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Un humor ácido pero divertido: la leyenda de Ramper.

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Ramper

Era el clásico payaso, sí, pero algo, o mucho más. Acróbata y equilibrista extraordinario, caricato impecable e inventor de tantos chistes que, la mayoría, ni siquiera eran suyos. Le colgaron en cada momento el sambenito de los chistes políticos, lo que le llevó en más de una ocasión a tener dificultades con los personajillos de cada régimen -vivió al menos en tres- que, sin distinción de color, se sentían aludidos en las palabras, con perversas intenciones en clave, del artista. El nombre artístico fue, en principio, compartido con su hermano Perico (“Ram Per”) hasta un día aciago de 1920 en el que Perico murió al lanzarse al agua en una playa donostiarra, al calcular erróneamente la profundidad del fondo marino. A partir de ese trágico suceso actuaría en solitario, aunque para no estarlo tanto, en algunas actuaciones le acompañaban los lloriqueos de un bebé entre bastidores, cuyos llantos “interpretaba” su mujer, escondida tras los decorados. Madrileño y castizo, a Ramón Álvarez Escudero, sin embargo, mucha gente lo creía extranjero, quizás por su costumbre de empezar sus actuaciones con acentos exóticos y expresiones poco correctas: “Respetable público: mí tener el gusto de…”  El éxito fue tan meteórico que, muy pronto, se encontró “solicitado” por discográfica La Voz de Su Amo para que grabara en discos sus textos absurdos. A partir de ahí, el cómico fue, también, un nombre, una marca comercial, un “Ramper” aplicado a mil y un objetos: desde cajas de bombones, hasta pijamas, pasando por una variedad de juguetes infantiles, y, en fin, hasta alguien llegó a embotellar un anís con la marca “Ramper”.

Apasionado por su trabajo, en diversas entrevistas afirmaba que “todo me parece poco para lograr la risa. Nada me detiene, nada me cohíbe”.  Ni siquiera, al parecer, la acritud de algunas de sus parodias dirigidas contra compañeros y compañeras del mundo artístico y del espectáculo. Pasaría al recuerdo de toda una generación su “interpretación”, en una absurda versión muy sui géneris, del cuplé El Relicario, que concluía nuestro humorista extrayendo de su pecho una alpargata vieja y usada, en lugar del objeto que daba título al celebérrimo cuplé (Raquel Meller cantaba, en la versión correcta, que el torerillo se extraía de allí un relicario, precisamente). Pero parodiaba también a otros y otras artistas y temas, pero, casi siempre, acababa por contar con el beneplácito de las propias imitadas (que eran más numerosas que los imitados), incluida la propia Raquel Meller, que hasta lo protegió durante un tiempo. Otras figuras que se vanagloriaban de actuar con Ramper eran, por ejemplo, la enorme Pastora Imperio, o la trepidante y frenética bailarina la Yanquee, a las que acompañó en un gran espectáculo a la mayor gloria de la reaparición de la primera en el teatro Coliseum de la Gran Vía.

Ramper realizó sus propios espectáculos

Pero el caricato Ramper pasó, de formar parte de espectáculos ajenos, a tener los suyos propios, y ciertamente de calidad. Uno de los más exitosos sería el titulado Ramper y sus satélites, en el que llevaba incorporados artistas de gran calidad, en este caso, alguien dijo que había dejado a Hollywood hecho un barbecho, ya que entre los actuantes estaban figuras internacionales como el  Ballet The 8 Golden Dancers, la pareja Delores and Dori (que habían intervenido en el film La calle 42), la Orquesta The 10 Iris Serenaders, otro excéntrico bailarín cinematográfico llamado Willy Bells, la xilofonista Berta Shilanova y, ¡menos mal!, un compatriota: el “ruiseñor navarro” Raimundo Lanas, extraordinaria voz lírica. A la sazón -en los meses anteriores a la guerra- Ramper, el gran excéntrico, oculto siempre tras su cara pintada (“de calavera”, afirmaba), se consideraba un hombre feliz al no tener que sufrir la servidumbre de la popularidad. “Yo, en la calle -decía-, le digo a un señor que soy Ramper y no se lo cree, aunque se lo jure por la salud de mis hijos”.

Hombre atlético y de fuerte constitución, se curtió en los locales de la Gimnástica Española. De allí saldría para actuar de malabarista y payaso, utilizando un primer alias un tanto masoquista: “Torpe”. Pero aquella “torpeza” le llevaría hasta el cénit de su carrera, sobre todo a partir de 1928, año en el que se presentó por primera vez, como figura estelar, en el Circo Price madrileño. A partir de ahí, mecido por las suaves olas de la fama, acabaría cruzando el charco y actuando en América. Tiempo después, a su regreso, siguió con su ya antes iniciada fama de chistoso antigubernamental, fuesen los gobiernos parodiados monárquicos, republicanos o, después de la guerra, el mismo franquismo. Porque, insistimos, era ya un lugar común la carga crítica de sus famosos chistes políticos, que inaugurara con un primer destinatario: el dictador Primo de Rivera, y de camino contra el Rey, andanadas humorísticas -pero hirientes- que continuaron cuando llegó la República contra el gobierno de turno, e incluso -tiempo vendría- hasta contra Franco.

