Cultura

El oro de los zombies

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Valquiria

Al inicio del tercer acto, suena La cabalgata de las valquirias. Es complicado no pensar en los helicópteros en Apocalypse Now apareciendo en el horizonte antes de destrozar una aldea vietnamita. En la película, el tema no es ajeno, no forma parte de la banda sonora posterior, sino que está dentro del espectáculo de la destrucción que dirige el teniente Kilgore. Uno de los aparatos tiene un reproductor y unos altavoces para que la música anime al resto. “Empieza la danza”, dice.

El tema ya se había usado en la Segunda Guerra Mundial para acompañar el noticiario de guerra alemán y, antes, D.W. Griffith también lo había elegido para la escena cumbre de El nacimiento de una nación, el ataque del Ku Klux Klan. En Apocalypse Now, ya sin héroes, algunos soldados se sorprenden, sonríen, otros permanecen serios, uno de ellos acaricia una de las bombas, otro reza. El tema se interrumpe para dejar paso a otra música incidental, la salida del colegio; a lo lejos, Gerhilde llama a sus hermanas.

Al inicio del tercer acto, la destrucción ya se ha producido. La batalla ha dejado el campo lleno de cadáveres y las valquirias deben recoger las almas de los mejores soldados para que formen parte del ejército del decadente Wotan frente al profetizado ataque de los nibelungos. No dejar de trabajar, no dejar de producir, el sueño del neoliberalismo. Las hermanas se acercan a los cuerpos y, tras resucitarlos, se dirigen como zombies hacia la escalera que separa el reino de los humanos del Valhalla. La escena se convierte en una buena metáfora del mundo donde todo el mundo debe ser productivo, donde todo debe ser una mercancía que compita en un mercado sin reglas. Adderall y Ritalin son nuevas hermanas de las valquirias. Quizá, ese es el momento donde la puesta en escena de Robert Carsen y Patrick Kinmoth se acerca a la palabra distopía.

El Real pone en escena ‘La Valquiria’

Tras el prólogo de la temporada pasada (El oro del Rhin), el Real pone en escena La valquiria, la primera jornada de El anillo de los nibelungos. Como en la anterior, Robert Carsen y Patrick Kinmoth, ideólogos de la puesta en escena, sitúan la acción en un mundo militarizado que ha sufrido una catástrofe ecológica y en el que existe una desigualdad brutal. Los hombres viven errantes en un desierto invernal en el que tienen que luchar por su supervivencia mientras que los dioses están refugiados en un chalet en una urbanización cerrada.

Estos apuntes quizá eran fantasía cuando la puesta en escena comenzó a ser concebida, pero ya no representan un mundo distópico o, al menos, se encuentran más cerca de la prospectiva y la cabalgata es un ejemplo. Todo lo que Coppola quería denunciar, la crueldad, la deshumanización, la espectacularización, es decir, el reverso del heroísmo fanático de Griffith, se retuerce en esta nueva época y el espectáculo hace que no quiera decir nada. En Jarhead (El infierno espera), de Sam Mendes, los marines se animan viendo la escena de Apocalypse Now. Tararean la música a gritos y abuchean a los niños que salen de la escuela.

En la presentación, Joan Matabosch, director artístico del Real, señaló que la puesta en escena muestra la destrucción progresiva de los lazos afectivos entre los personajes bajo el peso de un sistema de que una máquina de deshumanización. La ambición puede llegar a destruirlo todo. Es interesante cómo, en muchas ocasiones, se habla con expresiones abstractas del capitalismo, el modelo económico que espantaba no sólo a Wagner. El filósofo Karl Polanyi estudió ese momento histórico en La gran transformación y sus reflexiones más interesantes también se centran en las consecuencias sociales y morales de la conversión de todo, desde la tierra a los seres humanos, en mercancía. Para él, la clave también era la desintegración del ambiente cultural provocada por la privatización de las tierras y sus consecuencias posteriores, como la individualización o la explotación en las fábricas.

El mercado provoca flexibilidad y movilidad, ya que la mercancía –mano de obra– no puede decidir dónde o cómo se ofrecerá en venta, lo que provoca un desarraigo que ahora conocemos como precariedad. Los precarios hombres luchan, mueren y resucitan para seguir luchando; es decir, produciendo. Los dioses, resguardados en su castillo, tienen miedo de perder el poder, concentrado en el anillo forjado por el nibelungo Alberich. Todos muertos, todos encerrados, todos zombies. La tensión de la desigualdad lleva años apareciendo como uno de los temas básicos de las ficciones y el principal cambio que se ha producido en los últimos ha sido el paso de la ciencia-ficción al realismo.

La escena inicial conecta con la nieve con la que se despedía El oro del Rhin y se agradece esa austeridad que busca ser apocalíptica. Sin llegar al abigarramiento de otras propuestas, el prólogo tenía escenas con cierto exceso de elementos y la desnudez escénica de La Valquiria, mayor a medida que avanza la acción, deja todo el peso en el reparto, que lo sostiene sin problemas. Los mejores momentos pivotan en torno a Brünnhilde (Ricarda Merbeth). Sus diálogos con Wotan (Tomasz Konieczny) y, sobre todo, Siegmund (Stuart Skelton) son los mejores momentos de la obra. Quizá, el personaje del dios está un poco encorsetado, además de en el uniforme, en la metáfora de ese poder y ambición que destruyen el mundo conocido.

Es una obra de diálogos que provocan procesos emocionales, ya que el amor parece ser la única fuerza alternativa capaz de mover ese mundo estático, el amor prohibido, que se enfrenta a alguna de las normas establecidas y tiene un componente de sacrificio. Siegmund renuncia a la gloria por permanecer con su amada y Brünnhilde conoce esa compasión que le hará desafiar a su padre, Wotan, cuyo miedo y frustración (de lo que amo, tengo que alejarme) se transforma en ira. La orquesta es casi otro personaje y, en la dirección musical, Pablo Heras-Casado se esforzó en marcar la delicadeza de los momentos emocionales de una partitura tan monumental como bella.

En ese mundo deshumanizado y cruel, queda la llegada del héroe, el hombre libre que se elevará sobre todas las normas conocidas, que se situará más allá de la moral, ese ser distinto de los humanos a quienes los dioses prohibieron el valor al hacerlos obedientes. Una esperanza que ha creado demasiados monstruos.

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Jorge Dioni
Leo y escribo. Tengo gafas y pelo en la cara como Luis Carandell, Vázquez Montalbán y el Gato Pérez.

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