Cultura

Felipe Ducazcal: diputado, director del ‘Heraldo de Madrid’ y amante de la gresca

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Felipe Ducazcal

Felipe Ducazcal y Lasheras, que esos eran sus apellidos al completo, aunque la gente de su tiempo, admirada del personaje (o escandalizada, según quién), lo conociera por un alias rotundo: “El Gran Filipo”. Auténtico gamberro en una época convulsa (antes de la palabreja de los cincuenta), golfo siempre y, también, por qué no, excelente emprendedor y empresario, llegaría a sacar un periódico que enseguida se adueñó de la prensa vespertina progresista: el Heraldo de Madrid. Pero eso fue cuando ya empezaba a sentar la cabeza (hasta llegó a diputado). Antes, como decimos, fundó y encabezó la conocida como Partida de la Porra, una manada de violentos y amantes de la gresca (se calcula que una treintena), a veces al servicio de la realeza, o a veces, al contrario. Pero sus horizontes eran muy amplios y también se metió en el mundo de la farándula, levantando un teatro de verano en el Retiro que, a cuenta del personaje y su egolatría, se llamó, claro, Teatro Felipe, en el que, por cierto, se estrenaron grandes obras líricas. Sin ir más lejos, la celebérrima zarzuela La Gran Vía.

Individuo peligroso –a pesar de que, de buenas, era un encanto y con los años refrenaría sus ímpetus–, sus peleas y broncas solían terminar, en algunos casos, en el correspondiente y obligado duelo (si bien alguno se convirtió en una broma más, como el que tuvo por contrincante a Salvador María Granés, un guasón de marca mayor que, pensándoselo mejor, le propuso a su probable enemigo que era mejor el irse a cenar a los Jardines del Buen Retiro, y así lo hicieron).

La cara social de Felipe Ducazcal

De resultas de otros, sin embargo, como el que lo enfrentó a Paul y Angulo (el anarquista), en esa ocasión recibiría el impacto de una bala que le entró por el cuello, pero no salió, lo que le hacía ir con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado. Su otra cara, la social, era tan verdadera como la anterior. En su teatro del Retiro y sus jardines anexos se celebraban los más famosos banquetes y las reuniones de la gente más popular, y que figuraban en el candelero.

En aquel paisaje bucólico y en un coqueto quiosco de música, con su correspondiente orquesta, se amenizaban las comidas, las cenas, las representaciones de sketches o, simplemente, se veía desfilar por los paseos todo un mundo colorista y bullangero que solía acudir a tan acogedor lugar.

Había nacido en Madrid en 1845, y falleció en la misma ciudad a los cuarenta y seis años, en 1891; se dijo que como secuela de aquel disparo de Paul y Angulo. Con el personaje se iba la ya tristemente célebre “partida de la porra”, luego reaparecida con otros nombres en el tiempo, pero imitando la violencia de la primera.

Moría Felipe Ducazcal, y con él desaparecía el diputado, el amigo del general Prim y, sucesivamente, frenético activista al servicio, sucesivamente, de la Gloriosa, Amadeo I o Alfonso XII. En fin, con Felipe Ducazcal ya en el otro mundo, en ese instante nacía su aureola y su leyenda, como -en otro aspecto de su vida: el lúdico- la fama de sus juergas nocturnas en el Café de Fornos, en el coincidía, por ejemplo, con el increíble perro Paco.

Muchos recordaron, así mismo, en el momento del óbito su faceta de empresario teatral que, antes de ser empresario del suyo de verano, había llevado en algún momento, el timón de otros, como la Zarzuela o el Apolo.

Leer más: El pensamiento relativo

José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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