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La perplejidad como único estado de lucidez posible del periodista

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La perplejidad como único estado de lucidez posible del periodista 1

“Este mundo cambia tan deprisa, de forma tan radical y violenta, que no puedo escribir ningún libro ni dar ninguna descripción convincente. No hay tiempo para hacer una reflexión profunda desde fuera”. Las palabras, del maestro de periodistas Ryszard Kapuscinski, las cita Vicente Romero (Madrid, 1947) en una imprescindible y sincera introducción a su último libro, Habitaciones de soledad y miedo. Corresponsal de guerra, de Vietnam a Siria, que acaba de publicar Foca.

Toda una declaración de intenciones como cabal aperitivo a la lectura de un volumen de casi 600 páginas que recorre, con tono calmo y pausado, pero potente, los principales acontecimientos mundiales de los últimos 40 años, de los que Romero ha sido testigo directo. Así, el lector recorre estancias de Mozambique, Siria, Kosovo, Chad, Irak, Tanzania, Guinea Conakry, Sierra Leona, Bosnia, Somalia, Argelia, Ruanda, Vietnam, Camboya, Uganda, Guatemala, Paraguay, Sudán, Kenia, Haití, Argentina, Chile, Nicaragua, Filipinas, Liberia, Estados Unidos, Tailandia, Etiopía, Angola, El Salvador, Rusia, Perú, Afganistán…

En las facultades de Ciencias de la Información era habitual, hace no tanto tiempo, que lo más deseado por los alumnos que comenzaban una carrera más vocacional entonces que ahora fuera acabar como corresponsales de guerra. En la actualidad, lo preferido parece ser convertirse en tertulianos de un programa de éxito o estrellas de la radio. Por eso, lo que primero advierto, con nostalgia y tristeza, al tener entre mis manos el libro de Vicente Romero es que recuerda tiempos mejores. Épocas, además, que han fenecido porque, en este mundo globalizado de internet, ya tenemos la certeza de que no volverán. Siempre habrá alguien en el lugar donde ocurran acontecimientos noticiables –sea o no periodista– que mande crónicas desde allí –sean o no información contrastada y elaborada según un código deontológico– que le salga, al medio de turno, mucho más barato.

Haber presenciado en primera línea de fuego hechos de vital importancia para el devenir del mundo, haber podido vivirlos y contarlos, como ha sido el caso de Romero, es un sueño para todo ‘plumilla’ que ame su profesión. Sin embargo, ese periodismo “ha claudicado y sacrificado su vocación de informar a la espectacularización reinante, entendida como banalización y servidumbre a intereses ajenos”, como escribe el autor de Habitaciones de soledad y miedo, a quien en la solapa se define como “corresponsal volante” y una de cuyas intenciones con este libro es la denuncia: de la hipocresía de Occidente, de la estulticia de gobiernos, instituciones y organismos internacionales víctimas de estúpidas burocracias, del absurdo comportamiento de buena parte de los ejércitos, de la infinita capacidad de nuestros semejantes para el mal… “Asomarse a lo más oscuro del ser humano da vértigo pero, con todo, siempre hay lugar para la esperanza, de la mano de quienes, ante la ineficacia oficial, actúan a título individual para tratar de paliar el horror que otros han sembrado”, alega.

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Viene a cuento preguntarse si lo que Romero ha transmitido a lo largo de su extensa trayectoria profesional ha servido de algo. Si ha hecho mella en la opinión pública, en los gobernantes. Él mismo parece responder cuando afirma: “Lo peor es la frustración de saber que la tarea de mostrar las consecuencias de un orden mundial basado en la injusticia radical no contribuye a cambiarlo”. ¿Y cómo se vuelve a la realidad de amigos, familia y hogar en este afortunado rincón del planeta después de acercarse tanto a conflictos que harían mella en cualquiera? Porque se antoja casi imposible, desde aquí, que otros puedan ponerse mínimamente en su piel o comprender lo que ha experimentado. Las distorsiones, vuelve a aseverar el autor, “acaban siendo ajenas y distantes para quienes las contemplan durante unos minutos”. La vida sigue inalterada e inalterable.

Romero es consciente de la ineficacia del periodismo por el vértigo informativo, la descontextualización de los hechos o la fragmentación de las noticias. Los periodistas son a veces sacerdotes de la confusión, asegura antes de confesar haber acabado descubriendo que, cuanto más se implica un periodista, mayor es el desconcierto resultante . El único estado de lucidez posible es, pues, la perplejidad, constata. “El buen periodismo es un oficio casi imposible”.

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