A esas alturas todos conocían -o decían conocerlas- las anécdotas (algunos solo las admitían como leyendas) sobre actuaciones siempre un tanto indefinidas, pero con el denominador común de la sátira contra los poderosos, para el mismo artista, un tanto absurdas y desmesuradas que él, prudentemente, solía poner en entredicho (puede que por su propia seguridad). Llegó a negar la realidad de estos desahogos contra los que mandaban, y seguro que era cierto en el último caso -era jugarse la vida el aplicarle al “Caudillo“ su receta satírica, dado el nulo sentido del humor del dictador-, aunque no en el resto, ya que todos recordaban como parodiaba desde los escenarios a Primo de Rivera con la cantinela preferida por éste de “la nación está conmigo”, de manera que durante aquel régimen, Ramper siempre finalizaba sus monólogos con esa frase. Por ajustarse a la verdad a veces, o a veces por no haberse producido, lo cierto fue que, a pesar de su negación de tales autorías, alguna vez sí que fue detenido o molestado por alguno de los personajes aludidos en aquellas.

Pero Ramper no solo era un chistoso, ni únicamente un hombre físicamente preparado, era lo que hoy diríamos un progresista cercano a reivindicaciones, entonces pujantes, como el feminismo. Por ejemplo, en su escenario-pista preferido, el Price madrileño, dio cabida a un programa-espectáculo volcado en reivindicaciones cercanas al feminismo. Era el primero de muchos que seguirían, amparados bajo el epígrafe común de “Programas Fémina”. En el primer programa todo el personal del Price, absolutamente todo (incluidas las “mozas” de pista), eran mujeres, con una sola, clamorosa (y divertida), excepción: la del propio Ramón, oculto tras su clásica “calavera” blanca. Puede que, por lo raro del suceso o porque ya había cierta atmósfera favorable, lo cierto fue que, en cuanto a aquellas funciones, acabaría colgándose de la taquilla, todos los días, el cartel de “No hay billetes”.

Pero el espectro artístico de Ramón Álvarez ambicionaba abarcar más, y en vísperas del golpe del 18 de julio iba a reiniciar -o eso creía- una carrera cinematográfica de corta trayectoria que había comenzado, en 1927, con su participación en Frivolinas, y continuado con algunos cortos experimentales sobre el cine sonoro, recién llegado a España. Ahora, en el verano de 1936, sería ese mismo, fatídico, día 18 de julio cuando estaba previsto iniciar el rodaje de una película titulada ¡Bimbo! ¡Bimbo!, un ambicioso proyecto de una productora española, al parecer con participación de las alemanas Ufa y Emelka, y con el protagonismo absoluto de nuestro inefable payaso acróbata. Nunca sabremos qué hubiera sido esta historia fílmica de un veterano de las tablas, pero casi debutante en la pantalla, como tantas cosas, de no haber sido cortada de raíz por los trágicos acontecimientos. Por cierto, a partir de los cuales y durante el asedio de Madrid, ahí estuvo Ramper en los mil y un festivales benéficos pro Frente Popular, teniendo el don de la ubicuidad ya que un mismo día -y casi a la misma hora- aparecía en un escenario, en un cine o en un mitin. Sería, por ejemplo, la figura estelar de un gran espectáculo titulado Variedades 1938, en el que estuvo acompañado por otros artistas, como la luego malograda Mary Paz, la cantante María Arias o el gran José Cepero. Después le llegaría cierto ostracismo -el franquismo no era ninguna broma- a partir de la posguerra, de manera que su fama se fue apagando, hasta el año 1952, en que falleció en Sevilla en una triste habitación de hotel, ciudad en la que iba a actuar. Sus restos fueron trasladados  a Madrid -donde había nacido en 1892-, siendo expuesto el cadáver en la pista de su amado Circo Price, donde fue despedido por miles de personas que después siguieron al féretro por las calles madrileñas, en una insólita despedida masiva para con un “cómico” (en todos sus significados).

Pero con su muerte no se acabó Ramper ya que sería de los pocos elegidos que sobrevivirían a su existencia física. Y, aparte del lugar común de mucha gente que decía saber el chiste correspondiente de Ramper a propósito de cualquier situación, también sería, post mortem, sujeto de crónicas, artículos y libros sobre su vida. Uno de los títulos más interesantes sobre su ciclo vital sería Ramper. Una vida para la risa y el dolor. Leocadio Mejías lo publicó en 1957.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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