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Escritores malditos

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Escritores malditos

Habían pasado ya dos años del final de la Guerra Europea, y tres de la Revolución Rusa. Pues bien, ambos temas no decaían en la prensa española, si bien utilizados como munición para hablar de los problemas del país. Unos periódicos que, día tras día, llevaban noticias de desahucios y de hambrunas, desgracias extendidas por doquier y de los que se interesaban en ambientes no revolucionarios y en la prensa no precisamente de izquierdas. En todas partes se seguía la evolución del régimen comunista ruso con enorme interés. Por ejemplo, en el popular -y burgués- semanario Nuevo Mundo un largo artículo titulado “Todos bolcheviques” reconocía que Lenin no tenía que molestarse en exportar su revolución a España ya que, se decía en el artículo, se bastaban nuestros gobiernos, incapaces de gobernar para el pueblo, para lograr que crecieran extraordinariamente los revolucionarios españoles, encandilados por las noticias que llegaban de los Soviets. Se había enterrado un llamado Ministerio de Abastecimientos, no ya sin pena ni gloria, sino en el más absoluto de los desprecios por su inutilidad. Y, se decía en esa misma crónica, era natural que los socialistas españoles estuvieran ya con un pie en la Tercera Internacional moscovita (luego se vería que no era así, pero sí que una parte de aquel PSOE se rebautizaría PC (Partico Comunista).

En el Congreso Feminista de Ginebra (con la representación española a cargo de Isabel de Palencia) se trató el tema eterno, que no era otro que el de la necesaria prohibición de la prostitución reglamentada. Se decía en un suelto publicado en la prensa, que, solo en Madrid, había más meretrices que en París, lo que, según el articulista, hablaba mal de nuestra pretendida moralidad, y en especial de una sociedad que admitía esa realidad como mal menor. Y como lo femenino no paraba, en las mismas fechas una figura importante de la intelectualidad, el periodista y escritor José Francos Rodríguez, se arrancaba con un valiente escrito titulado “La mujer y la política española”, donde acusaba de la invisibilidad de nuestras compatriotas en la escena política, haciendo, de paso, una encendida defensa de ellas y sus derechos (por entonces aún negados).

Había más de una España, y junto a las dos anteriores, una de las más visibles era la de la realeza y noblezas patrias. La prensa desplegaba sus mejores noticias para la larga visita del rey Alfonso XIII a Barcelona donde, además de darse un baño de popularidad (al menos eso decían los gacetilleros), pasó desapercibido uno de sus actos más modestos: la inauguración de unas maquetas que anunciaban, por primera vez, la futura gran Exposición pensada para la capital catalana (y que, como se sabe, no se produciría hasta nueve años más tarde). La otra España, similar en cuanto a “visibilidad”, era la que se encuadraba en lo relativo a las artes, en especial las plásticas, y a su lado, las literarias. Entre las primeras, seguían los reportajes sobre los ganadores en la ya clausurada Exposición Nacional de Bellas Artes, con el Premio de Honor de la exposición otorgado al escultor cordobés Mateo Inurria por su sensual escultura titulada “Forma” -más otra complementaria, y así mismo de formas femeninas muy erotizantes: “La Parra”-. Otro nombre importante se llevó a casa el premio de grabado con un tema marítimo. Se llamaba Daniel Vázquez Díaz.

Lo literario tenía un nombre: Antonio de Hoyos y Vinent, “autor maldito” (que él mismo se encargaba de difundir), que escribía una literatura marginal en cuanto sus héroes siempre lo eran enfrentados a la moral y convencionalismos oficiales. Su último título era toda una andanada intencionada en cuanto descriptiva de la temática de su narración: “Las lobas del arrabal”. Junto a él, otro escribidor más convencional, aunque no por ello menor ya que Wenceslao Fernández Flórez vendía elegancia literaria con unas gotas de humor e ironía, marca de la casa. Su último título era “Ha entrado un ladrón”, y además de sus novelas anteriores, el futuro aún le premiaría con una merecida fama con novelas casi siempre interesantes y divertidas.

Los cuplés continuaban con sus estrenos (no cesaban), y casi siempre, como popularizadores de temas del día y de moda. Y qué duda cabía que, hace un siglo, los “sports” se vendían muy bien como saludables actividades para la gente, pero, obviamente, solo posible para una parte mínima que podía practicarlos. Pocos tenían automóvil, y muchos menos los que podían pilotar un aeroplano. Lo que no era óbice para que sus héroes (los del automóvil y, en este caso, los de la aviación) gozaran de una enorme popularidad. Pues bien, el cuplé ahí estaba de testigo, y por aquellos días salió un disco titulado “¡Cuidado aviador!”, un homenaje, sí, a los pilotos, pero, al final, engullida la historia por la picardía e intencionalidad habituales en los cantares sicalípticos. La intérprete de este tema, Blanca Azucena, empezaba así: “La mujer de Blas García,/ capitán de aviadores,/ como es guapa y es coqueta,/ tiene mil adoradores”. A partir de ahí solo era una historia de cuernos ya que “la mujer de…” se veía a escondidas con un capitán de barco (digamos que la competencia). A la enorme popularidad de las cupletistas contribuyó, y no poco, la ya boyante industria del disco, que ocupaba los espacios más caros de la publicidad para anunciar, por ejemplo, el aparato reproductor La Gramola, que hacía sonar maravillosamente los discos marca Gramófono (La Voz de Su Amo).

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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