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Galdós: ¿Realismo o metafísica?

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Benito Pérez Galdós
El escritor Benito Pérez Galdós

Durante las últimas semanas, con motivo del centenario del fallecimiento de Galdós, ha vuelto a suscitarse la muy antigua polémica sobre su figura y su valor literario, generalmente a partir de consideraciones de índole personal e incluso ideológica que, de forma inevitable, suelen estar cargadas de prejuicios y poco o nada vienen a aportar al conocimiento o la divulgación de la personalidad y la obra de una de las figuras más importantes de la historia de la literatura española. En estas circunstancias, tal vez fuera pertinente tratar de acercarse a su creación no desde el sentimiento particular, sino desde argumentos puramente técnicos, académicos y ontológicos, y tratando de aplicar la neutralidad intelectual que, lejos de ser una figura ornamental del discurso retórico, es la obligación de todo el que pretende acercarse a cualquier forma de conocimiento a partir de un pensamiento crítico.

La fecundidad creadora de Galdós

Lo primero que llama la atención en Galdós es su fecundidad, su potencia creadora. Escribió setenta y siete novelas –con un total de ochenta y siete volúmenes-, además de veintidós obras de teatro. Pero todo este caudal literario no se limita a describir un sector de la sociedad más o menos conocido por el autor, ni se circunscribe a una temática o unos postulados admitidos sin crítica y reiterados una y otra vez como punto de partida de cualquier reflexión posterior, ni se ciñe a unos protagonistas de uniformidad preestablecida o caracteres tan limitados como previsibles: el mundo novelesco de Galdós abarca una sociedad íntegra, desde las capas más bajas hasta las más altas, sin olvidarse de los desarraigados, los discapacitados e incluso los locos. Y no solo eso: más allá de los personajes, indaga en todos los aspectos de la vida y de las estructuras sociales – la historia, la religión, la economía, la moral, el poder, la hipocresía, incluso el erotismo-, y en cómo estas circunstancias influyen en el comportamiento humano.

Por eso Madariaga definió la literatura de Galdós como “Un minucioso estudio de la naturaleza del hombre y de la vida toda a través de los ojos de un observador sin prejuicios”; por eso Casalduero concluyó que, si Larra se preguntaba “Dónde está España”, la pregunta que se hacía Galdós era “Cómo es la gente de España”; por eso el propio Galdós explicó que lo que buscaba con sus novelas era tratar de comprender “el vivir, el sentir y hasta el respirar de las personas”, y por eso autores como Ángel del Río afirmaban que Galdós no solo resistía la comparación con los grandes escritores de novela del siglo XIX, como Dickens, Balzac o Tolstói, sino que, en algunos casos, esa comparación le era favorable. Porque, por si fuera poco, ese análisis pormenorizado de todos los estratos y aspectos de la condición humana es llevado a cabo desde múltiples perspectivas –la histórica, la abstracta, la simbólica, la psicológica- y desde diferentes discursos narrativos –el realista, el espiritual, el político, el puramente descriptivo e incluso el fantástico, como sucede con una de sus últimas obras, El caballero encantado-. No hay ni un solo escritor posterior a Galdós, ni aun en nuestros días, que resista la comparación en cuanto a la capacidad de dar vida a tal variedad de tipos, ambientes y personalidades, todas ellas mostradas desde puntos de vista contrapuestos y complementarios y siempre con un certero dibujo psicológico de los personajes y un profundo conocimiento de sus distintos entornos e influencias.

Para entender mejor y con más claridad lo expuesto anteriormente, basta con hacer un somero repaso por algunos de los títulos y los argumentos de su obra: en Doña Perfecta (pero también en Gloria o en La familia de León Roch), denuncia el clericalismo y los males que la intolerancia religiosa acarrea a la sociedad y al individuo, demostrando cómo la imposición de una moral hipócrita es capaz de destruir las relaciones más puras y de qué forma el fundamentalismo ideológico o religioso se opone al progreso del conocimiento. Pero en Marianela, novela en la que la idea central es la del poder liberador de la ciencia, al final plantea una duda inquietante, ya que la ciencia, al devolver la vista a Pablo, destruye a la protagonista, que había basado su vida en la ilusión de un amor perpetuo al que sacrificó su pasado y su presente para, al cabo, quedarse sin futuro. Y dando un paso más allá, en Misericordia nos muestra, con absoluta naturalidad y sin tomar partido, el heroísmo de la caridad cristiana, fruto de la fe, frente al egoísmo del materialismo científico, que renuncia a cualquier tipo de sacrificio de índole moral. La contradicción del comportamiento humano es una constante en Galdós, desde el cura de Tormento, poseído por todos los vicios y bajezas, hasta el virtuoso Nazarín, pasando por el conflicto moral del Federico Viera de Realidad, un aristócrata envilecido capaz de cometer las ruindades más insospechadas y que, sin embargo, al final, demuestra poseer un indudable sentido de la dignidad suicidándose para evitarle  más daño a su amante carnal, una mujer casada a la que, en realdad, nunca quiso.

Un creador de indudable potencia

Galdós nunca fue un gran artista de la forma literaria, como si lo fueron Clarín, Valle o, un poco más tarde, Gabriel Miró; pero sí fue un creador de indudable potencia, capaz de construir personajes de un profundo calado psicológico mediante el cual indaga en el espíritu inquieto, turbado, atormentado, con frecuencia contradictorio, del ser humano. Y lo hace sin predicar, sin moralizar, sin tratar de conducir al lector hacia un discurso aleccionador preestablecido como tesis, sino que generalmente indaga en la relación del hombre con la sociedad y se pregunta –en la mayor parte de los casos sin obtener respuesta- si los fanatismos políticos, religiosos o sociales no terminarán por destruir la conciencia individual del ser humano. Y así, Fortunata y Jacinta, su obra maestra, se convierte en la síntesis de todo su trabajo como novelista: explora el movimiento de la vida a través de todas las capas sociales y de todas la circunstancias posibles –la prostitución, el clero, la generosidad altruista, la caridad hipócrita, incluso la locura-, y lo hace con el fin de edificar una conciencia personal que se sobreponga a los dictámenes morales de ese mundo social que, en realidad, aspira a condicionar e incluso a determinar el valor, el comportamiento y la existencia del individuo. Por eso Luis Cernuda afirmó que en el realismo aparentemente estricto de Galdós “Hay una trascendencia metafísica que solo comparte con otro novelista de su época: Dostoievsky”.

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