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El miedo como elemento del control del Gobierno sobre la población, a escena en Tribeca

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El miedo como elemento del control del Gobierno sobre la población, a escena en Tribeca 1

NUEVA YORK.- Decía Maquiavelo en El príncipe (1512) que este es obedecido bien porque es temido, bien porque es amado. Desafortunadamente, el amor de los súbditos depende de consideraciones ajenas al propio príncipe en muchas ocasiones y, cuando menos, requiere de grandes esfuerzos y preocupaciones por su parte para mantenerse. En cambio, el temor siempre puede ser infundido de forma que la obediencia esté garantizada. El miedo como nuevo fundamento sobre el que se asienta la cultura política americana en lo que llevamos de siglo y las implicaciones que esta tiene a todos los niveles (sociales, económicos, derechos civiles y libertades) es el objeto de discusión que plantean dos de los documentales proyectados en el festival de cine de Tribeca.

Por un lado, Do not resist, el debut como director de Craig Atkinson, plantea la creciente militarización de la policía en EEUU, donde desde el 11-S se está produciendo un deterioro de las garantías constitucionales frente a los abusos del poder, con la coartada de poner coto al cada vez mayor peligro del terrorismo. Desde la aprobación de la controvertida ley de seguridad (Patriot Act), por parte de la administración Bush, las fuerzas policiales gozan no sólo de una mayor discrecionalidad en sus apreciaciones respecto de lo que constituye o no una amenaza terrorista, sino que su equipamiento y actuaciones se aproximan cada vez más al de una unidad militar.

Esto es precisamente lo que denuncia el documental: la compra de armamento pesado y de tanques blindados y la generalización de las unidades de intervención rápida (los famosos SWAT) en la policía de EEUU. La cinta denuncia que la militarización tiene poco o nada que ver con cuestiones de seguridad nacional, ya que en contra de lo que establece la propia Constitución americana, que impide la utilización del ejército en territorio nacional (salvo las milicias de los estados que en caso de guerra se pueden ‘federalizar’ por orden presidencial o el esporádico despliegue de la guardia nacional en labores de apoyo o sustitución parcial de los cuerpos policiales cuando estos se ven desbordados), la policía militarizada se usa en acciones contra sectores críticos de la población civil, como en los famosos disturbios raciales en la ciudad de Ferguson (Missouri) en 2014.

El documental nos muestra diversos lugares de EEUU donde incluso pequeños ayuntamientos han hecho uso de fondos federales para adquirir vehículos blindados. La situación llega hasta el paroxismo cuando vemos cómo el ayuntamiento de una pequeña localidad del sur de Virginia, con un sólo oficial de policía adscrito, aprueba la adquisición de un vehículo blindado que necesita dos operarios para funcionar. Otro de los momentos estelares viene precedido de una intervención de una unidad SWAT en Alabama para detener a unos pequeños consumidores de marihuana, en una actuación desproporcionada a todas luces. De hecho, se apunta a la generalización abusiva de las intervenciones de las fuerzas SWAT en los últimos años (25.000 intervenciones en 2009 frente a las escasas 8.000 en 1990) sin que el incremento esté en relación directa con el número de crímenes registrados.

Aunque podríamos acusar al documental de ser algo tramposo y maniqueo en la presentación de su tesis, lo cierto es que pone el dedo en la llaga de uno de los principales problemas actuales de EEUU: ¿Hasta dónde se puede o debe llegar para poner freno a la amenaza terrorista? Que no es más que otra forma de plantear la eterna pregunta: ¿El fin justifica los medios?. Mientras que Donald Trump, por ejemplo, plantea la tortura como medio de prevención de ataques terroristas, Sanders, por el lado demócrata, plantea la derogación de la Patriot Act y la utilización de esos recursos federales, que ahora se dedican a la guerra contra el terror, a paliar la pobreza que asoma en muchas partes de la geografía americana.

