensó acaso el protagonista que un césar más práctico y hombre de acción sería mejor para un reino en decadencia? Desde luego, el Marco Aurelio que nos presenta la pieza atisba ya el fin de Imperio Romano y de un modelo de sociedad. Toma una decisión, por la que todavía se le juzga, que se suma a la –también– aparente contradicción de pasarse en guerra buena parte de sus años como emperador a pesar de su interés por la filosofía, la razón y la cultura.

Dirigido por Eugenio Amaya y coproducido por la compañía extremeña Teatrapo –junto al Festival–, el montaje cuenta con un solvente José Vicente Cuesta, que dejó su retiro cuando recibió el proyecto, en la piel de Marco Aurelio. El resto del reparto (José Vicente Moirón como Cómodo, Gabriel Moreno como Crispino y Cándido Gómez como Galeno, entre otros) le secunda con oficio.

Se podría pedir alguna concesión a un sutil divertimento, más allá de las muy contadas a la sonrisa que hay a lo largo de la obra. Pero quizá haya pensado el dramaturgo que hubiera sido traicionar el estoicismo de Marco Aurelio y eso acaba con cualquier argumento. Solamente el coro, con sus coreografías y una música de muchos quilates, da tregua a la densidad de un texto que exige la concentración del espectador. De hecho, la pieza refleja muy bien su filosofía, aunque, en su final, el personaje podría haber experimentado una mayor evolución. ¿Debería haber arriesgado más el autor? Sí. Podría haberse aventurado a dar más protagonismo a los personajes femeninos, a elaborar alguna teoría acerca de la relación con su hijo y sus motivos para que le sucediera… Melindres que no impiden decir muy alto que el Marco Aurelio de Muñoz Sanz, Amaya, Moirón y Teatrapo merece mucha vida más allá de Mérida.

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