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In Spain we call it ‘Eurodrama’

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Chanel

Han sido días de polémica en redes sociales que se ha extendido también a medios tradicionales y finalmente, tras un cuestionado silencio posterior a la celebración del festival por parte de RTVE, este miércoles la corporación pública ofreció una rueda de prensa sobre el tema de la semana: los resultados del Benidorm Fest.

Como breve recordatorio, el sistema de votación para elegir al próximo artista que representará a nuestro país en Eurovisión -cuyas bases eran conocidas desde la presentación del festival- se componía de un jurado (cinco expertos elegidos por RTVE, con el 50% de la decisión en sus manos), un panel demoscópico (350 personas elegidas por IPSOS, con el 25%) y el televoto (espectadores que, a través de llamadas y mensajes de texto, aportaban otro 25%).

El jurado y la crítica a la tecnocracia

Las principales acusaciones vertidas sobre los “tecnócratas” que auparon a Chanel, frente al voto demoscópico y al televoto que apostó masivamente por Tanxugueiras, han incidido en que el peso de su veredicto corrompió la voluntad popular de manera dudosamente democrática. Lo cierto es que parece razonable que en un concurso organizado por una gran empresa de comunicación, y que no deja de ser un espectáculo televisivo que a su vez funciona como antesala de otro espectáculo de alcance internacional, exista un grupo de profesionales del sector que valoren las candidaturas bajo criterios quizá menos ideologizados que el de los seguidores de cada artista y más cercanos a las preferencias y tendencias de la industria musical. Esto no implica que dicha opinión vaya a ser la correcta, ni siquiera más correcta que la del 50% complementario, sino simplemente que su existencia puede tener sentido como contrapeso.

Otras voces hablan de “tongo” y dibujan la victoria de Chanel como una especie de juego de trileros concertado. El desgrane de las puntuaciones anonimizadas parece apuntar a la ausencia de algún tipo de acuerdo tácito en torno a la ganadora, más allá de cuestiones llamativas como que uno de los miembros otorgara mayor puntuación al artista que no pudo actuar en directo (Gonzalo Hermida) que a uno de los que sí (Tanxugueiras). O que otro de los miembros otorgara la máxima calificación a Chanel pero completase su pódium con dos de las candidaturas más improbables (Xeinn y Blanca Paloma), no sabemos si en un intento de perjudicar a sus rivales más competitivos.

En cualquier caso, considero un error poner el foco en el voto concreto que pudo emitir cada uno de los expertos y no en los problemas objetivos asociados al funcionamiento y composición del jurado: el primero, que lo constituyeran cinco profesionales y no diez, veinte o veinticinco, lo cual hacía excesivo el peso de la valoración de cada miembro sobre el resultado final. También cabe preguntarse cuál habría sido dicho resultado si el jurado lo hubiesen conformado expertos diferentes en cada una de las tres galas.

El segundo problema, aunque tal vez más relevante, es que los puntos sumados por cada artista fueran desglosados en cada una de las semifinales. Esta forma de proceder es un elemento clave en la medida en que la información significa poder y el sistema vigente facilita al jurado, con independencia de sus respetables preferencias artísticas, ejercer un voto estratégico y coordinado que, de respaldar con vehemencia a una de las opciones, le permitiría penalizar a otras candidaturas fuertes en la final gracias a las cartas desveladas en las semifinales previas. A diferencia del Benidorm Fest, en cada semifinal de Eurovisión los candidatos (países) clasificados se anuncian en un listado que no desvela los puntos recibidos por cada uno de ellos. Con esta mecánica, tanto jurado como público acuden “a ciegas” a la cita final.

El voto popular, una reforma pendiente

Igual de polémico o más que el del jurado ha sido el voto popular (o televoto). A la vista de los resultados, la crítica más extendida se ha dirigido al método de asignación de los puntos, que provocó que un 70% de apoyo para Tanxugueiras se tradujese en 30 puntos en el recuento mientras que el 4% de apoyo a Chanel otorgase a la artista nada menos que 20 puntos mediante el conocido como método Borda -también empleado en Eurovisión-, donde lo que importa es el orden en que los candidatos llegan a la meta (primero, segundo, tercero y hasta octavo) y no con qué porcentaje de apoyo lo hacen. Es un sistema que puede resultar controvertido, pero posee la virtud de “corregir” la sobrerrepresentación de sectores hipermovilizados en favor de determinadas opciones, lo cual resulta especialmente interesante cuando el canal de votación es un mensaje de texto (o una llamada) que cada elector puede enviar tantas veces como esté dispuesto a invertir o que incluso compañías telefónicas podrían adulterar fácilmente para promocionar a un determinado artista.