El debate acerca de cuánto y cómo se puede adelantar en la prevención del crimen está presente en todas las sociedades occidentales, donde hay un debate sobre el innegable conflicto que plantea la elección entre libertad y seguridad. No obstante, es en EEUU donde está más candente, pues es aquí donde más extremas se han tornado las supuestas ‘soluciones’ adoptadas para prevenir o contrarrestar el terrorismo y donde, proporcionalmente, más se han degradado las libertades individuales. No obstante, este debate también se ha vuelto a abrir en Europa tras los atentados de París y ahora de Bruselas; nos queda la esperanza de que aprendamos de las experiencias vividas en EEUU y no caigamos en sus errores tomando decisiones sin la suficiente reflexión y sin informar adecuadamente sobre sus consecuencias.

Amenaza terrorista y comercio de armas

Shadow world (Johan Grimonprez) también analiza el papel que la amenaza terrorista juega en la política internacional estos días. Sólo que lo hace desde la perspectiva del lucrativo negocio de las armas. El documental pretende mostrar al mundo cómo la amenaza del terrorismo se ha convertido en la enésima excusa de la industria armamentística y de los políticos corruptos para hacerse de oro a nuestra costa. El tema es interesante y está de plena actualidad, no sólo por la importancia en el empleo dependiente de esta industria en EEUU y por la influencia de sus grupos de presión asociados como la Asociación Nacional del Rifle (NRA) en la sociedad y, por ende, en los políticos, sino también por lo generalizado de los casos de corrupción que han asolado a los políticos a ambos lados del Atlántico en tiempos recientes.

Desafortunadamente, el documental naufraga enseguida, en la medida en que cae muy pronto en la tentación de caricaturizar a los personajes (Reagan, Thatcher, Blair, Obama.) y presentar los hechos desde un punto de vista muy parcial y estereotipado. Por momentos, parece más una arenga política contra el neoliberalismo, el capitalismo, contra EEUU y el mundo occidental en general, que un trabajo de investigación serio y riguroso sobre la industria del armamento.

Reagan con un arma durante un viaje en el Air Force One a California. Foto: Ronald Reagan Library

Reagan con un arma durante un viaje en el Air Force One a California. Foto: Ronald Reagan Library

La narración confunde hechos con juicios de valor, manipula descaradamente declaraciones de un lado y de otro (generalmente a favor del más ‘izquierdista’) y responde más a los planteamientos políticos y ensayísticos de la dupla Negri-Hardt en Imperio, al libro ‘conspiranóico’ en el que se basa (Shadow world: inside the global arms trade) y a las teorías del escritor uruguayo Eduardo Galeano que a un trabajo de investigación periodístico serio.

Meter en el mismo saco casos de corrupción, golpes de Estado en Sudamérica y la CIA, Arabia Saudí, el expresidente Blair… puede tener un efecto llamada a la movilización contra el ‘enemigo neoliberal’ entre un determinado público cercano a esa visión crítica de la política internacional de los últimos 40 años pero, también, justo el contrario en aquellos que busquen una visión más ponderada, menos dogmática y más crítica. Generalmente, este tipo de documentales suele tener más aceptación en los festivales que entre el en público general y rara vez llega a ser estrenado en los circuitos comerciales para el gran público. No sólo las dificultades de distribución son responsables, quizás el punto de vista tenga algo que ver también.

De la paranoia al asesinato: un crimen predecible

El affair Foxcatcher, en el que el excéntrico millonario y mecenas del deporte John du Pont asesinó al campeón olímpico de lucha libre Dave Schultz fue llevado a la gran pantalla en fechas recientes con la película del mismo nombre dirigida por el director americano Bennett Miller con notable éxito de crítica. A diferencia de la película de Miller, que se toma ciertas licencias narrativas, el documental Team Foxcatcher pretende un acercamiento muy riguroso a los hechos.

