Cultura

El hambre no espera

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Todavía no del todo, pero los Estados Unidos iban camino de ser la primera potencia del mundo, y, no obstante, lo inmediato era que se caminaba hacia una respetable crisis que explotaría al año siguiente y que, a largo plazo, sería como un avance (un “trayler”) de la de 1929. Nada no esperado para los que, constatando que 1920 era año bisiesto, ya estaban preparados para lo peor. Pero lo peor aún se vivía en la Europa todavía desgarrada por las secuelas de la Guerra Europea. En primer lugar, el país vencido, una Alemania que, además de enzarzada en una guerra civil (el Ejército de la República invadiría la cuenca del Ruhr en persecución del Ejército Rojo), tenía que luchar con otro frente terrible: el del hambre que se cebaba, sobre todo, en los niños. Una infancia famélica y tristísima, miles y miles de niños desnutridos que miraban desde la desesperación en las fotografías publicadas en la prensa, también en la española.

Unos periódicos españoles que se ocupaban de una actualidad propia no menos difícil, en muchos aspectos, que la que llegaba del exterior. Porque la sociedad española aún vivía “de la guerra europea”, de las secuelas de una conflagración que había creado, por un lado, una nueva clase social: los “nuevos ricos”, que no habían tenido preferencias y habían hecho negocio tanto con los alemanes como con los aliados, indistintamente. Pero esos “negocios” y sus prebendas no llegarían a la mayoría del país, sumido ya en el hambre y en una carestía de artículos de primera necesidad realmente insoportables. De ahí las numerosas huelgas que se sucedían casi en bucle y que tocaría a sectores hasta entonces muy alejados de la conflictividad social, como fue una negativa a nivel nacional a pagar los alquileres por parte de un inquilinato explotado y humillado, con decenas de desahucios a diario. También hubo huelgas pintorescas, como los destocados -salieron a la calle sin sombrero- en Ceuta, o los componentes de una insólita Liga de la Alpargata en Almería, en ambos casos protestando por los precios prohibitivos de sombreros y gorras, y las populares alpargatas.

En cuanto a la actualidad de otros aspectos más minoritarios y, sin embargo, muy importantes como eran el mundo de la cultura, las ciencias o las artes, aún se hablaba del nuevo Instituto Cajal de Investigaciones Biológicas, inaugurado semanas atrás y llamado a desarrollar una importantísima actividad científica en el futuro. En el mundo de las letras (literatura, periodismo) se contaba con firmas importantes dentro del mundo literario que enriquecían las páginas de los periódicos con sus colaboraciones, como, un ejemplo, las de Miguel de Unamuno, Andrenio o la poeta Gloria de la Prada (todos ellos en las páginas del popular semanario Nuevo Mundo.) Una prensa, por cierto, que ya acogía un buen número de espacios destinados a la publicidad, una actividad que caminaba hacia una madurez evidente y tan importante como para que, en Valencia, se celebrara el primer Festival del Anuncio, con el desfile de vistosas carrozas (al estilo fallero) con temas ad hoc.

Se vivía apasionadamente las noticias llegadas de Rusia. De tal forma que por aquí todos tomaban partido, unos para denigrar la “dictadura roja” y otros para aplaudir a la revolución proletaria que iba a liberar del yugo a los trabajadores de todo el mundo. Todo un extenso reportaje publicado en el semanario antes citado, bajo una fotografía del líder soviético, se titulaba “El ideario de Lenin”, y su autor basculaba entre el aplauso a los logros de la revolución, o para compensar, el rechazo del hecho trascendental. Y, eso sí, era imposible no tomar partido ante las noticias “de Rusia”. Pues con todo ello iba a tener que lidiar el nuevo Jefe del Gobierno, el conservador Eduardo Dato, que tomó posesión de la Presidencia del Consejo de Ministros el día 5 de mayo. Apenas un año después, ese mismo ambiente tenso, político y social, se llevaría por delante la vida de este discreto político español, víctima de un atentado.

Fuera de España también se hacía patria… por parte de los artistas españoles dispersos por el mundo, un mundo que, en realidad, casi se acababa en París, destino inevitable para triunfar, que es lo que hizo la bailarina Laura de Santelmo al ser elegida para actuar ante un espectador (y amigos) de excepción: el mismísimo Príncipe de Gales, príncipe británico, desde luego, pero que casi vivía en París constantemente. Pero París, y Berlín, y Londres (incluso Nueva York o Buenos Aires) aún estaban lejos de la Puerta del Sol. Y para acortar distancias llegaba, iba a llegar, la radio. Todavía se comentaban las pruebas que habían tenido lugar poco antes, últimos días del mes de febrero, con la retransmisión directa de un concierto en Inglaterra, un aperitivo de lo que no tardando mucho sería la difusión generalizada de la TSH (Telegrafía Sin Hilos, o Radiodifusión).

Claro que España era, todavía, el país de los “toreadores”. Y ese mundo era el menos inmune a la fiebre apasionada de la “fiesta”. El colofón, y el cénit de ese apasionamiento era, siempre, la muerte de un diestro. Y si el matador muerto se llamaba José Gómez Ortega (“Gallito” o “Joselito”), y era de la raza calé, el “suceso” alcanzaba lo desmesurado. La tragedia tuvo lugar el día 16 de mayo en Talavera de la Reina, y el toro que lo empitonó se llamaba “Bailador”. La leyenda empezaría desde el minuto siguiente, con la publicación en todos los periódicos de una foto única: la de su cuñado y compañero en la corrida de aquella tarde, Ignacio Sánchez Mejías, junto al cadáver del malogrado torero, y llevándose las manos a la cabeza. Nunca olvidaría Sánchez Mejías esa tarde, y tampoco Juan Belmonte, el segundo del tándem Joselito-Belmonte, ídolos de los ruedos, mitad y mitad, como todo en España, coincidente con la división del país entre partidarios de uno y de otro.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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