Lo problemático del voto popular es, a mi juicio, que no exista un número de participaciones limitadas por individuo y que el diseño del sistema permita al telespectador ejercer su voto a favor de un único candidato y no puntuar a los ocho en orden de preferencia, eliminando los incentivos de coordinación de los que sí se beneficia el jurado. La propuesta de resolución de esta disfunción no presentaría grandes dificultades: sustituir los mensajes y las llamadas por una aplicación que identifique cada terminal desde el que se vota -como ya ocurrió en la preselección de 2018, cuando los telespectadores eligieron “Tu canción” a través de la app de Operación Triunfo- y ofrezca la posibilidad de elaborar un ranking de preferencias -como ya permite la aplicación del propio festival de Eurovisión. El incentivo de esta modificación no sería tanto alterar los resultados finales (la ganadora, Chanel, podría mantener el Micrófono de Bronce posicionándose como segunda preferencia de mucha gente que en esta edición solo pudo expresar la primera) sino complejizar la dinámica para reforzar la legitimidad del proceso participativo.

El voto demoscópico, ¿más representativo?

Por su parte, el sistema de panel con 350 personas que pretenden representar las preferencias de la población española –y no solo las de acérrimos seguidores del festival- parece reunir ciertas ventajas de los dos sistemas anteriores y una desventaja menor: la opacidad respecto a quiénes componen esa muestra. No obstante, su veredicto ha sido menos polémico al no diferir en exceso del resultado global y ser el más reñido: entre el artista más apoyado por el panel (Tanxugueiras) y el que menos (Xeinn) ha habido un rango de apenas cuatro puntos porcentuales.

El eurodrama y los nuevos “eurodramáticos”

Las reglas del festival, por las que algunos periodistas y nuevos críticos eurovisivos se muestran ahora tan sorprendidos, eran conocidas de antemano. En este punto lo lógico parece acatar los resultados desde una perspectiva crítica y tratar de alejar la discusión de las teorías de la conspiración y de las faltas de respeto que en nada contribuyen a la imagen y a la salud mental de los artistas participantes -cuya deportividad y compañerismo han sido ejemplares- y tampoco al futuro del propio festival.

Sí es procedente reflexionar sobre los efectos que el diseño de los sistemas electorales, que por definición son siempre perfectibles, tiene sobre los resultados que producen y sobre las percepciones asociadas a su validez. En este caso, y aquí entra una opinión estrictamente personal, la desafección generada en torno al producto no ha tenido tanto que ver con la inapelable calidad de la actuación ganadora sino con que en primera posición se alzara una candidata con un impacto discreto durante las semanas previas –en cuanto a expectativas y a cifras de reproducciones en distintas plataformas- y que, desde un criterio completamente subjetivo, irá a Turín con un estilo menos sorprendente de lo que muchos habríamos esperado y más en sintonía con lo que la industria musical está acostumbrada a fabricar.

La realidad es que en un festival como Eurovisión está todo inventado, desde las apuestas más discotequeras hasta el folclore y pasando por el indie, pero en el último mes se había extendido la percepción de que el Benidorm Fest materializaba un esfuerzo sin precedentes de RTVE para no solo mejorar el nivel de nuestra preselección respecto a ediciones anteriores, sino además reconectar con el certamen europeo a amplios segmentos de la población a los que llevaba más de una década sin interesar y que han vuelto a desviar su atención una vez que las dos propuestas con los sellos más personales, más nuestras, van a quedar como himnos que tararear emocionados pero no cruzarán las fronteras el próximo mes de mayo.

Como diría Rigoberta: in Spain we call it “eurodrama”.

Álvaro Lario
Politólogo por la Universidad Carlos III de Madrid. Actualmente trabaja como asistente en el Congreso de los Diputados.

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