La cinta, del director asociado a la HBO John Greenhalgh, nos acerca a la génesis de la tragedia que ocurrió en 1996 en la inmensa finca del magnate americano. Usando material rodado durante la época, el documental ofrece un acercamiento bastante preciso a la compleja personalidad neurótica de Du Pont, su paulatina caída en la paranoia y los intentos infructuosos de Dave Schultz y otros miembros del equipo olímpico de lucha libre por intentar ayudar al excéntrico millonario. El documental presenta a Du Pont (un millonario misántropo, traumatizado y preso de manías persecutorias) como una víctima más de la tragedia que entre 1988 y 1996 se gestó en su propiedad del estado de Pensilvania. También apunta a la responsabilidad (al menos moral) que pudo tener tanto el Comité Olímpico Americano como la policía del condado de Delaware, que ignoraron por demasiado tiempo los síntomas de inestabilidad mental crecientes de Du Pont.

Tras la premiere mundial del documental, la viuda de Schultz, presente en el estreno, se dirigió al auditorio, visiblemente emocionada, para agradecer a Greenhalgh el retrato humano de su marido y para pedir que por fin se establezca en EEUU algún tipo de medida de control sobre la posesión de las armas (un derecho constitucional garantizado por la segunda enmienda) para evitar que se den con frecuencia tragedias vinculadas al uso de las mismas.

Humor ‘vs’ ofensa: ¿respetar a las víctimas o transgredir los límites?

En The last laugh, el director Ferne Pearlstein trae a colación una polémica presente en los medios americanos y que no nos es desconocida tampoco en España, tras el affair del concejal del ayuntamiento de Madrid, Guillermo Zapata, sobre el humor relativo al holocausto. EEUU es un país con importantes minorías raciales, culturales y religiosas donde impera un gran sentido del respeto y de la corrección política, de forma que hay una especie de censura encubierta acerca de formas humor que puedan herir sensibilidades. Un ejemplo de esto último lo encontramos en el tema del humor negro sobre el holocausto. El documental pretende explorar los límites de la libertad de expresión en relación a la trivialización humorística de la Shoah y para ello inquiere en la visión que sobre el tema pueden tener supervivientes de los campos de exterminio nazis, así como sus familiares y también conocidos humoristas americanos, como Sarah Silverman, cuyos chistes antisemitas han causado enorme malestar en importantes sectores de la sociedad americana.

Mel Brooks en 'The last laugh'. Foto: Ferne Pearlstein

Mel Brooks en ‘The last laugh’. Foto: Ferne Pearlstein

Por un lado, el documental apunta a la idea de que el humor negro, presente en innumerables obras literarias y artísticas, puede tener un efecto catártico que conjure las malas experiencias y los traumas. De hecho, en Auschwitz los propios judíos allí confinados en condiciones infrahumanas usaban el humor para ridiculizar sutilmente a sus captores. También se apunta en la cinta que los límites del humor muchas veces están en consonancia con la distancia histórica. Esa distancia histórica permitió el acercamiento paródico de Mel Brooks a la paranoia antisemita de la Inquisición Española en su película La loca historia del mundo (1981) o a la barbarie nazi en Los productores (1968).

No obstante, si alguien ha llegado más lejos en sus parodias de la Shoah esa ha sido la humorista Sarah Silverman, que ha protagonizado diversos incidentes que tienen a los judíos como protagonistas. Silverman se justifica de las críticas alegando que “sin estereotipar, no hay posibilidad de hacer comedia”. Una forma de hacer comedia, la estereotipación, sobre la que se asienta la obra de otro gran humorista neoyorquino como es Woody Allen, quien no ha dudado en hacer chistes en muchas de sus películas asociados con estereotipos vinculados al judío (avaricia, victimismo paranoide…). En cualquier caso, fijar el límite que establezca la frontera entre el estereotipo y el prejuicio parece marcar la línea entre el humor negro y el antisemitismo burdo.

El documental no pretende dar una respuesta a un asunto, el de la interpretación del humor y sus sentidos, que tiene mucho que ver con las sensibilidades, la herencia cultural de cada país y por supuesto con su propia historia y experiencias. Además, está la naturaleza filosófica del propio acto lingüístico humorístico (en la línea de Searle, Austin, Grice y demás filósofos del lenguaje) y el respeto a la dignidad de las víctimas de un acto tan inhumano como fue el holocausto.

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