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El momento de la prensa

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En aquella España de hace un siglo convivían (casi siempre dándose la espalda) la modernidad y el atraso, la riqueza y la miseria entendidas no solo en lo material versus lo espiritual (no entendido como lo religioso), sino también en cómo vivir la cultura. Por ejemplo, el periodismo y los periódicos. Era una actividad muy viva, con mucha variedad en la oferta y excelentes firmas. Por aquellos meses se sumó a las abundantes cabeceras existentes una insólita publicación titulada “Perfiles”, ya extraña y prohibitiva desde el propio precio: 15 pesetas, cuando un semanario costaba como mucho una peseta (y, cuando, precisamente por aquellos días, la prensa diaria había “subido” hasta los diez céntimos). De una excelente presentación y con una colección de ilustraciones y caricaturas firmadas por los mejores artistas del momento, como Penagos, Bartolozzi, Ribas, Bujados, Fresno, Marin, Ochoa, Tono, Sileno, Tono, y un José Zamora desatado, autor de unos increíbles y bellísimos dibujos de la última moda internacional. No le iban a la zaga los literatos, aunque para hacer más rara la revista, abundaban las escritoras, como Emilia Pardo Bazán, María de Echarri o Josefina Romero. Se trataba de un sutil feminismo que se completaba con extensas biografías de damas antiguas y modernas
que sobresalieron en las artes o las ciencias.

“Perfiles”, como otras publicaciones contemporáneas, dos ejemplos: “La Esfera” o “Blanco y Negro”, resultan al estudiarlas auténticas piezas informativas de un momento de España y del mundo, y de las aficiones e inquietudes de los españoles de 1920. Por ejemplo, en cuanto a la moda (que resaltaba y embellecía al ya citado José Zamora), o en referencia a los “sports”, aún reducidos a las clases altas a excepción del ya popularísimo balompié. Así mismo, la publicidad daba la pauta de lo que a la gente le gustaba. Curiosamente, la mayor parte de los anuncios a toda plana eran de automóviles, con marcas y modelos (algunas y algunos olvidados) como Mercedes, Renault, Sunbeam, Hispano-Suiza, Fiat o Brasier -gran lujo-. Como demostración de lo pujante del vehículo a motor, los concesionarios abrían sus escaparates de venta-exposición en la zona de moda, la novísima Gran Vía madrileña (la italiana Fiat). Por cierto, una avenida aún en construcción donde se iban mudando establecimientos nuevos y lujosos de otras materias y especialidades, como, destinado para el gran mundo, un epatante escaparate y una exquisita tienda: Baglietto, Merino y Palomero, dedicada a muebles y decoración.

El mundo del espectáculo, aún encerrado en el Madrid más tradicional, también ensayaba la mudanza alejada de ese mismo casco urbano. Era, por ejemplo, el cabaret Parisiana, un precioso hotelito de dos plantas en los altos de la Moncloa, un lugar que era casino, teatro, restaurante y, se decía, lugar de citas discretas entre adúlteros, o como excusa para la galantería de algunas cupletistas, que acudían allí de madrugada, tras echar el cierre los salones en los que habían actuado. Otros music-halls se situaban a mitad de camino entre el primero y los segundos. Así, el Ideal Rosales, en el paseo del mismo nombre, también era meta de noctámbulos que acudían a la llamada de una artista guapa, en este caso, Emilia de Benito, y otras “40 bellas señoritas”. Pero, claro, este era el mundo de los privilegiados más o menos. El pueblo (el populacho para las élites) se conformaba, o bien embruteciéndose con los toros o, más barato, cogiendo curdas monumentales en las tascas de las Ventas, Cuatro Caminos o la Bombilla.

Fuera de Madrid, en su tierra, era homenajeado en Vitoria el compositor Jesús Guridi, un inspirado músico que estaba en su mejor momento. Y, en cuanto a literatos, los había pobres y ricos (como en la sociedad), y entre los últimos, seguro que ya se sentía un potentado Juan Aguilar Catena, novelista favorito de las lectoras, que acababa de publicar “Los enigmas de Mari Luz”, con ventas aseguradas ya antes de salir a la venta. Todo ello convivía con las convulsiones político-sociales que azotaban al país y a la sociedad, de manera que el pueblo empezaba a detestar a los políticos y a la política de la Restauración, con el bipartidismo turnante, ya agotado. De manera que un diario madrileño, “La Acción”, tenía una sección fija titulada, irrespetuosamente, “Política y Politiquería”.

Del exterior llegaban un par de noticias curiosas e interesantes: en París acababa de fallecer Gabrielle Réjane (conocida como Madame Réjane), una extraordinaria actriz de las obras de Dumas, hijo, y Sardou que hizo durante toda su vida solo eso, comedias, y que adoraban los franceses, también por su cegadora cabellera dorada. Y, esto iba de crónica negra, en el Teatro Nacional de La Habana, mientras cantaba Enrico Caruso, una bomba lanzada en pleno teatro produjo heridas a más de un centenar de espectadores. No estaba claro ni el autor ni la causa -o la excusa- para aquel atentado, aunque la prensa hablaba de que podría tener relación con un robo anterior al propio tenor de 500.000 francos en joyas. Lo cierto era que, según noticias llegadas de Cuba, el enorme escándalo producido por la explosión conmocionó a toda la ciudad de La Habana.

José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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