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La Cuarta Pared desnuda el hoy y el aquí del ser humano en las ocho escenas inapelables de ‘Nada que perder’

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La Cuarta Pared desnuda el hoy y el aquí del ser humano en las ocho escenas inapelables de ‘Nada que perder’ 1

Joder con la Cuarta Pared. Con Nada que perder. Y con Kant.¿Qué es el hombre?”, se preguntaba el filósofo prusiano. Pues bien, una buena aproximación a lo que es el hombre aquí y hoy, es decir, en este desdichado país y en estos momentos, nos lo resume perfectamente, en ocho escenas sin desperdicio –ni una coma gratuita–, la última propuesta de la sala de la calle Ercilla, que ha vuelto a representarse tras el éxito cosechado en su estreno la pasada temporada.

Una extraordinaria obra de autoría conjunta, excelentemente interpretada y que no da puntadas sin hilo. Ni una, me atrevería a decir. Recuerdo los últimos trabajos de la compañía, algo lejanos ya en el tiempo pero no en la memoria: Rebeldías posibles –que me pareció un maravilloso ejercicio teatral– y Siempre fiesta –para mí, por debajo de la anterior–, dos obras con las que Nada que perder completaría un conjunto de tres piezas al modo de otra de sus aplaudidas propuestas, la Trilogía de la Juventud. Teatro para desasosegar –¡larga vida!– preñado de preguntas y de repreguntas, porque eso es la existencia. Para los que deciden saber, claro, y también renunciar a la complacencia de la ignorancia. El guión de la obra está tan pulido, tan engrasado, que da gusto. Y no puede dejar a ningún espectador indiferente.

Una puesta en escena, además, original, con la presencia perenne de un tercer protagonista que, sin estar implicado en una acción que siempre involucra a dos, cuestiona lo que ve, comenta lo que escucha y lanza mensajes al público, al modo de una especie de conciencia crítica colectiva. Es este personaje –encarnado esta vez por ella, pues los tres actores de Nada que perder se turnan en su interpretación– quien nos introduce en el primer tour de force al que asistimos, un tenso encuentro entre un padre, que se dedica a enseñar, y un hijo que ha acabado en comisaría, en el que nos asaltan dudas como quién educa a quién, si es posible no entender que el “tú deberías…” continuo no ayuda o cómo confiar en alguien si no se hace en un padre. Es genial la coda, a cargo de la tercera en discordia, con el inventario de lo que contiene la mochila del profesor.

La disyuntiva entre la descorazonadora verdad o la felicidad de la ignorancia se hace más patente a continuación. El querer saber, el querer no saber, el querer saber solo aquello que nos permite seguir viviendo, el querer saber lo que antes no queríamos saber… A medida que avanza la pieza, más madera. De nuevo, la familia. ¿Somos rehenes de ella? ¿Por qué blanqueamos tantos recuerdos? Un poco más adelante, la constatación de que la justicia es muy desigual para todos. De todo lo que consigue quien puede tener (y pagar) un buen abogado. De que una causa pospuesta es una causa ganada. De la perversa justificación de que el robo, las ilegalidades o las comisiones son admisibles porque están generalizadas y porque no nos han regalado nada.

A escena, sin solución de continuidad, la obligatoriedad de sentirse apóstol de una empresa, de una marca (love mark se dice en la obra, una guasa frente a love brand), de compartir sus valores y de trasladarlos. La constatación de que ese mantra sirve para aguantar cualquier cosa, explotación laboral incluida, la vive un cobrador del frac a lo Cervantes, con el cuello escondido por la gola, que se identifica con la situación de aquel al que tiene que perseguir y apremiar.

Frente al público, la pesadilla de una familia, con el presente negro y el horizonte negro también. La presión de una madre hacia su hijo para que acumule dinero, influencia y poder como sea, a costa de lo que sea, como compensación por todo lo que no tuvieron su marido y ella. Una madre chantajista que no para de dar consejos al edil corrupto que aspira a ser alcalde. ¡Cuánto nos suena! Igual que esa frase tan manida y tan deleznable: “Como todos hacen lo mismo…”. La culpa, siempre, es del otro: del que regala y no del que recibe. Y, si alguien critica, es porque vivimos en un país de envidiosos que harían lo mismo si pudieran.

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Para cerrar el círculo, el destino del que se formuló las preguntas correctas porque solo quería que las cosas se hicieran bien. Las consecuencias de su denuncia, los implicados a raíz de la misma, su familia y él mismo han estado sobrevolando el resto de escenas, que van adquiriendo todo su sentido al final. El engranaje encaja. Sin piezas sueltas. Es momento entonces de recordar detalles que contribuyen a definir a los personajes que han poblado la obra. Sobre todo, al cabeza de turco de turno. Al que actúo según su conciencia y la ley y acabó marginado, desfamiliarizado, alcoholizado, ignorado y arrinconado porque no se plegó. Porque no fue como la mayoría, ni tampoco pudo ya dar marcha atrás y ha pagado un precio altísimo que ni siquiera redime una especie de justicia divina que se manifiesta a través de un animal salvaje de un zoo. Todo ello antes de asistir a un epílogo prodigioso con preguntas imprescindibles y corroborar que el atrezo, como si fuera una metáfora, sale de la basura, de las bolsas que se acumulan en el sencillo escenario. Se puede hacer tanto con una mesa y dos sillas… Cuando hay inteligencia, claro.

Para mí, una de las cuestiones principales que plantea la obra es cómo actuar conforme a lo que marcan las normas que nos hemos dado y a la ética cuando no eres tú solo el que se coloca en peligro por hacerlo, sino que la amenaza también se extiende a los que te rodean. ¿Principios o familia? Que lo hayamos visto mil veces en cine y teatro no le resta ningún interés aquí. Tampoco es gratuita la bajada a las cloacas de una sociedad en crisis que desgraciadamente conocemos bien pero a la que no debemos acostumbrarnos. No tendríamos que dejar de hacernos preguntas. Ni pensar que hacer lo correcto no sirve de nada. Porque, como dijo Ortega y se cita en la pieza, podemos ser filósofos o sonámbulos. Cada uno, decide.

Dramaturgia: Quique y Yeray Bazo, Juanma Romero y Javier C. Yagüe

Dirección: Javier G. Yagüe

Reparto: Marina Herranz, Javier Pérez-Acebrón y Pedro Ángel Roca

Escenografía: Silvia de Marta

Iluminación: Alfonso Ramos

Edición musical: Carlos Bercial

 Producción y distribución: Cuarta Pared

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