Cultura

Gloria Laguna y la posibilidad de amar en cualquier dirección

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Gloria Laguna

Pocas unanimidades se han dado respecto a un personaje, como en el caso de la aristócrata Gloria Laguna. Todos sus contemporáneos sólo discrepan en el grado de golfería de esa rama rebelde de la nobleza, unos para ensalzar sus modos libres e independientes, otros para hundirla en el fango de todas las depravaciones. Seguramente, la cosa estaría en un término medio. Emparentada con el también rebelde a su clase Antonio de Hoyos y Vinent, novelista “maldito” y de costumbres bastante disolutas para su tiempo, este personaje, junto a sus amigos no menos sospechosos -Pepito Zamora y la propia condesa, prima de Hoyos, los componentes de ese grupo atípico eran, en ciertos círculos, muy populares por sus conocidas excursiones a los barrios bajos madrileños (entendidos, también, bajos en lo moral) en busca de emociones fuertes.

La condesa de Requena compartía esa anarquía social con, por ejemplo, seguir compulsivamente la moda, las más variopintas modas, dando un paso más hasta convertirse, ella misma, en implantadora de gestos y hábitos que, un buen día, descubría cómo muchas mujeres se saludaban, o vestían o hablaban como se decía que lo hacía Gloria Laguna. En el caso del saludo, éste consistía en un movimiento especifico de los dedos de una mano, a la manera de aporrear un llamador o aldaba, o, también, como si esos dedos de esa mano estuvieran rascando algo. Pero esto no dejaba de ser una nimiedad porque, realmente, toda ella era motivo de curiosidad.

Un ‘castigo’ a tanta depravación

Por ejemplo, muchos de los asistentes a los salones sicalípticos de cuplés, apenas prestaba atención a lo que ocurría en aquellos pequeños escenarios y desviaban su atención hacia el lugar en el que la traviesa Gloria, siempre acompañada por alguien sospechoso, acababa dando la nota comunicándose con signos gráficos más que evidentes, con alguna de aquellas cupletistas de moda, en este caso con Emérita Esparza. Pero no era la única, el affaire con la Esparza tuvo un colofón trágico en esa ocasión, aunque en otro local, éste en el muy respetable Teatro de la Zarzuela.

Aquella noche actuaba la misma artista, y como un reloj, allí estaba, también, la Laguna repitiendo guiños y saludos, a su vez, observados por el resto de los espectadores. Pero esa jornada iba a acabar mal porque poco después un pavoroso incendio destruía el local. De inmediato, la prensa y la opinión conservadoras interpretó aquello como un castigo divino a tanta depravación…

El posible nuevo idilio de Gloria Laguna

Incluso, con motivo de la muerte de otra célebre cupletista, la Fornarina, salió a relucir un nuevo, posible idilio, que se habría producido entre ambas. Porque, al parecer, hubo testigos de que, cierta noche, en otro salón en el que actuaba Consuelo Vello (salón de los de “sólo para hombres”), allí estaba, en primera fila, nuestra condesita como casi única espectadora de las de su sexo, aplaudiendo a rabiar y comiéndose con los ojos a la después malograda cantante.

Contaban los testigos que, después, hizo una primera visita al camerino de la intérprete del Policihinela. Desde ese momento, la condesa de Requena no dudó en exhibirse con ella en cualquier reunión social, ajena, como hizo siempre, a las habladurías o, incluso, provocándolas adrede. El interés por el cuplé -y por sus diosas- no paró ahí, y a la Esparza y la Fornarina seguirían otras colegas de aquellas, como la napolitana Olympia D’Avigny, o, también, con la exótica danzarina Tórtola Valencia.

Ella misma siempre fue pasto de comentarios insidiosos, no obstante, su lengua viperina devolvía con creces los vituperios, no respetando jerarquías ni proximidades, incluso familiares o de clase. Acusada de todas las “debilidades” (sin exceptuar esas tendencias lesbianas, fijas o aleatorias). La vitalidad de esta mujer y sus inquietudes, la hacían, no obstante lo anterior, “amar” en cualquier dirección.

Por ejemplo, un buen día decidía exhibirse con el torero de moda (pongamos que Bombita) al que, desde el palco de la plaza, lanzaba besos, oles y hurras, se los mereciera o no, sin rehuir el enfrentarse con media plaza que, a su vez, los espectadores devolvían improperios a compartir entre su ídolo y ella misma. (María de la Gloria Collado del Alcázar había claudicado en su momento, y contraído un matrimonio de clase en 1904 con un noble muy noble, pero arruinado y golferas que no amaba a su mujer. La misma burlada esposa que, pasado un mes escaso, dio por rota la forzada unión: a partir de ahí, ella sola reinaría sobre ella y viviría su vida.)

Sin duda, Gloria Laguna se llevó de este mundo una leyenda de genialidades quizás muy abultadas por el “se dice…”. En su mundo era ya un clásico el estribillo: “¿Sabéis el último chiste de la Laguna?”. Y se soltaba el chiste que, a lo mejor, ni siquiera lo sabía la nombrada. Lo que no quería decir que, no sólo no fuese capaz de haber dicho o inventado aquellas anécdotas, casi siempre venenosas, sino que, los que la conocían podían asegurar que los comentarios se quedaban cortos al adjudicarle aquellas paternidades, y no sabían, por ejemplo, que el lenguaje coloquial de la condesa de Requena era tan crudo y obsceno como el del más blasfemo cochero de punto.

Decían de ella los que la conocieron, que, pequeña de estatura y poco agraciada, hacía olvidar esa realidad conduciéndose como unas castañuelas en su mímica, siempre risueña y apicarada, y digna de las “majas” goyescas. “Morena, pequeñita, pizpireta” la describió un plumífero benévolo, que podría haber añadido  otros sumandos, como que había fumado desde muy joven de forma compulsiva -cuando, en una mujer, eso era depravación-, y, también, que en política, no ocultó en su momento su simpatía con Sagasta (Partido Liberal). En cuanto a creencias, se proclamaba librepensadora.

Aunque en relación a esto hay una anécdota reveladora: residiendo en Murcia, quiso congraciarse con la ciudad y regaló un manto a la Virgen de la Fuensanta, un manto que había encargado al modisto de moda en París: Worth. Pero una vez enviado a la ciudad, las autoridades eclesiásticas locales lo rechazaron. Gloria Laguna no perdió la sonrisa y espetó al señor obispo que se lo llevaría a su casa y lo utilizaría como colcha… Pasarían tres lustros para que la clerecía se olvidara de la pecadora y, por fin, la virgen murciana pudo lucir su lujosísimo manto.

Había nacido en Madrid en 1878 y moriría en la misma ciudad en 1949. Ya durante la República empezó su ostracismo (los tiempos eran otros). Y, al parecer, en los primeros años cuarenta, se creyó en la obligación de solicitar dinero y ayuda para las enfermeras que se enfrentaban a los espectros llegados de Rusia, aquella División Azul diezmada en la patria del proletariado (colaboración, por cierto, no bien recibida por el falangismo oficial). Luego, sin duda, asfixiada en sus últimos años en una dictadura clerical y antifeminista, destilación macabra y sádica contra todo lo que ella había querido vivir -y vivió a tope- años atrás, la condesa de Requena, más conocida por Gloria Laguna, se fue al otro mundo mucho más discretamente que en los muchos momentos de su vida, nimbados de todo lo contrario.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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