CulturaArte

Fernando Villalón-Daóiz, el poeta aristócrata que terminó en la pobreza

0
Fernando Villalón

Poeta, terrateniente, ganadero. Aristócrata de sangre campera, Fernando Villalón–Daóiz ejercía de histriónico agreste y marismeño. Autodidacta compulsivo, su excelente vena poética no le impedía aparecer como un ser estrafalario e impredecible. Conde de Miraflores de los Ángeles, no tuvo empacho en codearse con la “infantería” de los poetas de la vanguardia e, incluso, con los posteriormente llamados del 27. Apasionado por la historia y la leyenda, en esta última faceta se empeñó en desentrañar algunos secretos del pasado, como la realidad del Imperio Tartésico, tan próximo geográficamente a su vida al aire libre. Taurófilo, pero también teósofo y, lo llamaríamos hoy, seguidor de las ciencias ocultas, algunos “amigos”, como el malogrado Mauricio Bacarisse, no tuvieron inconveniente en tacharlo de brujo y próximo a temas de magia y encantamientos. Componente, al principio, del grupo de poetas alrededor de la revista sevillana Mediodía, se enfadó con sus compañeros y “emigró” a Huelva, junto a Adriano del Valle y Rogelio Buendía -así mismo colaboradores hasta entonces de la revista hispalense- y, en dicha ciudad, sacaron la competencia de aquella, titulada Papel de Aleluyas. Sin embargo, su antigua cabecera, y cuatro años después de morir, le publicó su reportaje póstumo: “Ritual para obtener la vara mágica”, donde demostraba, sin remisión, su entrega al mundo más allá del real y palpable, remontándose a ritos paganos y perdidos en el tiempo que él soñaba con recuperar. La posteridad, por cierto, haría que sus amigos se dividieran en dos: los que lo ensalzaron hasta la divinización y los que, sin dejar de reconocerlo como excelente poeta, dudaban de su cordura.

Poeta extraño y persona singular, como autor solo vio publicadas en vida tres de sus obras, permaneciendo otras muchas inéditas hasta que, pasados varios años, le editaron su Taurofilia racial. Los tres títulos aparecidos en vida del poeta fueron: Andalucía la Baja, Romance del 800 y La Toriada. Apasionado del campo y de los toros, también corría por sus venas sangre aristocrática, aunque apenas usó su título de Conde de Miraflores de los Ángeles. En sus años de estudiante del bachillerato tuvo como compañero a otro -futuro- poeta: Juan Ramón Jiménez, y a un no menos popular -con el tiempo- comediógrafo: Pedro Muñoz Seca, aunque realmente sus amigos o sus compañeros más próximos serían los de la Generación del 27. Decidió morirse el mismo año, 1930 (había nacido en 1881), y casi al mismo tiempo, de otro autor peculiar como fue Gabriel Miró. Solo tras su muerte (muchos años después: en 1944) se editaron sus Poesías Completas. Entre los que lo trataban, y aunque no era un seudónimo, era conocido, más que como Villalón, como un inefable “Poeta Brujo”.

Fernando Villalón fue un hombre vital y amante del campo y la ganadería, siendo muy familiar su estampa de centauro a lomos de algún brioso corcel recorriendo sus fincas, como lo que era: un “señorito andaluz” -esa era la estampa- aunque, claro, enseguida era indultado de ese pecado por su cultura y amistad hacia sus amigos vanguardistas y hasta revolucionarios. Fue gran amigo de estos camaradas y, según obligados rumores, también de sus amigas. Que fueron, al parecer, numerosas pero que, como suele ocurrir, al final sólo se contaría una: en su caso, la que, habiéndola conocido años atrás, nunca se separó de él hasta su muerte. Se llamaba Concepción Ramos, y fue la mujer humilde, agitanada y muy hermosa, que permaneció a su sombra, incluso en las horas finales de su vida y las postreras a su defunción. Atrás quedaba en el recuerdo de los que le conocieron su amor a su tierra (abandonó en pocas ocasiones Andalucía), sus lecturas compulsivas anarquizantes y marginales, y sus obcecaciones ya citadas, respecto a los toros, y así mismo a una panoplia de creencias más allá de lo natural.

Fernando Villalón, de la riqueza a la pobreza

Fernando Villalón pasaría, en poco tiempo, de ser un hombre rico a serlo pobre y arruinado. Solo la compañía de su amada Concha paliaba su tragedia. Su patrimonio (o parte de él) lo había dilapidado en la apuesta por ideas absurdas (o maravillosas, según), como era el cruzamiento de sus reses hasta conseguir -eso soñaba- toros “con los ojos verdes”. También se llevó parte de su hacienda otro sueño imposible: rastrear hasta ubicar exactamente el mítico Tartessos. Y así, desapareció un patrimonio más que potente, producto de la venta de sus tierras al torero Juan Belmonte. Con un ambiente extraño a su alrededor en su propia tierra, decidió viajar hasta Madrid, donde moriría este, sobre todo poeta, pero no menos amante de la teosofía, la nigromancia y, ya auténtico despilfarrador de vivencias, se dice que hasta practicaba la hipnosis. Su última excentricidad a punto de morir -y su postrer capricho- fue el que le enterraran con su reloj funcionando…

Olvidado o aparcado en años posteriores, en 1941 alguien se acordaría de él. Era andaluz, como el propio Villalón, y se llamaba Manuel Halcón, además, primo de nuestro hombre. Pues bien, en ese año salió un pequeño volumen con el título de Recuerdos de Fernando Villalón, propiciando así el rescate de un poeta, en verdad discutido, pero realmente de una gran valía y elegancia en su obra.

El cine de Marvel, Scorsese y el Ragnarok

Iberia Alexa
José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

    Scorsese, delirios de realidad

    Entrada anterior

    Ciudadanos puede y debe revolucionar la investidura

    Siguiente entrada

    También te puede interesar

    Comentarios

    Los comentarios están cerrados.

    Más en Cultura